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El caldo de cultivo del acoso sexual

El caldo de cultivo del acoso sexual

El caldo de cultivo del acoso sexual
noviembre 23

Con la excusa de la libertad sexual hemos dejado pasar muchos comportamientos que dejan la puerta abierta a relaciones abusivas.

Hoy, algunas semanas después del primer exposé, ya no se trata solo de Harvey Weinstein, ni de Hollywood en general, ni siquiera de los hombres que abusan de las mujeres. La noticia ha generado una respuesta inmensa de nuevas acusaciones: otros directores y productores, actores, altos directivos de empresas, colectivos artísticos y grupos políticos (#labourtoo, #toriestoo). Hoy lo que se discute no es ya un caso aislado de un abusador, sino la cultura hipersexual de nuestra sociedad.

Se requiere mucho coraje para que una víctima denuncie a su abusador, pero también se requiere coraje para que quienes atestiguan los abusos y escuchan rumores actúen. En el reportaje original de The New Yorker se descubre que al menos 16 asistentes que trabajaban en la compañía de Weinstein habían visto o sabían de conductas sexuales inapropiadas por parte de él. Todas ellas dijeron que los comportamientos eran ampliamente conocidos tanto en Miramax como en la Weinstein Company. Nadie quiere hablar de complicidad, pero cuanto menos habrá que tener ahora la valentía que antes faltó y saber decir: “debimos haber hecho más”. Y a partir de ahí hacer algo.

El consentimiento es importante, pero considerarlo como único requisito es poner el, listón en lo más bajo

Por un lado, debemos crear una cultura en la que las denuncias (no solamente denuncias penales, sino quejas o reclamos dentro de las empresas y otros ámbitos) puedan plantearse con la seguridad de que serán investigadas y confrontadas. Pero también sabemos que la situación ideal es que no haya necesidad de denunciar, porque el acoso no se dé. En este sentido, las reglas y políticas empresariales, así como los castigos penales para los abusadores, no son suficientes. Estos tienen que existir y funcionar, pero son un remedio para un mal que deberíamos de ser capaces de prevenir y erradicar. Cuando una sociedad produce tantos y tantos casos, no se trata de unos incidentes lamentables que se solucionen castigando al agresor; al contrario, es probable que la sociedad y la cultura misma fomenten este tipo de comportamientos.

Poder y permiso

En un artículo publicado en The Atlantic, la actriz y productora Brit Marling sentenciaba: “El consentimiento es una función de poder. Tienes que tener una cantidad mínima de poder para darlo”. El denominador común de todos estos abusos está en que ellos estaban en una posición de poder de la cual se aprovecharon para que sus víctimas cedieran o al menos callaran después. Weinstein era el tipo de hombre que podía catapultar o aplastar una carrera en el mundo del cine. Pero esto también se relaciona con las expectativas que tienen algunos hombres sobre su “derecho” a aprovecharse de las mujeres (ya sea porque son “estrellas”, como dijo Trump, o porque tienen poder y dinero suficiente como para manipularlas).

Mientras tanto, cualquiera que se encuentre en una posición de inferioridad (económica, profesional o simplemente cultural) tendrá menor capacidad de libertad para ejercer su derecho a consentir o negarse. Incluso si alguna de esas actrices hubiera accedido, si hubiera dicho expresamente la palabra “sí”, pero sus razones fueran el miedo o la presión, este “consentimiento” sería poco libre y las acciones de Weinsten seguirían siendo reprobables y abusivas. Y es que la sexualidad no está para ser “negociada”: eso la desvirtúa. Más aún cuando entran en juego las fuerzas del poder y la superioridad profesional o económica, esto hace que sea difícil para las mujeres decir “no” a hombres como Weinstein, poco acostumbrados a que se les nieguen sus deseos.

Por eso mismo, dirigir toda la discusión únicamente hacia el consentimiento parece también insuficiente. Sí, el consentimiento es importante, pero si nuestro único requisito es el consentimiento frío, estamos poniendo el listón en lo más bajo. Se traduce toda una dimensión humana a un tecnicismo incómodo: escupir un “sí”. De hecho, la sexualidad es casi un lenguaje en sí mismo. El consentimiento debería venir antes, en un compromiso apropiado para el despliegue de la sexualidad. Hemos desterrado la idea de que la sexualidad es un ámbito de maduración personal, y el fijar toda la atención en el consentimiento es el resultado de haber eliminado cualquier otro tipo de restricciones.

Valores que durante una época se han visto con desprecio, como el pudor y el respeto, tienen que volver a formar parte del ambiente

Nuestra obsesión por eliminar cualquier consecuencia asociada a la sexualidad (embarazos, sentimientos, etc.) ha creado una cultura en donde los hombres están acostumbrados a considerar el sexo con el menor compromiso posible y han popularizado una cultura en donde el sexo es solo “una cosa más” y no tiene por qué significar nada. Sin embargo, la mayor consecuencia de todos estos años de abusos cometidos por Weinstein ha sido emocional: traumas, miedos, culpabilidad. Si el sexo fuera meramente lúdico, las consecuencias no serían tan duras. Como explica el periodista Ezra Klein: “Quizá sí-es-sí es la solución equivocada. Debe haber mejores estándares, enfoques más inteligentes, reformas más humanas. Pero algo debe hacerse, y debe ser más que sacrificar unos pocos chivos expiatorios”.

Resaca social 

Ante las acusaciones realizadas contra Harvey Weinstein, todo Hollywood montó en cólera. El #Metoo fue trending topic mundial y se sumaron muchos otros colectivos a la indignación. Fue un claro caso de furia contagiada: campañas, marchas, despidos y expulsiones. Ahora, una vez pasado el furor momentáneo, cabe preguntarse, ¿y ahora qué hacemos? Nos hemos quedado con el mal cuerpo que nos han dejado días y días de narraciones escabrosas y desagradables, y ahora toca plantearnos qué podemos hacer para evitar que vuelva a ocurrir. Por un lado, tenemos que revisar nuestros niveles de tolerancia ante el acoso sexual: hay demasiados “grises” entre lo que es abusivo y lo que no. Con la excusa de la libertad sexual hemos dejado pasar muchos comportamientos que dejan la puerta abierta a relaciones abusivas.

Una cultura que idolatra la promiscuidad se convierte en el caldo de cultivo perfecto para las agresiones sexuales

Nuestra cultura recompensa a los hombres por probar los límites, por hacer proposiciones inesperadas, por ir un poco más allá de las relaciones estrictamente profesionales. Esto, sumado a una cultura que idolatra la promiscuidad, se convierte en el caldo de cultivo perfecto para una sociedad en donde florezcan las agresiones sexuales. Asimismo, valores que durante una época se han visto con desprecio como el pudor y el respeto, tienen que volver a formar parte del ambiente. No podemos pretender solucionar una situación tan profundamente dramática metiendo a dos o tres abusadores consagrados en la cárcel. Hace falta una reeducación de la sociedad, de enseñar a las nuevas generaciones una mejor manera de comprender la sexualidad.

Carmen camey. ACEPRENSA, 13-11-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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