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Cuando Macron tenía 16 años

Cuando Macron tenía 16 años

Cuando Macron tenía 16 años

En Francia quieren multar a quienes silben a las mujeres en la calle; algo va mal en la lucha contra la discriminación

 

Leí la información en la prensa británica este fin de semana y me costó creerla. ¿Un problema de traducción? ¿Un corresponsal, el de «The Times» en Francia, con exceso de imaginación? Yo también estoy susceptible con la prensa británica tras sus reportajes nacionalistas sobre Cataluña. Pero nada de eso: es completamente verídico que Macron quiere aprobar una ley que sancionará con multa los silbidos de admiración en la calle. Podrán ser considerados acoso, al igual que los piropos. Una prueba de que incluso la inteligencia de Macron tiene algunas lagunas llamativas. Además de una sexista concepción de las relaciones entre hombres y mujeres, pues tan solo se multará a los hombres, y las mujeres seremos libres de silbar y piropear al propio Macron si nos cruzamos con él, o así lo entiendo al comprobar que tanto él como su secretaria de Estado de Igualdad se han referido en todo momento a la necesidad de proteger a las mujeres. Y no parece que él mismo vea la necesidad de ser protegido de sus admiradoras.

Tampoco parece incomodarle el hecho de que su enamoramiento y relación con su esposa comenzaran en el instituto, cuando él tenía dieciséis años y ella era su profesora, veinticuatro años mayor. Quizá porque él era el hombre. Pero el dato es relevante ahora que va a fijar en quince la edad por debajo de la cual cualquier relación con un menor será considerada violación por mucho que el menor proclame su enamoramiento del profesor, como lo hace una adolescente de catorce a cuyo profesor de 32 se va a juzgar ahora en Francia. Y no está mal esta parte de la ley de Macron para proteger a niños y adolescentes, pero tiene el mismo problema que el resto de la ley y de las iniciativas que se están desarrollando en otros países. Que se orientan exclusivamente a la protección de las mujeres y hacen sorprendentes y sexistas distinciones entre hombres y mujeres, de la misma manera que muchas encuestas cuando claman alarmadas contra lo que consideran conductas machistas de acoso sexual muy extendidas, como el espionaje del móvil de la pareja sin tener en cuenta que son igualmente practicadas por ellas.

Este es el lado oscuro del movimiento de lucha contra la discriminación de las mujeres y la violencia de género. Que fortalece la concepción de las mujeres como seres débiles y dependientes que deben ser protegidas por el Estado o por los hombres, que las diferencia aún más y las infantiliza. Cuando hasta periodistas adultas deben ser defendidas de la posibilidad de que un hombre ponga la mano en su rodilla -por esa razón fue obligado a dimitir el ministro de Defensa británico-, es que la lucha contra la discriminación no va por el buen camino. Con una infantilización que las exonera igualmente de cualquier responsabilidad. Asombroso que no haya una sola voz preguntando por qué las ricas, famosas y poderosas actrices que ahora denuncian acosos sexuales de hace quince o veinte años no lo denunciaron entonces y dejaron de hacer esas películas.

En el fondo de todo lo anterior hay, además, una arcaica concepción del sexo que hace de ellas sujetos pasivos, meros objeto del deseo de los hombres. Es la razón por la que se obliga a las mujeres a cubrirse en algunos países musulmanes y por la que muchos partidos occidentales, sobre todo de izquierdas, aceptan ese símbolo de discriminación. La candidata musulmana de ERC tapa su cabeza, ayer, en la portada de este periódico, para que no se alteren los hombres, mientras que Macron va a multar a los que miren demasiado a las mujeres en las calles de Francia.

Edurne Uriarte. ABC, España, 13-12-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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