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4 mil millones

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Por Alberto López-Hermida. La ganancia social que se obtiene de una visita de esta naturaleza es enorme y difícil de monetizar. Además de la satisfacción de millones de fieles, una visita papal impacta hasta en lo insospechado.

Es la pataleta progre del momento. La venida del Papa Francisco en enero próximo tendrá, además de lo que significa una visita de Estado, un costo adicional de $4 mil millones.

Y eso, un defensor de lo que haya que defender mientras sea desde la comodidad de su celular, no lo puede dejar pasar.

Las comparaciones siempre pueden resultar odiosas, como la idea ya esgrimida de que el Festival de Viña del Mar cada año cuesta prácticamente el doble, por lo que conviene poner paños fríos a la discusión y señalar, sólo por un tema de espacio, cinco consideraciones.

En primer lugar, nadie ha destacado el hecho de que la Iglesia, por medio del comité que organiza la visita apostólica, haya trasparentado motu proprio la cifra, dando detalles inéditos de aquello a lo que se destinará cada peso y, además, anunciando una posterior rendición de cuentas. Una actitud poco vista en otras instituciones y bastante lejana a esa mirada oscurantista que a tantos les gusta achacarle a la Cátedra de Pedro.

En segundo término, el monto será recolectado íntegramente entre aquellos que quieran aportar voluntariamente y recibir al Romano Pontífice en nuestro país y será destinado prácticamente en su totalidad al beneficio de los mismos fieles, a quienes por cierto no se les cobrará ni un peso y tendrán a su disposición todas las facilidades para poder asistir al abanico de eventos pastorales.

Tercero, es cosa de informarse medianamente de lo que han sido las visitas de Francisco a otros países y estar enterados del estilo de vida que lleva el pontífice, como para dar por hecho que el dinero no es precisamente para banquetes ostentosos ni ceremonias pomposas. Cabe agregar que el obispo de Roma visita nuestro país como respuesta a la invitación hecha por la Iglesia chilena y por el Estado de Chile y no fruto de un capricho personal para acumular millas de viajero.

En cuarto lugar, es más que conocido el hecho de que las visitas papales terminan siendo rentables en muchos aspectos. La reciente visita de Francisco a Colombia, por ejemplo, duplicó la ocupación hotelera del país, incrementó sustantivamente el transporte, generó miles de empleos y las ganancias en el comercio, restoranes y venta de artículos religiosos superaron cualquier expectativa. Un boom turístico de aquellos.

Por último, la ganancia social que se obtiene de una visita de esta naturaleza es enorme y difícil de monetizar. Además de la satisfacción de millones de fieles, una visita papal impacta hasta en lo insospechado. En Colombia, por ejemplo, durante la estadía de Francisco los delitos de alto impacto bajaron en 70%, disminuyeron los accidentes de tránsito y las lesiones graves se desplomaron. Un ahorro, convengamos, incalculable.

En definitiva -y seamos francos-, lo que molesta no son los 4 mil millones. Lo que da sarpullido a unos pocos es que un buen número de chilenos esté dispuesto a donar parte del fruto de su esfuerzo con tal de tener en el país al que consideran representante de Cristo en la Tierra. De otro modo, no se explica que no se haya desatado esta ola de austeridad progre con la preventa de entradas para Lollapalooza 2018, donde el pase premium -ya agotado- supera los $400 mil; o la preocupación por las arcas fiscales no haya sido tema respecto a las caravanas, eventos oficiales y despliegue de seguridad realizados por Akishino y Kiko, príncipes herederos japoneses, que visitaron el país en septiembre recién pasado.

Son millones los que se necesitan para traer a Francisco a Chile.

Somos millones los que lo estamos esperando.

Alberto López Hermida. PULSO, 17-10-2017

*El autor es doctor en Comunicación Pública (@albertopedro

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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