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Los hijos de la URRSS no quieren más revoluciones

Los hijos de la URRSS no quieren más revoluciones

Los hijos de la URRSS no quieren más revoluciones

La táctica del Kremlin pasa por no celebrar el centenario de la Revolución, pero tampoco criticar a los líderes soviéticos

Banderas rojas bajo un cielo de cemento. Flores en las estatuas de los socialistas eternos Marx y Lenin. Carteles clamando contra cómo el país ha revertido el rumbo: “La burguesía en Rusia ya es peor que burguesa”. Y proclamas en diversos idiomas porque la Revolución, aunque incompleta, sigue siendo mundial. Rusia celebró ayer 100 años del alzamiento bolchevique que enterró para siempre el zarismo y abrió una nueva etapa dictatorial que convirtió a un maltratado imperio del siglo XIX en una potencia mundial del siglo XX.

Por la mañana algún paseante desinformado podría haber pensado que el Gobierno ruso también estaba celebrando los 100 años de la revolución bolchevique. En la Plaza Roja unos 5.000 militares saludaron a la tribuna de veteranos para conmemorar el desfile militar de 1941. Pero este desfile se hace cada año y no responde a una conmemoración de la Revolución. Se trata de un mero acto patriótico sobre la Segunda Guerra Mundial: el desfile de aquel 1941 tuvo lugar en pleno asedio de las tropas nazis. Aquel año, la decisión de no suspender el desfile pese a la complicada situación fue crucial: elevó la moral del Ejército soviético.

Todos los rusos recuerdan cómo con la guerra en marcha, desde la misma Plaza Roja muchos soldados soviéticos salieron directamente hacia el frente, a luchar en una contienda sobre la que hoy no hay divisiones en la sociedad rusa. El papel de los soldados soviéticos es motivo de orgullo nacional. La Revolución rusa abre más interrogantes entre los rusos.

Temor a la oposición

La situación de la Rusia actual hoy es otra y por eso la táctica que ha dictado al Kremlin es que es mejor no celebrar nada. En un país donde existen elecciones pero nunca conducen a un recambio en el poder, el ‘miedo’ del Gobierno no apunta hacia la oposición sino hacia dentro y hacia abajo: golpe de estado o ‘primavera árabe’ en versión eslava.

“El Kremlin no tiene prevista ninguna celebración con ese motivo”, contestó el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, sobre el centenario de la Revolución de 1917.

Cualquier movilización se percibe como un intento de asaltar el poder, por lo que poner encima de la mesa la agitación de una de las mayores consecuencias que sufrió Europa en el siglo XX no está en la lista de prioridades del Kremlin. En 1917 fue el derribo de un sistema aprovechando sus debilidades y sus guerras en el exterior, y el régimen actual tiene ambas cosas.

Desde el triunfo de la revolución bolchevique en 1917 y hasta la desintegración de la URSS en 1991 la fecha del 7 de noviembre se celebró como fiesta nacional. Una marcha organizada por los comunistas fue uno de los pocos actos que recordaron en la capital rusa la Revolución de Octubre. Los comunistas desfilaron por el centro de Moscú para conmemorar el centenario de la Revolución Bolchevique de 1917 que acabó con el régimen zarista y dio inicio a la Unión Soviética.

Convocados por el Partido Comunista de Rusia, segundo en cuanto a presencia en el parlamento, se habían juntado antes en la plaza de Pushkin y marcharon desde ahí en una manifestación con banderas rojas y lazos rojos en las solapas en la que participan comunistas y miembros de organizaciones de izquierda llegados de decenas de países del mundo. Desde el interior de las tiendas más lujosas de la calle Tverskaya, los aburridos dependientes les hacían fotos al pasar como si fuesen una reliquia histórica.

Esteladas en Moscú

Entre los participantes en esa manifestación hubo también comunistas españoles e independentistas catalanes portando banderas republicanas y esteladas. Alexander, comunista de 21 años, no ha conocido otro rostro en el poder que el de Vladimir Putin: “He leído que en España hay una izquierda que defiende a nuestro presidente, pero si eso es cierto no es una izquierda verdadera”.

A algunos asistentes les habían dado carteles con grandes retratos de Vladimir Lenin o Josif Stalin a todo color. El acto concluyó en la plaza de la Revolución, cercana al Kremlin -donde está la estatua de Karl Marx- con un mitin en el que tomaron la palabra también comunistas de otros países, que ensalzaron el poder transformador del socialismo.

La megafonía retumbaba a apenas 100 metros de la ‘cara B’ de ese recuerdo glorioso: la piedra de Solovk, traída a Moscú de la homónima isla que en su día fue sede del primer campo de trabajo estalinista. En la plaza Lubianka, conocida porque allí estaba el cuartel de la KGB, miles de moscovitas participaron hace unos días en un acto de homenaje a las víctimas de las purgas estalinistas. Durante el Gran Terror, sólo en la capital rusa fueron fusiladas más de 30.000 personas: 725.000 en toda la URSS.

Para evitar el choque de pareceres y sensibilidades, el Kremlin y el presidente ruso han lanzado este año mensajes de conciliación. Durante el fin de semana, Vladimir Putin, inauguró en Moscú un “Muro de las Lamentaciones”, otro monumento a las víctimas de las purgas políticas en la era soviética.

Putin, la estabilidad

El próximo mes de marzo habrá elecciones presidenciales y todo parece indicar que Putin va a revalidar su puesto por seis años más. La sociedad rusa de hoy es bastante conservadora y no quiere ninguna convulsión, según muestran las encuestas del Centro de Estudios de la Opinión Pública. Putin se ha presentado siempre ante su electorado como lo contrario de la revolución, la encarnación de la estabilidad, el bálsamo que cura poco a poco las heridas del aterrizaje forzoso en el capitalismo durante los años noventa.

El equilibrio es complicado, porque el presidente enarbola la recuperación del orgullo de la poderosa URSS, pero evitando aludir a su convulsa génesis ni a sus métodos autoritarios y al mismo tiempo evitando condenar a sus dirigentes. El pasado junio Putin criticó la “excesiva demonización” de Stalin por usarse, según él, como “un medio para atacar a la URSS y a Rusia”.

“En un día como hoy el Gobierno no puede ensalzar la figura de Lenin porque ahora mismo lo más parecido a Lenin es el opositor Alexei Navalny”, explicaba ayer, unas calles más arriba de Lubianka, Maria, profesora de historia, que no quiso acudir a la marcha. Estos días el opositor ruso, al que la justicia rusa impide presentarse a las elecciones, ha remitido una demanda contra el presidente del país por el rechazo de las autoridades de diferentes ciudades a autorizar la organización de sus mítines.

Putin como político huye de los epílogos. No quiere ser comparado con Nicolás II, el último zar, y menos todavía con Mijail Gorbachov, el último líder soviético. Prefiere admirar a Pyotr Stolypin, primer ministro zarista. A él se atribuye la frase de 1907: “¡Vosotros queréis una gran agitación, nosotros queremos una gran Rusia!”. Para compensar el vacío ideológico que dejó la URSS tras su colapso, la grandeza vuelve a ser el mensaje.

Xavier Colás, Moscú.

EL MUNDO, España, 08-11-2017

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