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El primer trasplante de corazón, 50 años después

El primer trasplante de corazón, 50 años después

El primer trasplante de corazón, 50 años después

Lo recibió un hombre de 53 años de una joven de 25

 

En la madrugada del 3 de diciembre de 1967, el cirujano Christiaan Barnard (foto) realizó con éxito el primer trasplante de corazón en Sudáfrica. La hazaña le valió el reconocimiento de sus pares pero también el odio de quienes le reprocharon actuar como si fuera Dios.

“No habíamos imaginado ni un solo segundo que este logro fuera a generar tanta indignación pública”, contó Dene Friedmann, en el mismo quirófano donde hace 50 años asistió a la pionera operación.

“El profesor Barnard recibió cartas muy críticas, cartas horribles que lo calificaban de carnicero”, recordó la enfermera, hoy septuagenaria.

Por aquel entonces, la revista francesa Paris Match también recogió la polémica titulando. “La batalla del corazón. ¿Tienen los cirujanos este derecho?”.

transplante

En el imaginario colectivo, el corazón no es un órgano como los demás y su carga simbólica es mucho mayor. “En aquella época había muchas cuestiones éticas que resolver”, explicó la enfermera.

La comunidad científica celebró esta proeza técnica y también muchos ciudadanos de a pie que se sumaron a las felicitaciones. “Un logro más importante que la exploración espacial”. “Se escucha este latido de corazón en el mundo entero”, era otro de los comentarios.

En el primer piso del hospital de Groote Schuur en Ciudad del Cabo, durante una noche que ya anunciaba la llegada del verano austral, Louis Washkansky iba a recibir el corazón de una joven de 25 años.

En el quirófano, Dene Friedmann se inclinó sobre el paciente anestesiado. “Vi su pecho vacío, sin corazón (…) Fue aterrador”, recordó.

En una sala anexa el doctor Barnard ordenó apagar el ventilador de la donante, Denise Darvall, que yacía con muerte cerebral tras un accidente de tráfico. En 12 minutos, el corazón dejó de latir y fue llevado hasta donde se encontraba Washkansky, de 53 años. Para Barnard era muy importante que el corazón de Darvall hubiera dejado de latir. “Era el primer trasplante de corazón y él no quería que uno pudiera reprocharle que hubiera tomado un corazón todavía con latidos”, contó.

El órgano fue colocado en el pecho abierto de Washkansky. “Esperamos un tiempo —que me parecieron horas— hasta que comenzó a distenderse lentamente. Y de pronto, hubo una contracción del orificio de la aurícula, seguida rápidamente de los ventrículos (…) poco a poco, comenzó a latir”, contó Barnard tras la operación.

El cirujano sudafricano de 45 años ganó la carrera a los estadounidenses, que también estaban en proceso de lograr esta hazaña. Y en parte fue debido a que la definición jurídico-médica de la muerte es distinta en ambas orillas del Atlántico. En Sudáfrica, un paciente se considera muerto cuando dos médicos experimentados lo declaran como tal. En Estados Unidos, en cambio, el corazón debe dejar de latir de manera efectiva, lo que reduce las posibilidades de éxito de un trasplante.

Barnard hubiera podido incluso realizar la operación unas semanas antes, ya que había donante mestizo compatible, pero esa operación era imposible en el contexto del apartheid. Hubiera sido interpretado como un nuevo acto demoníaco del régimen sudafricano racista. Hubiera sido inconcebible “dar a un blanco el corazón de una persona de color. El primer donante tenía que ser un blanco”, explicó Dene Friedmann. Un rumor persistente hablaba de que un sudafricano negro, Hamilton Naki, participó en el primer trasplante pero que fue privado por el gobierno del apartheid, de cualquier reconocimiento.

Pero 18 días después de la primicia mundial, Louis Washkansky murió. La autopsia reveló que se trató un fallo pulmonar y no de su corazón. El paciente, con un sistema inmune debilitado, pereció a causa de una neumonía.

Entonces, el doctor Barnard, apodado “el hombre con los dedos de oro”, “bajó de su oficina en la facultad de medicina y lloró”, recordó Dene Friedmann. Su logro, sin embargo, lo hizo entrar en la Historia.

EL PAÍS, Montevideo, 03-12-2017

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