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La corresponsabilidad política de los católicos

La corresponsabilidad política de los católicos

La corresponsabilidad política de los católicos

Principios no negociables frente a las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias.

Por de pronto, no es lícito a un católico dar su favor en las elecciones a quienes apoyan o han apoyado legislar para permitir interrumpir directamente el desarrollo de una vida ya concebida, mediante el aborto.

• Quienes quieren ser fieles a la fe de la Iglesia, saben que la familia está fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, de tal manera que resulta igualmente inmoral dar el apoyo a candidatos que promueven la unión entre personas del mismo sexo, que contradice en su esencia el designio del Creador.

Durante el mes de noviembre deberemos elegir a las nuevas autoridades que conducirán el país. La Iglesia no tiene competencia para pronunciarse sobre temas que por su propia naturaleza están dejados a la libre determinación de los ciudadanos, lo que ocurre con muchas de las opciones que son propias de una elección política. Sin embargo, tiene el deber y el derecho de alumbrar la conciencia de los católicos y de las personas de buena voluntad acerca de aquellos otros que son esenciales para la preservación y fomento de los principios propios de una nación cristiana.

En los últimos meses hemos asistido a diversas decisiones legislativas y de políticas públicas sobre algunos de estos temas, que manifiestan la manera de pensar y concebir la vida del país y de sus habitantes de las autoridades y que deben ser observados con atención al momento de optar por los nombres de quienes serán llamados gobernar en el futuro. Las orientaciones de la Iglesia buscan que los católicos favorezcan con su elección a quienes den las mayores garantías de salvaguardar aquellos principios esenciales.

Por de pronto, no es lícito a un católico dar su favor en las elecciones a quienes apoyan o han apoyado legislar para permitir interrumpir directamente el desarrollo de una vida ya concebida, mediante el aborto. Los pastores de la Iglesia hemos sido perfectamente claros en señalar la gravedad moral del aborto. De la misma manera, quienes quieren ser fieles a la fe de la Iglesia, saben que la familia

está fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, de tal manera que resulta igualmente inmoral dar el apoyo a candidatos que promueven la unión entre personas del mismo sexo, que contradice en su esencia el designio del Creador.

El Papa Benedicto nos enseñó que “los católicos deberán destacar entre sus conciudadanos por el cumplimiento ejemplar de sus deberes cívicos, así como por el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas que contribuyen a mejorar las relaciones personales, sociales y laborales. Su compromiso los llevará también a promover de modo especial aquellos valores que son esenciales al bien común de la sociedad, como la paz, la justicia, la solidaridad, el bien de la familia fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, la tutela de la vida humana desde la concepción hasta su muerte natural, y el derecho y obligación de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones morales y religiosas”. El Papa Francisco con fuerza ha resaltado en diversas ocasiones esta misma enseñanza.

Es muy necesario que como miembros activos de nuestra sociedad seamos capaces ejercer nuestra corresponsabilidad y de exigir, mediante nuestra elección libre e informada, que en nuestra Patria se preserven estas garantías mínimas de una sociedad que, siendo plural, es capaz de comprender que hay ciertos valores que transcienden la misma política, porque son de la esencia de la naturaleza humana. La elección que se avecina es un momento propicio para que hagamos valer nuestra voz y, por tanto, ejerzamos con amor y responsabilidad nuestras opciones políticas. También es necesario tener conciencia de que para un católico concurrir con su voto a las elecciones populares es una obligación cívica de alto nivel y exigencia moral, de manera que exceptuarse de concurrir a sufragar, fuera de casos de verdadera necesidad, no es lícito y puede llegar a ser una falta moral, por las consecuencias que de ello pueden seguirse.

Pidamos a la Madre de Dios, nuestra Señora del Carmen, Reina y Patrona de Chile, que ilumine a cada uno de los católicos en las decisiones que debemos adoptar y que quienes resulten elegidos sean siempre respetuosos de los valores y principios que nos legaron los Padres de la Patria y nuestros antepasados.

+ Juan Ignacio González Errázuriz, Obispo de San Bernardo

Octubre 2017

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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