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MI GATO JOTA, AHORA UN INCUMBENTE

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Lillian Calm escribe: “Al gato Jota le ha dado por hablar como si las Academias de la Lengua no tuvieran nada que decir sobre el idioma. Y no solo por usar palabras inexistentes como robatina. ¡Si hasta ha llegado a referirse a los gatos y a las gatas! Le expliqué que ésa era una lesera del género que nada tenía que ver con el lenguaje y menos con hablar bien”.

 

Jamás oculté en estas columnas que mi gato Jota iba de candidato para las presidenciales. Incluso con rigurosa seriedad afirmé que entre los interesados por llegar a La Moneda iba… ¡hasta el gato!

Pero hoy nuevamente debo escribir sobre el Jota, mientras me mira algo confundido con sus ojazos azules.

Sí. Está confundido, lo que no suele ser propio de él.  Sabe que no pasó a segunda vuelta, pero es que no podía pasar. ¿Cómo iba a hacerlo si se retiró mucho antes de la contienda del 19 de noviembre? Pero, de verdad, lo que lo confundió fue esa  contienda. Vamos por parte.

Primero: ¿por qué se retiró?

Porque consideró que había que tener demasiada sangre fría para acudir a los foros televisivos. Y no porque no se atreviera a participar, ya que tiene sus ideas muy claras, sino porque temía descontrolarse y darle un arañazo, bien dado a juicio suyo, a algún periodista que se empecinara en demostrar que sus propias ideas (las del periodista, no las del gato) fueran las únicas correctas.

Le dije hasta el cansancio que siguiera en campaña porque eso que comúnmente se veía en los foros de la televisión criolla no era periodismo, tema del que algo entiendo tras medio siglo de ejercicio. Pero no hubo caso. Se retiró a medio camino.

Segundo: ¿por qué se confundió? Porque él dice que sigue de candidato, no para esta ronda rotulada como “segunda vuelta”, sino para el año 2021. Le expliqué que debe seguir toda una previa con el fin de postular para entonces, pero él asegura ser un candidato incumbente. Entonces tuve que explicarle que los incumbentes son, por ejemplo, los parlamentarios apernados en sus sillones, a los que no les importa que los reelijan período tras período aunque vayan a cumplir los 90 años en el Congreso. Él, el gato, me asegura que hay candidatos presidenciales incumbentes que siguen postulando en una elección presidencial  tras otra aunque ni siquiera pasen a segunda vuelta. Me rendí: algo y mucho tiene de razón.

Tercero: ¿por qué se empecina? Porque él dice que hay que limpiar aquello que llaman democracia. Considera un absurdo que candidatos que se dicen democráticos estén mancomunados con quienes defienden para callado y no para callado principios antidemocráticos. Y, como si fuera poco, sostiene que en esta elección que recién pasó hubo una gran robatina de votos que perjudicó al candidato que, a pesar de todo, obtuvo más votos aunque fuera solo un 36%. Afirma que había votos marcados con antelación y que los presidentes de mesa hacían oídos sordos ante los reclamos, en fin…

Ahí paré al Jota en seco. Le dije en primer lugar que no podía hablar de “robatina”. Que qué palabra era ésa.

Me contestó: “Quiere decir ratería”.

Es casi surrealista oír hablar a un gato de ratería, pero muy seria volví a pararlo en seco y le espeté que eso era prejuzgar, pero se empecinó. Me dijo que él no prejuzgaba. Que juzgaba.

Cuarto: ¿por qué esa forma de hablar? Aquí me molesté mucho. Al gato Jota le ha dado por hablar como si las Academias de la Lengua no tuvieran nada que decir sobre el idioma. Y no solo por usar palabras inexistentes como robatina. ¡Si hasta ha llegado a referirse a los gatos y a las gatas! Le expliqué que ésa era una lesera del género que nada tenía que ver con el lenguaje y menos con hablar bien.

Y para que no siguiera discutiendo conmigo le leí párrafos difundidos por la mismísima Real Academia Española sobre el uso correcto del idioma que, a mi modo de ver, si no lo quieren asumir los humanos al menos lo tienen que respetar los gatos:

Desde hace unos años, la Real Academia Española (RAE) viene advirtiendo y corrigiendo el uso indebido de ciertas palabras que intentan marcar la diferencia en los sexos y que son con asiduidad mal empleadas, como es el caso de ‘todos y todas, los ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas’, entre otras.

La RAE ha explicado que este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: ‘Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto’.

Y sigue la advertencia:

La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: ‘El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad’. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos”.

Para mayor abundamiento, la Academia Francesa de la Lengua también acaba de declarar que esa forma de expresarse (tan recurrida hoy día por nuestras autoridades chilensis) es simplemente aberrante y yo estoy de acuerdo.

Resumen: baste con decir gatos. No gatos y gatas. Gatas está absoluta, pero absolutamente de más.

Lillian Calm

Periodista

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