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PREMIO CASI CENTENARIO PARA CRISTIÁN ZEGERS

PREMIO CASI CENTENARIO PARA CRISTIÁN ZEGERS

PREMIO CASI CENTENARIO PARA CRISTIÁN ZEGERS

Lillian Calm escribe: “Ahora que escribo esta columna ya no bajo su tutela, sino desde ese resorte de independencia que llaman jubilación, puedo decir que nunca he conocido a un periodista más periodista que Cristián Zegers. Y eso sin duda se refleja en cada una de las palabras con que agradeció el premio, en esa noche de gala del ‘ABC’”.

Cristián Zegers, periodista de alma y maestro de periodistas (hoy director de “El Mercurio”), llegó a Madrid junto a su familia y no, como lo habría hecho en otras circunstancias, solo para sopesar en la misma España los aires independentistas que han procurado darse algunos en Cataluña. Viajó para recibir nada menos que de manos del Rey uno de los premios de habla hispana más consagrados: el Luca de Tena 2017, Premio Internacional de Periodismo que otorga anualmente el diario “ABC” y que fue instituido en los años veinte del siglo pasado.

¿A quiénes se otorga? A las trayectorias periodísticas sobresalientes en la defensa de los valores del diario: innovación técnica, exigencia literaria e independencia informativa.

Pero la entrega estaba programada -cómo se iba a adivinar- para el mismo día en que el tema de la secesión hizo crisis. Por eso horas antes de la ceremonia se informó que el Rey debía permanecer en su despacho, y fue la Reina (antes que Reina, periodista tan de alma como el galardonado) quien debió sustituir al monarca.

Pienso que “emoción” es la palabra para definir lo que desde Chile hemos sentido quienes durante años -por mi parte fueron décadas- hemos trabajado junto a Cristián.

Ahora que escribo esta columna ya no bajo su tutela, sino desde ese resorte de independencia que llaman jubilación, puedo decir que nunca he conocido a un periodista más periodista que Cristián Zegers. Y eso sin duda se refleja en cada una de las palabras con que agradeció el premio, en esa noche de gala del “ABC”. Por eso he querido reproducir íntegramente algunos de sus párrafos:

– “En mi condición de chileno, confieso la especial satisfacción de que este premio aparezca sellado por el ilustre apellido Luca de Tena. Don Juan Ignacio dejó por pocos años las responsabilidades de dirigir esta casa periodística de ABC, para servir como embajador en Santiago, en plena Segunda Guerra Mundial, época de circunstancias políticas nada fáciles. Entre nosotros dejó huellas de fecundo entendimiento. Su talento y capacidad excepcionales le permitieron desarrollar con brillo esa gestión diplomática. Por de pronto, estableció una amistad personal con el presidente Pedro Aguirre Cerda, elegido por el Frente Popular, y morigeró cuanto pudo las condiciones del exilio español tras la Guerra Civil.

–      “Hemos sido perseverantes en la voluntad de dar la noticia completa, consignando lo que vemos, y por qué (…) Mantenemos la filosofía de no imponer ideas a nadie, sino interpretar a la sociedad chilena, buscando canalizar las aspiraciones de todos hacia el bien común. Junto con la obvia defensa de la libertad de expresión, concebimos el cambio propio de una sociedad democrática como evolución responsable, y nunca como arrasamiento de lo preexistente. Creemos que solo así puede preservarse mejor en nuestros días un régimen de derecho, con plena libertad política, económica y de pensamiento.

–      “Pero nuestros mayores desvelos giran en torno a nuestro rol, en cuanto medios de comunicación, de ser suficientemente eficaces ante fenómenos tan destructivos de la democracia como el populismo de variadas procedencias, y la llamada posverdad, encubierta a veces bajo el sugerente disfraz de una fácil masividad.

–   “La atracción que despierta España en los chilenos y, en general, en los americanos, no proviene de la mera contemplación de monumentos ciertamente magníficos, ni del recuerdo de un rico aunque brumoso pasado familiar, y ni siquiera de las amplias y subsistentes coincidencias valóricas, también vigentes en leyes, hábitos y costumbres. El vínculo que con más fuerza nos une a la que siempre hemos denominado Madre Patria procede de la lengua común. Con todas las diferencias que podamos notar en la emisión de ciertas consonantes, en la entonación o en algunos énfasis, españoles y americanos nos entendemos con fácil naturalidad. Pensamos, hablamos y escribimos en español. Y debemos defender nuestra lengua común, pues si ella necesariamente evoluciona, también corre el riesgo de degradarse. Empujada desde tantos ángulos por los vocabularios invasivos de la política, la economía, las ciencias, la tecnología, el español necesita combatir la frivolidad y pereza intelectual de quienes apelan livianamente a términos que son simples paronimias, y las nutridas palabras de jerga que, por uso fácil de un idioma ajeno, muchos no se molestan en traducir”.

Y, finalmente, una frase decidora para el momento que vive la Península: “Termino estas palabras con una exclamación muy confiada y fervorosa por la unidad de España, simbolizada en Vuestra Majestad, cuyo destino nos palpita como algo propio muy adentro en el alma, tanto como el de Chile”.

Cuánto celebro que se haya referido a esa unidad, y entre otros temas también al combate “de la frivolidad y pereza intelectual de quienes apelan livianamente a términos que…” (sintetizo yo) liquidan el idioma. Y, además, a fenómenos destructivos de la democracia como el populismo (que tan bien conocemos) y la posverdad (todavía no sé bien en qué consiste: si es eufemismo, bulo o simplemente mentira).

Cristián Zegers, en distintos momentos de su vida profesional se ha dado por entero sucesivamente -y a veces no tan sucesivamente- al “Diario Ilustrado”, a la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, al diario “El Sur” de Concepción, a la revista “Portada”, a la revista “Qué Pasa” (desde su edición “cero”), a la Revista del Domingo de “El Mercurio”, a “La Segunda”, a “El Mercurio”… Y, además de ser abogado, es Premio Nacional de Periodismo; miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Política y Morales; y ha sido dos veces presidente de la Asociación Nacional de la Prensa.

Algunas salvedades: siempre ha sabido privilegiar el trabajo en equipo y, además, en tiempos de tanta polarización como la Unidad Popular, llamó a escribir columnas en la revista “Qué Pasa” a políticos tan antagónicos como Francisco Bulnes Sanfuentes, Jaime Castillo Velasco y Rafael Agustín Gumucio, ya en ese afán de “interpretar a la sociedad chilena, buscando canalizar las aspiraciones de todos hacia el bien común”, como señaló en su discurso. Ello puede ser discutible, pero obedece a sus permanentes ansias de objetividad periodística.

Desde hace más de una década dirige el más que centenario diario “El Mercurio”. Pero no nos equivoquemos. Al menos a mi juicio, y lo pienso firmemente, no es “El Mercurio”, con toda su trayectoria, el que prestigia a Cristián Zegers. Es Cristián Zegers quien prestigia al diario “El Mercurio”.

Post Scriptum: Al releer estas líneas pienso que no me he detenido en su inagotable sentido del humor, que bulle incluso en los momentos más críticos. Sus “salidas” y sus anécdotas no alcanzan a recopilarse en un solo tomo. Pero eso quedará para otra oportunidad, quizás menos solemne que su Premio Luca de Tena.

Lillian Calm

Periodista

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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