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Dar alma al trabajo

Dar alma al trabajo

Dar alma al trabajo

Con ocasión del quinto centenario de la Reforma luterana (1517) y del primero de la Revolución bolchevique (1917), la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) convocó a profesores y especialistas de distintos países para reflexionar sobre la búsqueda de “un alma para el trabajo profesional”.

Durante dos días, 19 y 20 de octubre en Roma, más de 250 participantes intercambiaron opiniones en torno al trabajo como actividad que perfecciona al ser humano y como medio de santificación para los cristianos, y compararon las concepciones católica, luterana y marxista al respecto.

La centralidad del trabajo en la vida del ser humano es una constante histórica sobre la que la teología ha reflexionado poco hasta tiempos recientes. En algunas épocas y culturas el trabajo ha sido considerado como castigo, sufrimiento o simplemente una actividad para poder sustentarse.

Aunque el trabajo es indispensable y desde el inicio de la historia de la humanidad está presente, los estudios explicativos son relativamente recientes, más aun los que hablan de manera explícita del trabajo profesional como medio de relación personal con Dios y santificación personal.

En opinión del profesor e historiador Brad S. Gregory, de la Universidad de Notre Dame (Estados Unidos), en el siglo XIX comenzó la teología del trabajo, motivada por los profundos cambios que provocó la revolución industrial, y no propiamente por el ejemplo del trabajo de Jesús, tal como lo muestra el Evangelio.

La innovación técnica y la creación de riqueza –dijo Gregory– dieron a las personas posibilidades que hasta entonces habían sido inimaginables, y hacían que cada vez más las personas pensaran en el trabajo como algo deseable, interesante y satisfactorio, más que como una monotonía repetitiva”.

La reflexión teológica profunda sólo comenzó con el Papa León XIII en la encíclica Rerum novarum. “No existe en la Iglesia antigua, medieval o moderna ninguna reflexión sobre el trabajo que sea comparable con la contenida en la moderna doctrina social de la Iglesia, desde la Rerum novarum, pasando por los documentos del Concilio Vaticano II y la Laborem exercens [de Juan Pablo II], hasta la encíclica Laudato si’ del Papa Francisco”, explicó el profesor Gregory en su conferencia, titulada: “El trabajo en las tradiciones protestantes y católicas”.

Ecumenismo del trabajo

En el Congreso también se planteó la necesidad de enriquecer el diálogo entre católicos y protestantes, orientado a encontrar una visión común sobre la dignidad del trabajo que contribuya a humanizar las actividades y profesiones. En este sentido, el filósofo y teólogo Jens Zimmermann, de la Trinity Western University (Canadá) planteó la necesidad de ir más allá de la visión común que liga la Reforma luterana al capitalismo. “Ir más allá de este planteamiento permitiría encontrar conexiones y enseñanzas comunes con la doctrina social de la Iglesia católica”.

Un camino que se podría explorar, teniendo en cuenta que la ética cristiana en el trabajo no se reduce a cumplir el deber y a seguir unas reglas, tal como explica el profesor Javier López: “Santificar el trabajo no consiste solo en orar mientras se trabaja, aunque esto es importante cuando el tipo de trabajo lo permite. Es más bien transformar la misma obra en una actividad santa que, por definición, es una participación en la vida íntima de la Santísima Trinidad (…) Trabajar con sabiduría y amor implica trabajar bien, con perfección humana y sobrenatural, que no necesariamente coincide con la perfección del resultado”.

Sobre la Reforma protestante y el trabajo, el profesor Gregory explicó algunos puntos que difieren de la visión católica. “En el mundo premoderno, aún dominado por el trabajo agrícola y el mundo artesanal en las florecientes ciudades de Europa a principios del siglo XVI, Lutero habló del valor espiritual del trabajo ordinario como parte de su polémica contra las acciones u obras piadosas, entendidas como contribuciones al proceso cristiano de salvación. Esto fue un corolario de su nueva teología de fe, gracia y salvación. Como dice en su Tratado de las buenas obras: Dios es aquel ‘a quien sirve todo cuanto se hace, habla o piensa en la fe’.

La clave, según Lutero –continúa el profesor Gregory–, es la fe y el sentimiento de certeza que acompaña su experiencia; esto era lo que santificaba el trabajo y lo hacía agradable a Dios, sin importar el tipo de trabajo que fuera. ‘Todas las personas son capaces de decir y sentir si lo que hacen es bueno o no’, escribió en el mismo tratado, ‘pues, cuando en su corazón advierten la confianza de que la obra agrada a Dios, entonces es buena, aunque sea tan insignificante como levantar una paja’”.

El valor de la vida cotidiana

Para Lutero, la vocación del hombre comprende trabajar y hacer las obras buenas de la vida cotidiana por un motivo individual, dominar el cuerpo y la creación y por un motivo social: el servicio a los demás. Una idea que explica el profesor Javier López: “Al vivir así, [el luterano] puede confiar su salvación, pero las obras mismas no tienen ningún valor en términos de salvación, y por lo tanto no ve las realidades del mundo como herencia de los hijos de Dios que deben santificarse al perfeccionarlo. La separación entre las obras profanas y la salvación, que inicialmente tenía un sentido religioso dirigido a cumplir la vocación del hombre, terminó por favorecer la secularización”.

Después de Lutero –explica Martin Rhonheimer, autor citado en distintas ponencias del Congreso–, será necesario esperar más de tres siglos para que en la Iglesia católica se propusiera la santificación de la vida cotidiana y del trabajo profesional como vía que configura la sociedad con el espíritu cristiano.

Siglos después –señaló el Prof. López–, la Iglesia ha reafirmado que el ser humano, hijo de Dios, está llamado a la santidad y la debe buscar a través de la vida cotidiana, de su trabajo bien hecho, con rectitud, por amor de Dios (…) Lutero defendió el valor de las actividades de la vida diaria, como voluntad de Dios y vocación humana, pero negó el valor salvífico de toda obra humana después del pecado de Adán”.

La concepción marxista

Los organizadores del congreso quisieron aprovechar el primer aniversario de la Revolución rusa para estudiar la visión del trabajo según el marxismo y el cristianismo. La profesora Benedetta Giovanola, de la Universidad de Macerata (Italia), explicó que en los textos originales de Marx emerge una visión puramente materialista del hombre. “El trabajo en la óptica de Marx no es una acción exclusivamente productiva, tampoco una acción instrumental, está orientado a la realización de la persona dentro de la estructura social”.

El Prof. Javier López, director del Congreso, resume así las diferencias: “En la visión cristiana, el trabajo se ordena al bien del hombre, de cada persona. En el marxismo es más bien al revés. La persona cuenta poco. Lo que cuenta es edificar una sociedad futura sin clases y la persona y su trabajo sólo son instrumentos. Para un cristiano, la persona es un fin, no un medio que se pueda instrumentalizar para lograr otra cosa”.

En distintas mesas de trabajo del Congreso se cuestionó el marxismo que ahoga la personalidad del ser humano y lo dispone al servicio del Estado. La pérdida de libertad y autodeterminación de la persona no se puede justificar con el empleo total y la prestación de todos los servicios públicos. El ser humano busca por naturaleza un sentido a lo que hace en relación a Dios y a los demás, no es un simple engranaje en la maquinaria del Estado.

Dignidad del trabajo

En un mensaje escrito a los participantes en el congreso, el Papa Francisco señaló que “al reflexionar sobre la idea cristiana del trabajo profesional es indispensable considerar cualquier tipo de ocupación, como medio y lugar de crecimiento, desarrollo humano y realización personal”.

En este sentido, a partir del Concilio Vaticano II la Iglesia reconoció explícitamente que todos los cristianos están llamados a la santidad en el ejercicio del trabajo, una idea que anticipó san Josemaría Escrivá.

Todos los trabajos son dignos y su valor depende del empeño y rectitud de quien lo realiza, una frase conclusiva del Congreso transmitida por el Prof. Santiago Sanz (Universidad Pontifica de la Santa Cruz) en su ponencia sobre “Trabajo, creación y redención”. El cristiano, a ejemplo de Cristo, puede buscar la santidad en sus ocupaciones cotidianas, y esto no depende de la importancia o retribución humana de lo que hace, pues lo que vale es el motivo. Un motivo es un acto de voluntad, es el amor de Dios que se tiene para enfrentar los compromisos. “El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor”, en expresión de san Josemaría.

En su exposición, el Prof. Sanz y, por su parte, la Prof. Ana Marta González (Universidad de Navarra) destacaron la dignidad de la persona y el trabajo como parte de la doctrina social de la Iglesia con origen profundo en la Sagrada Escritura. Los profesores destacaron –tal como ocurrió en las mesas de trabajo del Congreso– que el trabajo es una prolongación del poder creador de Dios, quien ha creado el mundo y le ha dado al hombre el encargo de perfeccionarlo. Jesucristo dedicó la mayor parte de su vida terrena a trabajar. “Así santificó el trabajo y le otorgó un peculiar valor para nuestra maduración”, dice el Papa Francisco en la encíclica Laudato si’.

Esta visión del trabajo permite descubrir el aporte de los valores cristianos en las transformaciones laborales y el valor de cada persona en la búsqueda de su crecimiento humano y espiritual a través del trabajo profesional cotidiano.

En el Congreso se evidenció que las ocupaciones pueden cambiar, así como las rutinas y maneras de hacer tal o cual actividad, pero los valores esenciales y personales serán los mismos. La amenaza no son las nuevas tecnologías o la robótica; son más bien las ideologías y maneras de vida que pueden comenzar como medios eficaces y productivos, pero pueden terminar negando la libertad, la justicia y la responsabilidad social.

César Mauricio Velásquez. ACEPRENSA, 21-10-2017

 

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