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El águila y la hormiga

El águila y la hormiga

El águila y la hormiga

A la defensa de las reformas del gobierno, pensada para contrarrestar el desplome producido, habría que ponerla en perspectiva. Su arremetida última (el “legado”), con Bachelet a la cabeza, debe remontarse a un año atrás, cuando directivos de la Nueva Mayoría admitían un “déficit comunicacional”, quejándose de la falta de un “relato” que hilara y diera sentido a las reformas; también llamaban a que La Moneda se pusiera las pilas al entrar en la recta final mostrando lo bien que lo han hecho.

Todo dicho con suma urgencia, angustiados de que después de dos años y medio tres directores se turnaran en la Secretaría de Comunicaciones. Y eso que las platas no era problema: 4 millones de dólares mensuales el presupuesto de Secom, 4 adicionales por lo del “Proceso Constituyente”, y US$ 60 millones anuales destinado a publicidad del Estado, granjeándole una holgada ventaja al gobierno todos estos años.

Pero, como con toda publicidad, en que su impacto es tan potente como la calidad de lo que promueve, se ha debido recurrir a argucias y patrañas. Un columnista señalando los 20 nuevos hospitales (29 en construcción), las 18 mil becas de vocación de profesor, los 7 nuevos parques (22 en construcción), y así ad nauseam, parecido a los años 80 cuando el régimen militar hacía que sus adictos invocaran el número de relojes de pulsera, refrigeradores y lavadoras importados, para acallar al incrédulo. Otro de estos columnistas, publicista él mismo, también nos ha contado que lo ha dejado meditando un periodista extranjero (sin nombre) quien le intimara que ya no hay marchas como en 2011, un logro bacheletista por supuesto, y así sucesivamente. En fin, análogo a cuando Robert McNamara, jefe del Pentágono bajo Kennedy y Johnson, tras recabar todo tipo de datos que mandara a pedir sobre el curso de la guerra en Indochina, anunciaba que era una pura cuestión de tiempo, paciencia, y ésta estaría por terminarse.

Vale la pena ver la serie documental de Ken Burns y Lynn Novick (“The Vietnam War”) transmitida por PBS si no por otra razón porque vuelve evidente alguna de las falacias más sostenidas estos 60 o más años. Qué cuento lo de la posverdad si da lo mismo que nos hagan creer una falsedad cuando el lío es que quienes manejan la maquinaria del poder suelen creerse a sí mismos. Y esto porque se pasa por alto la visión de conjunto que arroja la llamémosla “mirada del águila” y se contentan con el hormigueo de microdatos compendiado que, a su vez, arrojaría la vivencia positiva, “en terreno”. Espejismo que data de la Guerra del 14 cuando todo comienza a medirse en minúsculos avances, trincheras empantanadas, enemigos a metros de distancia; más “empática” la vivencia, conforme, pero, a la larga, históricamente miope. “Una vez llegada la desgracia, de nada sirve quejarse”, decía Esopo.

Blog de Alfredo Jocelyn-Holt, historiador.

LA TERCERA, 04-11-2017

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Humor

A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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