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La crisis de resiliencia en los campus

La crisis de resiliencia en los campus

La crisis de resiliencia en los campus
noviembre 30

En las universidades de EE.UU. y Gran Bretaña preocupa cada vez más la fragilidad emocional de los nuevos estudiantes. Los jóvenes declaran sufrir ansiedad y problemas mentales en creciente número. Una alta proporción busca asistencia psicológica. Y todo esto repercute en la relación entre profesores y alumnos en la vida académica.

En Inglaterra, una serie de informes en los últimos años detectan en los jóvenes de hoy más crisis de ansiedad, depresión e inseguridad que en los de generaciones anteriores. Las investigaciones se centran especialmente en los estudiantes universitarios, que parecen los más afectados por el problema.

Epidemia de ansiedad

Un informe recién publicado por el think tankInstitute for Public Policy Research (IPPR) asegura que un creciente número de universitarios declaran sufrir problemas mentales. En el curso 2015/16, 15.395 estudiantes de primer año (el 2% del total) declararon tales problemas a la universidad, mientras que en el curso 2006/07 eran solo el 0,4%.

Un creciente número de universitarios de EE.UU. y Gran Bretaña declaran sufrir ansiedad y depresión

También es significativa la creciente demanda de servicios de psicoterapia. Según el mismo informe, en algunas universidades uno de cada cuatro estudiantes ha solicitado servicios de este tipo. Los problemas de salud mental son más frecuentes entre los alumnos de grado que en los de postgrado, y afectan más a las mujeres que a los hombres.

Otros informes encuentran también un aumento de los casos de ansiedad entre los jóvenes. El Departamento de Educación de Inglaterra asegura que un tercio de los alumnos de 14 años muestra síntomas de ansiedad. Según datos del National Health Service, más de 235.000 menores de 18 años han recurrido a los servicios de salud mental. Y en otra encuesta encargada por The Young Women’s Trust entre chicas de 18 a 30 años, porcentajes superiores al 40% se declaraban agotadas, con falta de autoestima o con miedo al futuro.

Cambia el diagnóstico

Frente a estos informes alarmantes, hay quien piensa que lo que ha cambiado no es tanto la situación juvenil como el diagnóstico. Ser joven ha supuesto siempre una inseguridad existencial. Lo nuevo es que ahora la ansiedad juvenil es medicalizada. La cultura y las prácticas de socialización favorecen que los jóvenes se vean a sí mismos como seres vulnerables y emocionalmente frágiles. “Y cuando los jóvenes se ven a sí mismos como vulnerables, a menudo interpretan su experiencia de frustración y malestar a través del prisma de la psicología”, afirma Frank Furedi en Spiked. En vez de reconocer que esas emociones y ansiedad forman parte del proceso natural de transición hacia la edad adulta, se las etiqueta como una patología mental.

Quienes critican el catastrofismo de los informes sobre la epidemia de ansiedad juvenil subrayan la falta de definiciones claras sobre el malestar que reflejan. Sentirse infeliz, inseguro ante los retos que hay que afrontar, o inquieto ante el futuro, son problemas típicos de la edad juvenil, aunque puedan provocar momentos difíciles. Si a eso se agrega en la universidad la preocupación por la marcha de los estudios o la carga por la deuda contraída para pagar la matrícula, la ansiedad puede crecer. Pero si se diagnostica como problema de salud mental, puede parecer que hay toda una generación en crisis.

Ser joven ha supuesto siempre una inseguridad existencial. Lo nuevo es que ahora la ansiedad es medicalizada

En cualquier caso, no cabe duda de que el declive de la resiliencia de los estudiantes está afectando a la vida universitaria. Tradicionalmente, las universidades han centrado su labor en proporcionar una formación académica de calidad, dando por supuesto que los estudiantes tenían la suficiente capacidad para afrontar como adultos sus problemas de la vida cotidiana. Pero ahora se encuentran con que cada vez más los estudiantes y sus familias esperan que la institución se ocupe también de salir en ayuda de su fragilidad emocional.

Suspenso en resiliencia

Esto empieza a ser un problema serio en las universidades, según comenta el psicólogo Peter Gray en Psychology Today. “Los estudiantes, dice Gray, tienen miedo al fracaso y no se arriesgan. Necesitan estar seguros de las cosas. Para muchos de ellos, el fracaso es algo catastrófico e inaceptable. Las medidas externas del éxito son para ellos más importantes que el aprendizaje y el desarrollo autónomo”.

Una mala nota puede desatar una crisis emocional. Los alumnos discutirán el examen o querrán rehacer el trabajo, reclamando una especie de “derecho al olvido” académico. Frente a esta tendencia, Gray piensa que hay que normalizar la experiencia del fracaso y aprender de los propios errores. Todo esto forma parte del proceso de aprendizaje.

Esta falta de resiliencia, dice Gray, está interfiriendo con la misión académica de la universidad. Los profesores tienden a bajar los estándares académicos, a no plantear excesivos retos a los estudiantes y a darles un empujoncito para que aprueben.

También en EE.UU. han crecido en la última década los índices de ansiedad y depresión entre los estudiantes, y muchos más alumnos reciben medicación para tratar esos trastornos. Gran parte de ellos están debatiéndose en las típicas tensiones de la vida en los campus (ser autónomo por primera vez, malas notas, rupturas sentimentales…), pero para afrontarlas parecen necesitar ayuda psicológica.

Peter Gray concluye que la falta de fortaleza de los estudiantes es el fruto de una crianza que no ha favorecido su maduración: “Hemos criado una generación de jóvenes a los que no se les ha dado la oportunidad de aprender a resolver sus propios problemas. No han tenido la experiencia de meterse en dificultades y descubrir el modo de superarlas, la experiencia del fracaso y de superarlo, de ser increpados y saber responder sin la intervención de un adulto”. Y esto es lo que cosechamos: “Jóvenes de 18 y más años, que llegan a la universidad y son todavía incapaces o no desean asumir responsabilidades, y que aún esperan que si surge un problema habrá un adulto que se lo resuelva”.

La falta de fortaleza de los estudiantes es la consecuencia de una crianza hiperprotectora

Esta es la herencia de la hiperprotección de los “padres helicóptero”, que no han dado a los hijos la oportunidad de jugar, explorar y perseguir sus propios objetivos sin una agobiante supervisión paterna. Pero otras muchas fuerzas sociales han contribuido a esta fragilidad, empezando por las continuas exhortaciones de los expertos a los padres sobre los peligros de dejar que los niños actúen solos.

Repercusiones en la vida académica

El temor a enfrentar la inseguridad no solo produce crisis psicológicas en los alumnos, sino que también perjudica la vida académica. En la universidad tiene que haber confrontación de ideas, apertura a otras visiones del mundo, defensa y crítica de posturas distintas, lo cual da origen a una tensión intelectual y vital que hace madurar a los estudiantes. Pero hoy día no pocos alumnos ven el choque con las ideas contrarias como una ofensa personal, consideran que el orador que cuestiona sus convicciones está ejerciendo una violencia verbal, y reclaman “safe spaces”, espacios seguros donde nadie pueda sufrir “microagresiones”, es decir, palabras y posturas que puedan molestar a tal grupo o minoría. Aunque todo el mundo dice defender la libertad de expresión, bajo el lema “speech is violence”, uno siempre puede encontrar motivos para imponer el silencio al discrepante.

De ahí la creciente intolerancia que se observa en los campus hacia posturas que se salen del consenso políticamente correcto, lo que se manifiesta en el rechazo de oradores invitados o de grupos estudiantiles diferentes. En nombre del pensamiento inclusivo, se acaba excluyendo al que actúa fuera del coro y censurando la libertad de expresión.

Jonathan Haidt, psicólogo social, profesor de liderazgo ético en la New York University, ha estudiado esta crisis de fragilidad en los campus estadounidenses y la tendencia de los alumnos a impedir que se expongan ideas que puedan afectar a su bienestar emocional. En recientes declaraciones a Spiked Review, Haidt señalaba el peligro que esto supone para la vida académica: “Se está extendiendo rápidamente la sensación de que profesores y alumnos caminamos entre arenas movedizas. Uno es responsable, no ya por lo que dice, sino por cómo puede tomarlo cualquiera que lo escuche. Y si al hablar tienes que pensar cuál puede ser la peor interpretación que otro puede hacer de tus palabras, ya no puedes ser provocativo, no puedes asumir riesgos (…) Esto es lo que estoy viendo en mis clases cuando tocas un tema que tiene que ver con la raza o el género, temas de los que solíamos hablar hace diez años, y sobre los que ahora cuesta hablar y hay mucho silencio”.

Sin supervisión paterna

Haidt constata que las tasas de depresión y de ansiedad han crecido exponencialmente en los campus desde 2011, y atribuye esta vulnerabilidad de los estudiantes a tres causas principales: la exposición a las redes sociales, la polarización política nacional y la hiperprotección en que han sido criados.

Las redes sociales hacen que uno sea mucho más dependiente de la opinión ajena. Cuando un alumno sube algo a Facebook y espera a ver cómo reaccionan sus amigos y condiscípulos, crece su inseguridad: ¿caerá bien en el grupo?, ¿qué pensarán de mí?

La polarización política que se manifiesta en EE.UU. en los últimos años favorece también la tendencia a achacar al grupo contrario todo tipo de malas intenciones y de considerarse a uno mismo como víctima de una agresión. Resulta así más difícil encontrar puntos de acuerdo con el adversario, y se refuerza la disposición a demonizar en bloque su postura.

El temor a que lo que uno diga pueda ofender a alguna minoría está creando un ambiente que sofoca la libertad académica

Haidt coincide con Gray en que esta fragilidad psicológica de los estudiantes actuales es también consecuencia de no estar acostumbrados a afrontar los problemas sin la protección de los adultos. Diversos estudios han comprobado que mientras que en los años 80 los niños pasaban mucho tiempo jugando sin supervisión paterna, desde principios de este siglo, prácticamente no se les pierde de vista y no tienen la experiencia de afrontar problemas por sí solos.

Esta hiperprotección ha hecho más mal que bien. Haidt lo compara con el sistema inmunitario: si proteges demasiado a los niños de microbios y bacterias, el sistema inmunitario no se desarrolla y los niños serán inmunológicamente frágiles.

Ante el aumento de los problemas mentales en los campus, la reacción inmediata puede ser pedir más asistencia psicológica, más protección a los afectados. Pero si echamos mano de las pastillas ante cualquier problema vital, se debilitará la capacidad para afrontar el estrés y crecerá la inseguridad.

Desde el punto de vista de un psicólogo social como es Haidt, centrarse en la ayuda médica puede ocultar la tendencia más importante: “que en los dos o tres últimas décadas los estadounidenses han debilitado el desarrollo de la resiliencia o de la fortaleza de sus hijos”. Y cuando en la universidad los alumnos tienen que asumir responsabilidades y decisiones, crece su ansiedad y su fragilidad.

Más que un problema de salud mental, hay un problema de formación del carácter, que está repercutiendo en la vida académica y que habría que afrontar antes.

Ignacio Aréchaga. ACEPRENSA, 20-11-2017

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