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El regaño del EPN y el 2018

El regaño del EPN y el 2018

El regaño del EPN y el 2018

A pesar del desgaste sexenal y la debilidad de su gobierno, Peña Nieto da muestra de nuevos bríos en el ocaso de la administración. Su control del “destape” del candidato presidencial del PRI lo reposiciona en el mundo político, aunque no se refleje en los peores índices de popularidad de un presidente contemporáneo.

Quizá es la resolución del que ya se daba por perdido o del que juega el resto obligado por la necesidad de salvaguardar su seguridad en el futuro. O acaso los estertores de un poder cansino que toma la crítica por bullying a su gobierno, como reclamó a la sociedad civil por su duro juicio a los niveles de inseguridad y violencia en el país. Cuales fueren las motivaciones, la reactividad de sus expresiones podría prefigurar la presencia y el papel activo en la estrategia que quisiera conservar a favor del amparo y continuidad de su proyecto en las elecciones de 2018.

Visiblemente enojado, poco habitual en sus apariciones públicas, el Presidente escuchó esta semana en un acto de Causa en Común fuertes condenas a los resultados de la política de seguridad, que describen la violencia como una “masacre de proporciones bélicas”. Comparar la inseguridad con un estado de guerra no es nuevo, ya antes organizaciones internacionales lo han elevado a ese rango. Pero esta vez acusó la crítica como acoso físico o sicológico a las policiacas, aunque sin rebatir el fondo del señalamiento de que ninguna corporación cuenta con mecanismos institucionales para cumplir con mínimos requisitos de ley para su funcionamiento y que, lejos de revertirse, el sexenio acabará sin reformas a la fuerza pública. Se refugió en la cantaleta de que “se escuchan más las voces que vienen de la propia sociedad civil que condenan, que hacen bullying, sobre el trabajo de las instituciones del Estado”.

La reacción confirma el desencuentro con las ONG a medida que arreciaron los cuestionamientos en el sexenio por el abandono de acciones y compromisos contra la corrupción, de la reforma penal, de la transformación de las instituciones de seguridad y justicia. Vuelve a demostrar baja disposición a la autocrítica e incapacidad de cambiar la  conversación pública más allá de la política de silenciar el fracaso para combatir el delito, la impunidad del crimen y revertir la crisis de seguridad y violencia. Demuestra no entender la rendición de cuentas a que está obligado cualquier gobierno que deja la tasa de homicidios en un nivel 100% superior a su meta. Pero más allá de esas equivocaciones, sus expresiones hablan de una forma de entender la crítica como hostigamiento y persecución sin tregua ni reposo. Una confusión que puede resultar muy cara si se convierte en motivación para influir en el proceso electoral y temor por la suerte que le depare el futuro cuando deje el poder. ¿Es la reacción de comenzar a sentir la marginación del poder o de quien siente la urgencia de garantizar su defensa en el futuro?

La pregunta no es vacua ante la cauda de compromisos incumplidos que se le señalan en la protección de derechos humanos o anticorrupción como parte de la crítica. Ahí lo relevante es su reprimenda, que pone de manifiesto el ánimo y las motivaciones con las que cerrará su administración. Sus expresiones, más allá de su desacierto, parecen hablar de un presidente dispuesto no sólo a manejar el “destape” del PRI, sino a meterse a la elección a defender su futuro con la continuidad de su partido y grupo cercano; de un presidente dispuesto a jugar para contribuir al triunfo de sus intereses en las urnas y buscar la continuidad de las reformas de su administración. Peña Nieto no parece el presidente abatido al final de su sexenio por el peso de la crítica y los fracasos, sino el jugador dispuesto a intervenir en su destino hasta el final de la partida y tratar de ganar una zona de seguridad que lo cubra cuando deje la Presidencia en 2018.

Columna de José Buendía H. EXCELSIOR, México, 16-11-2017

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