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Lillian Calm escribe: “Fue tanto el bochorno de la derrota que la propia mandataria prefirió decir al llegar de regreso a Iquique que no haría mayores comentarios. ¿Qué iba a comentar? Por eso tuvo que salir la vocera a decir con respecto  a este nuevo vodevil eso de que ésta era una “polémica bastante menor”. Y, además, recurriendo a ese tonito que ha adoptado y que sugiere que todos, menos ella, somos imbéciles. Que solo ella ostenta la última palabra”. 

Pareciera que aún no hubiera otra noticia y que nada, en todo el universo, fuera tan digno de reiterar y analizar como las eliminatorias de Chile en el fútbol, tanto la de los veteranos en Brasil como la de la sub en India (afortunadamente Trump, Cataluña y el norcoreano de nombre difícil salvan la situación).

Surgen pullas de allá y acá; culpas y disculpas y escasos mea culpas. Pero entre toda esta amalgama de información hay una que a mí me ha marcado y sobre la que no observo ni disculpas ni mea culpas. Por el contrario.

Y es el gastadero de treinta millones de pesos (incluso parece que más) que se farreó la Presidencia en el viaje a Sao Paulo para que la primera mandataria estuviera presente en la gran goleada. Gran goleada contra Chile, por supuesto.

Todo esto me hace intuir que la vocera de Gobierno es una persona que tiene que gozar de una incomparable cualidad: no se altera y debe dormir muy bien, lo que no suele darse en todos los mortales.

Claro. Para ella incluso ese gastadero que significó el viaje presidencial para ver in situ y no por televisión la derrota chilena en Brasil es apenas “una polémica bastante menor”.

Como sabemos, ni ella (la vocera), ni tampoco la Presidenta, pagaron de su peculio el avión de la FACh dispuesto para tan patriótica misión, sino que se financió con el bolsillo de todos nosotros, los chilenos, por lo que es, a ojos de La Moneda, una polémica “menor”.

El objetivo presidencial me imagino que estaba más que claro: si los futbolistas chilenos le hubieran achuntado al arco contrario, la mandataria se habría llenado de gloria con selfies para la posteridad, en un momento en que su nivel de aprobación sigue de tumbo en tumbo. Y ello debe haber sido bien urdido por los consejeros y por el clarividente segundo piso, aunque mucho me temo que la señora no le hace caso a nadie. O ya no le hace caso a nadie.

Conocemos el desenlace: los futbolistas ni siquiera vislumbraron el arco contrario, y la mandataria se perdió la foto y escalar los ahora esquivos puntos de popularidad.

Fue tanto el bochorno de la derrota que la propia mandataria prefirió decir al llegar de regreso a Iquique que no haría mayores comentarios. ¿Qué iba a comentar? Por eso tuvo que salir la vocera a decir con respecto  a este nuevo vodevil eso de que ésta era una “polémica bastante menor”. Y, además, recurriendo a ese tonito que ha adoptado y que sugiere que todos, menos ella, somos imbéciles. Que solo ella ostenta la última palabra.

Así,  la encargada de enfrentar a los periodistas y a la opinión pública llegó a manifestar que  el costo del traslado está contemplado en el presupuesto anual de la Fuerza Aérea de Chile.  

Vale la pena leer entera su declaración, porque es para archivarla: “En todo caso, (hay que) señalar que la Fuerza Aérea de Chile tiene un plan anual de vuelos que establece un costo y los viajes presidenciales se enmarcan dentro de ese costo que ya está contemplado”.

Momentito: ¿qué la FACh tiene un presupuesto consignado para ir a ver perder a la famosa Roja? Trataron de arreglarla diciendo que la mandataria sostuvo una reunión de trabajo con el gobernador de Sao Paulo.  Pero si era tan trascendente lo que iban a tratar, ¿ese señor no podía viajar él a Chile si de una Presidenta se trataba, ya que  él es apenas un gobernador? Porque no creo que una reunión con esa autoridad valga lo que hubo que invertir en trasladar a la señora y a su comitiva.

No me atrevo ni a decirlo porque va a caer muy mal, pero pienso que la FACh va a ahorrar unos buenos pesos, ya que al menos durante un tiempo no va a tener que trasladar a autoridades a ver a la selección, hasta que ésta nuevamente logre llegar a las grandes lides.

Pero hay más: muchos sostienen que nuestra máxima autoridad tiene jetta (o yeta, derivada del dialecto napolitano y que según el lunfardo argentino es alguien que trae mala suerte) y que por eso perdió Chile y se ha sucedido otra serie de desastres. No estoy de acuerdo y no suscribo esas palabras.

 Y no es porque crea que la mandataria atraiga buenas vibras, como dicen algunos ahora, sino por una razón absolutamente contraria: si hay alguien que no cree en jettas ni en buenas vibras, esa soy yo. Lo siento, pero al menos en ese plano me declaro absolutamente incrédula. 

Lillian Calm

Periodista

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