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¿Fue Gabo un médico frustrado?

¿Fue Gabo un médico frustrado?

¿Fue Gabo un médico frustrado?
noviembre 02

Hay quienes creen que la obra literaria de Gabriel García Márquez es un tratado de medicina. Uno de ellos es el español Juan Valentín Fernández de la Gala, aunque al menos él reconoce que exagera “un poco” en esta apreciación.

Son tan numerosas las alusiones de Gabo a enfermedades y tratamientos en sus obras, que Juan Valentín, médico, profesor de Historia de la Medicina y la Enfermería en la Universidad de Cádiz, adelantó una tesis doctoral titulada Médicos y medicina en la obra de Gabriel García Márquez. Habló de ella en el Festival Gabo de Periodismo que se realizó en Medellín esta semana. También con nosotros.

¿De dónde le surgió la inquietud de analizar estos temas en la obra de Gabo?

He sido lector y, hace tiempos, leí desprevenidamente la obra del Nobel colombiano. Y te digo aquí, entre nos, que es la mejor manera de leer los libros, siempre intentando desentrañar arquitecturas”.

¿Y de las biografías?

Por supuesto, de sus principales biógrafos también las revisé. Plinio Apuleyo Mendoza, Gerald Martin y Dasso Saldívar. Lo que más me sorprendía era un comentario reiterado de Plinio en el sentido de que todo lo de García Márquez tenía un asidero real”.

Por Vivir para contarla y conversaciones con los parientes de Gabo, se sabe que este se interesó en enfermedades y medicina porque su papá, Gabriel Eligio, fue farmacéutico y lector de revistas científicas. ¿En su investigación halló otras influencias o motivaciones?

La presencia de la medicina y los médicos en la obra de García Márquez es constante. Si me apuras, te diría que la obra de Gabo trata de Medicina. Hay doctores en papeles protagónicos en todas sus novelas. Recuerdo el enigmático médico francés de La hojarasca, el doctor Juvenal Urbino de El amor en los tiempos del cólera y al judeoconverso Abrenuncio de Sa Pereira Cao en Del amor y otros demonios. Como indicas muy bien, es innegable la influencia de Gabriel Eligio en esta preocupación del escritor. El hecho de contar en la familia con un farmaceuta homeopático que a veces envolvía su tarea de cierto ropaje esotérico, casi como un tegua, tuvo que ser fuente cercana de inspiración literaria. Sin embargo, no siempre la relación de Gabo con su padre fue fácil. Aunque el médico francés de Macondo está construido sobre el armazón real del doctor Antonio José Barbosa Arroyuelo, médico de Aracataca procedente de Maracaibo, yo detecto mucho de Gabriel Eligio en los aspectos más oscuros de ese personaje. En El amor en los tiempos del cólera se da un acercamiento afectivo muy fuerte entre ambos, una especie de reencuentro que forjará el personaje de Florentino Ariza”.

¿Y qué fue lo primero que halló en su búsqueda?

El primer cuento de Gabo es La tercera resignación. En él critica ese afán de la medicina por mantener la vida de una persona a cualquier costo”.

Ese cuento hace parte de Ojos de perro azul, en el que abundan los trastornos mentales. ¿Qué más encontró?

Sobre las enfermedades mentales, te recomiendo un libro titulado Los locos de Macondo, de Álex González Grau. Otra cosa que hallé en esos relatos es el tema de la discapacidad. En un cuento hay tres ciegos que están totalmente perdidos y no pueden ayudarse entre sí, por su condición”.

La noche de los alcaravanes…

Exacto. En ese relato y en ese libro, quienes padecen la discapacidad física son seres desvalidos. Sin embargo, en las novelas cambia la manera de abordar la discapacidad. Úrsula Iguarán, por ejemplo, pierde la vista, pero pocos lo notan. Y es como si pudiera ver más allá. Hay un punto de inflexión en los años 50. En las obras posteriores a Ojos de perro azul la discapacidad no es sinónimo de desvalimiento”.

¿Ha pensado qué sucesos le harían cambiar la forma de observar este asunto?

Creo que un hecho que le cambió a Gabo esta apreciación, y hasta su literatura toda, es el de acompañar a su madre hasta Aracataca a vender la casa. En ese viaje se encontró con el boticario Barbosa, quien tenía su farmacia cerca de la casa de los García Márquez. En esa visita, Gabo se topó con el abandono del pueblo, los almendros empolvados, el aire espeso. El doctor Barbosa le hizo entender que la historia que debía contar es la de su pueblo, Macondo. Creo que por eso, por hacerle caso, Gabo cuenta las cosas con realismo”.

¿Cree que algún médico de Gabo esté inspirado en el doctor Barbosa?

Tengo una hipótesis: el doctor Barbosa es el médico francés sin nombre de La hojarasca”.

Gabo habla de él en Vivir para contarla. ¿Recuerda?

Sí. Y por lo que allí cuenta creo que el kilómetro cero de Macondo es esa farmacia. Creo que en Aracataca deberían recuperarla y hacer allí un museo que esté incorporado a la ruta de Macondo. Nos da conexión con la realidad. Se podrían poner los instrumentos médicos de la época, los elementos maravillosos que traían los gitanos como los imanes y, bueno, también la farmacopea propia de ellos. Y hasta recrear algunos olores de la obra de Gabo, como el de las almendras amargas, las guayabas podridas y el cloroformo. Gabo menciona algunos productos con la marca real, que podrían estar allí: el Luminal, el Jabón del Perro Agradecido, el colirio Murine y la Cafiaspirina. ¿Sabes qué? Yo estuve en Aracataca y hablé con los descendientes del doctor. Me contaron dónde estaba el mostrador, dónde el despacho de preparar los medicamentos…”.

¿Cuál era su característica?

La medicina francesa clásica considera que un médico puede leer el cuerpo humano como se lee un libro. Se basa en los signos y síntomas para detectar las enfermedades”.

Un médico impactante es el francés Alejandro Próspero Reverend, el de El general en su laberinto, un personaje real.

Ese médico, de la tradición francesa, también leía los signos del cuerpo”.

Él decía en la novela que el fracaso de la medicina es tener que abrir los cuerpos, las cirugías, para saber qué pasa o arreglar los males.

La idea del enfrentamiento entre la actividad médica y la quirúrgica es antigua. Fueron incluso dos profesiones distintas hasta 1748, cuando el Real Colegio de Cirugía de Cádiz las reunió en una sola, con un período formativo de seis años. El resto de las facultades del mundo copió la idea. En El amor en los tiempos del cólera el doctor Juvenal Urbino se manifiesta sobre ello. Reverend hizo una descripción minuciosa y exhaustiva del curso clínico de la enfermedad de Bolívar, anotando, día a día, los cambios y los tratamientos aplicados al Libertador. Ese diario fue publicado en París en 1866 y constituye una fuente de información preciosa para entender las concepciones clínicas y los remedios médicos de toda una época. Pero no olvides, sin embargo, que el doctor Reverend practicó la autopsia a Simón Bolívar, tras su muerte, identificando varias cavernas tuberculosas, algunas de ellas calcificadas, lo que indica que era hábil en el manejo del bisturí, a pesar de su crítica a la cirugía”.

¿Cavernas, o sea como huecos en los pulmones?

Sí, huecos. Es característico de la tuberculosis. Unos huecos en los pulmones que se llenan de una sustancia parecida al yogur, que se va calcificando con el tiempo. El doctor Reverend tomó un pedazo de esta especie de roca y se la llevó de recuerdo. Es notable el conocimiento de Reverend, porque durante mucho tiempo hubo una discusión sobre la causa de la muerte del Libertador: si era malaria o tuberculosis”.

En El amor en los tiempos del cólera, al aludir a esta enfermedad, más que de la infección intestinal, el autor se ocupa de la infección del alma a causa del bicho del amor. Esto suena a mito. ¿Hay mitos y creencias en la forma de aludir a la salud, la enfermedad y la medicina en la obra de Gabo?

Son muy numerosas las concepciones míticas de la enfermedad. En Cien años de soledad se dan cita las tradiciones hebraica, helénica, alquímica, cristiana, cabalística y precolombina, junto a la medicina clínica francesa del siglo XIX o a la medicina hipertecnificada y algo deshumanizada de nuestros días. Un historiador de la medicina podría sacar mucho fruto de la lectura atenta de la obra de Gabo, y le hablo tanto de la de ficción como de la periodística”.

John Saldarriaga. EL COLOMBIANO, 02-10-2017

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