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Picasso, poseído por el espíritu de Lautrec

Picasso, poseído por el espíritu de Lautrec

Picasso, poseído por el espíritu de Lautrec
noviembre 16

El Museo Nacional Thyssen Bornemisza acoge Picasso / Lautrec, una muestra que pone a dialogar las obras de estos dos artistas de la modernidad. Aunque la influencia que el francés tuvo en la trayectoria del malagueño es conocida, esta es la primera vez que se explora en una exposición. 

Picasso tenía 19 años cuando se trasladó a París en otoño del año 1900. Un año después, en otoño de 1901, Henri Toulouse-Lautrec murió. Al tiempo que uno empezaba a nacer, el otro desaparecía. La influencia que el francés tuvo en la obra de Picasso nadie la pone en duda, se ha tratado en la literatura y en la crítica, pero nunca se ha hecho una exposición con obras que unan los mundos tan personales de ambos. Para poner fin a esa ausencia expositiva el Museo Nacional Thyssen Bornemisza ha reunido a los dos artistas en Picasso / Lautrec y los ha puesto a dialogar hasta el 21 de enero. Frente a frente, cara a cara.  

“Hay dos aspectos en esta exposición que la hacen muy especial e intrigante”, comenta Guillermo Solana, director de la pinacoteca. Por un lado explora “un área de penumbra, una intersección entre un Lautrec que termina y un Picasso que empieza”, relata. Fue justo en el año 1901 cuando aparece la firma definitiva de Picasso (hasta entonces firmaba sus obras como Pablo Ruiz Picasso, Pablo R. Picasso o similares), y en ese breve solapamiento de ambos hay algo intenso, una sintonía natural como si por un momento Lautrec se hubiera reencarnado en el artista malagueño”, comenta el director del Thyssen. 

picasso

Toulouse-Lautrec: Yvette Guibert cantando Linger, Longer, Loo (1894) y, a la derecha, Picasso: Diseuse (1901)

La otra intersección que le interesa es la que se crea entre el dibujo y la pintura. En un momento en el que el arte occidental pedía que la pintura cubriese toda la superficie del lienzo surgieron técnicas como la acuarela, el gouache o el pastel, “técnicas donde no se cubre la tela por completo”, explica Solana. En cada una de las salas hay obras hechas en cartón y dibujos “que pueden parecer tentativas, ensayos o bocetos pero no hay que dejarse engañar porque hay obras mayores”, incide. En ese momento Picasso estaba buscando su camino y en esa intersección entre ambas disciplinas “es donde se estaba creando la pintura moderna”. 

Francisco Calvo Serraller, comisario de la muestra junto a Paloma Alarcó, ha comentado que esta influencia de Lautrec en Picasso es “un tema estudiado en monografías pero nunca en forma de exposición”. En ese sentido, las hipótesis, continúa, son interesantes pero “el contacto directo entre las obras las afianza y se convierte en un hecho”. Lo cierto es que la huella de Lautrec late en toda la trayectoria de Picasso pero “era difícil encontrar las obras adecuadas para que el diálogo fuera eficaz”, añade Alarcó. El planteamiento de la exposición fue, por tanto, descubrir “qué vio Picasso en Lautrec”. Y lo que vio, en efecto, es lo que se muestra en esta exposición dividida en los temas que unen a ambos artistas. 

Desde la bohemia al eros recóndito

Al tiempo que Lautrec entendió que la caricatura era una forma de poner sobre la mesa la personalidad de los modelos que retrataba, Picasso investigaba en Autorretrato con chistera el ambiente nocturno de las prostitutas de las obras del francés. En Bohemios están, por tanto, los retratos “que hace Picasso conociendo a Lautrec de soslayo a través de las obras de Ramón Casas y Rusiñol”, apunta la comisaria Alarcó. En Los bajos fondos, sin embargo, se muestra un gusto compartido por los excesos de la noche parisina. Lautrec fue el primero en incluir en su obra elementos de la cultura popular, marginal y bohemia y Picasso exagera en ellas las figuras con características más satíricas. En esta sección se enfrentan figuras de cabarets y cafés-conciertos con obras “dedicadas tanto a los artistas como a los espectadores”. 

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Toulouse-Lautrec: Autorretrato (1893) y, a la derecha, Picasso: Hombre sentado con sombrero (1972)

Los jinetes, los payasos, los saltimbanquis son personajes que invaden las obras de ambos pintores. El mundo del circo, con su espontaneidad y su magia, iba de la mano de la imagen del clown que tanto Picasso como Lautrec relacionaban con la figura del artista. La estancia de Lautrec en el hospital Neuilly en 1899 para recuperarse de sus problemas de salud le sirvió para pintar gran parte de estas figuras. Sin embargo, en 1902 Picasso evoluciona hacia una mirada más melancólica convirtiendo a sus arlequines en la viva imagen de los desheredados de las noches parisinas que se muestran en Vagabundos. 

En Ellas a pesar de que la temática es la misma, la prostitución, la mirada que ejerce cada uno de los artistas es diferente. “Lautrec era amigo de las prostitutas y las retrataba de manera empática mientras que Picasso las trataba con una compasión que al final de su vida evolucionó hacia una mirada explosiva”, anota Alarcó. El pintor francés convivió durante un año con ellas y las plasma en su vida cotidiana mientras se asean y juegan a las cartas frente a las de Picasso que, enfermas de sífilis, se inspira en los apuntes del hospital de Saint Lazare. 

Por último, Eros recóndito, recoge las obras que en su momento fueron destinadas a salas reservadas. Un potente desnudo de Lautrec de una acróbata de circo a las formas y las siluetas más sutiles dejándose influir por Degas se enfrentan aquí al erotismo de Picasso. Un erotismo que siempre fue más cruel y que al final de su vida recuperó con la misma intensidad que desprende Las señoritas de Aviñón.

Saioa Camarzana @scamarzana

EL CULTURAL, España

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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