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Reflexiones y apostillas

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Jorge Edwards: “Mientras exista en Chile una alianza incoherente, contra natura, entre la centroizquierda moderada y la izquierda comunista, admiradora de Nicolás Maduro (…) votaré, en mi calidad de ciudadano liberal y de centro, por una derecha democrática…”

La reciente tribuna del ex presidente Lagos, Cambio de época (ver Reportajes, 8 de octubre), plantea temas importantes, de gran vigencia, y a mí me parece que la tenemos que agradecer. Todo lo que ayude a levantar los niveles de la polémica política de estos días es necesario y saludable. Esto no significa, claro está, un acuerdo pleno. Significa poner atención en un texto interesante y ejercer la función de la revisión y de la crítica. Ricardo Lagos sostiene que buena parte de la economía liberal se derrumbó en forma estrepitosa con la crisis de 2008 y que se ha producido el regreso a “la política sobre los mercados”. Pues bien, la política siempre ha estado y siempre debe estar por encima de los mercados, pero cada vez que olvida las normas esenciales de los mercados, cada vez que trata de soslayarlas, da palos de ciego. En los últimos tiempos he observado con enorme interés los casos de Francia y de España, y hace poco el de Argentina. España salía de la crisis con paso lento, muy seguro, pero el separatismo catalán, irresponsable, inoportuno, francamente dudoso desde una visión democrática, complica la situación en forma muy peligrosa. Las encuestas de opinión ya no son tan favorables en Francia al gobierno de Emmanuel Macron, lo cual es inevitable cuando se aplican reformas severas, pero estoy convencido de que Macron, con personalidad, con respuestas claras, con independencia intelectual, con conocimiento de la historia de su país, va a salir adelante. En seguida, estuve dos veces en Argentina en el curso de este año y comprendí la dificultad endiablada que implica salir del populismo a la economía y la política de una democracia normal. Estoy convencido, sin embargo, de que el camino lento, gradualista, del gobierno de Mauricio Macri, que produce impaciencias en un extremo y en el otro, es el único posible y comienza a producir resultados efectivos. Llego a la conclusión, entonces, de que los anuncios agoreros de Ricardo Lagos Escobar, de esencia antimercadista, son interesantes, dignos de analizarse, pero no del todo convincentes.

El texto de Ricardo Lagos pone todo su énfasis en el tema de la desigualdad, que aumentaría en forma inevitable, a su juicio, en las sociedades que tienen un crecimiento económico moderno. A mí me parece que el énfasis político debe colocarse en la igualdad de posibilidades, no en la igualdad estadística. La desigualdad social excesiva es, desde luego, un factor de inestabilidad, pero si dejamos en segundo término el tema del crecimiento, es probable que no tengamos crecimiento de ninguna especie y que alcancemos la igualdad en la pobreza, lo cual es una forma de injusticia generalizada. Pienso ahora en el voluntarismo y en la retórica hueca que están detrás de todo esto. Existió un diálogo célebre, que cito muchas veces, entre Jean Paul Sartre y Fidel Castro, durante una manifestación de los años sesenta en la Plaza habanera de la Revolución. “Le doy al pueblo todo lo que me pide”, dice Fidel Castro. “¿Y si le piden la luna?”, pregunta Sartre. “Les doy la luna”, contesta Castro, y Sartre comenta que a partir de esa respuesta creció su admiración por el comandante cubano. Nosotros leíamos a Sartre con admiración y desdeñábamos la inteligencia lúcida, crítica, de su compañero de curso en la universidad, Raymond Aron. Los ensayos de Aron, ahora, son enteramente vigentes, y la lectura de Sartre se ha vuelto indigesta desde hace bastante rato. Ya en la década de los treinta, antes de la guerra, Raymond Aron demostraba que la desigualdad en la Rusia de Lenin y de Stalin era mayor que en la Gran Bretaña moderadamente reformista de esos mismos años. En la Nomenklatura soviética, entre la gente del poder, ¡los sueldos mínimos estaban en una relación de cincuenta a uno con los del proletariado puro y duro!

Ricardo Lagos sabe muy bien que el enemigo principal para la extrema izquierda, desde hace un siglo, desde los tiempos de Lenin y de José Stalin, es la socialdemocracia. Esto ocurre ahora mismo, en los tiempos de Nicolás Maduro, del Podemos español, de nuestro Frente Amplio y hasta de nuestra Nueva Mayoría. El mismo Lagos lo ha tenido que experimentar en carne propia. Tratar de eludir esa realidad es perfectamente inútil. Mientras exista en Chile una alianza incoherente, contra natura, entre la centroizquierda moderada y la izquierda comunista, admiradora de Nicolás Maduro, de la Cuba castrista, de Corea del Norte, votaré, en mi calidad de ciudadano liberal y de centro, por una derecha democrática, civilizada. No veo otra alternativa. Y pienso que una persona como el ex Presidente Lagos tiene una tarea por delante de gran valor: reconstruir una socialdemocracia auténtica, libre de tentaciones populistas, autodestructivas. Si Chile tuviera un núcleo de esa naturaleza a su izquierda, un centro liberal sólido, laico o demócrata cristiano, y una derecha democrática, como la que ya existe desde el gobierno anterior, sería un país más estable, más amigable, ejemplar en Iberoamérica, como lo fue en épocas pasadas. Es algo que tuvimos en el pasado y que ahora nos corresponde recuperar.

Lo mejor del texto de Lagos, Cambio de época, es su demostración de sensibilidad en materias internacionales: en el enfoque del cambio climático o del tráfico de drogas, para citar un par de ejemplos. Cuando me ocupé de la Unesco en calidad de representante de Chile, en años no tan lejanos, captaba con lucidez, con escasas ilusiones, las dificultades internas del sistema de Naciones Unidas, pero a la vez comprendía que si ese sistema no existiera, tendríamos la imperiosa necesidad de inventarlo. En eso, en el Chile de hoy, a pesar de la aspereza y el ruido, existe consenso. En otras palabras, el prudente, razonable optimismo, se justifica.

Llego a la conclusión de que los anuncios agoreros de Ricardo Lagos Escobar, de esencia antimercadista, son interesantes, dignos de analizarse, pero no del todo convincentes.

Columna de Jorge Edwards. EL MERCURIO, 15-10-2017

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