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RECETARIO PARA OLVIDAR HASTA EL DRAMA CATALÁN

RECETARIO PARA OLVIDAR HASTA EL DRAMA CATALÁN

RECETARIO PARA OLVIDAR HASTA EL DRAMA CATALÁN

Lillian Calm escribe: “Carezco de antecedentes para aseverar si realmente el señor Puigdemont es tonto o corto de entendimiento, pero a mi modo de ver más que nada es un populista. La “P” de Puigdemont no es de Político con mayúscula, sino de populista con minúscula, enfermedad contagiosa que bien hemos conocido por estos lares”.

 

Como una “independencia en suspenso” definió el madrileño diario “ABC” el vodevil catalán. Y, claro, ha sido en suspenso porque cuando se pensaba que el mandamás Carles Puigdemont declaraba la independencia de Cataluña, terminó su cacareado discurso proponiendo suspenderla por unos días para negociar. ¿Para negociar qué?

Mientras el avión que me traía de regreso desde España comenzaba a descender, yo seguía dándole vueltas a la crisis que había observado tan de cerca en España y comprendía por qué cuando, de norte a sur de la Península, preguntaba qué opinión tenían mis  interlocutores de Puigdemont, la respuesta que me daban era unánime: “Es un idiota”.

No sé si “idiota” suena tan fuerte allá como acá. Me parece que no, porque según la Real Academia de la Lengua (española, no catalana) es apenas “tonto o corto de entendimiento”. Carezco de antecedentes para aseverar si realmente el señor Puigdemont es tonto o corto de entendimiento, pero a mi modo de ver más que nada es un populista. La “P” de Puigdemont no es de Político con mayúscula, sino de populista con minúscula, enfermedad contagiosa que bien hemos conocido por estos lares.

Y así mientras el avión seguía disminuyendo en altura me distraje pensando si mi próxima columna (ésta) tendría que estar centrada o no en Puigdemont, ese catalán (repitámoslo con todas sus letras), corto de entendimiento que mal que mal ha logrado tener en vilo a toda una nación como si viviera en los albores del siglo XIX, época en que las colonias se emancipaban de la madre patria.

En las horas previas yo había sido testigo presencial de multitudinarias manifestaciones en que los ciudadanos pro unidad (y ajenos a todo diálogo, al igual que el Rey) desfilaban orgullosos con inmensas banderas españolas contra lo que consideraban lisa y llanamente una “idiotez” (nuevamente el mismo término). Y entre esos españoles por supuesto había también catalanes bien plantados que no solo se sienten sino que son españoles de tomo y lomo.

El avión depositó sus ruedas en tierra mientras yo seguía debatiendo conmigo misma si el encabezamiento de mi columna debía centrarse en el discurso del Rey o, por el contrario, en la filosofía de ese taxista que me preguntaba cómo creía yo que se los iba a convencer hablando de la bandera o del rey, “si no creen en la bandera ni en el rey”. O tal vez sería preferible destacar en primera líneas esas banderas que se aglomeraron el sábado en la mañana en la madrileña Plaza Colón, izadas por quienes a una sola voz gritaban por la unidad de España. O, quizás, referirme a  las grandes empresas que habían decidido dejar sus sedes de Barcelona y llevárselas a Madrid, debido a “inseguridad jurídica”. O comenzar con una noticia que leí en “La Vanguardia” y que si bien no pareciera ser de la envergadura de las anteriores, dice mucho: cayó la venta de entradas en teatros, cines y museos en Barcelona, y mientras el sector teatral registra descensos de hasta el 70% en la demanda de entradas, museos como el de Picasso reciben anulaciones de reservas turísticas… y lo mismo ocurre en el Liceu y en las grandes sedes de otros espectáculos y festivales.

El avión se detuvo totalmente mientras yo volvía a repasar una a una esas alternativas. ¿Por dónde empezar la columna?

Pero de pronto Europa, España y hasta la artificialmente dividida Cataluña se me esfumaron. Fue al pisar tierra chilena y hacer una larguísima fila de varias vueltas para llegar hasta la ventanilla de Policía Internacional, que no tiene parangón con la agilidad de la recepción europea. Es el Chile real, me dije, al comenzar, resignada, esa cola de más de media hora, semejante a ésas que hacíamos durante la Unidad Popular de Allende para lograr apenas el medio litro de aceite. La recepción en la ventanilla, a pesar de mis antecedentes impolutos, no me pareció que era de buenos amigos. ¡Pero así reciben en Chile…!

De ahí pasamos a una cinta escuálida, la cuatro, donde tuve la suerte, eso sí tras bastante rato, de ver aparecer mi maleta apretujada entre muchas otras. Me pareció que en los aeropuertos recién visitados, un mayor espacio permite visibilizar muchísimo mejor los distintos bultos.

Logré subirla con dificultad a un carrito, pero entonces vendría lo peor: le llaman SAG, Servicio Agrícola y Ganadero, pero por la falta de seriedad que observé dudo de que se haya tratado de esa respetable institución.

Un funcionario de chaqueta en la que se leía SAG me pidió el formulario que había rellenado a bordo. No lo leyó y ni siquiera lo miró, sino que lo apiló con otros y me hizo bajar la maleta del carrito (lo logré a duras penas) y ponerla ahora en una cinta junto con mi cartera y mi chaqueta, y mis diarios y revistas plagados del tema catalán. Eran cuatro los funcionarios que desde sus asientos estaban encargados de observar, me parece que a través de rayos X, el paso de mis pertenencias, pero ninguno vio nada sino que todos reían a coro de algún tema que les producía hilaridad. Tampoco examinaron, con la detención y la rigurosidad que sí se hace en Europa, el paso de las maletas de quienes venían detrás de mí. Las carcajadas les nublaban la vista. Estaban en otra.

Qué pena, pensé, que ese día feriado y muy de mañana, no estuvieran de turno (al parecer tenían libre) esos admirables perritos adiestrados, educados y laboriosos, que saben hacer tan bien su trabajo. Los eché de menos porque ellos sí que demuestran un profesionalismo fuera de toda prueba. No se ríen de algún mal chiste y tampoco osan distraerse al paso de lo que podría ser pernicioso de introducir en nuestro país.

Pero logré algo a favor: al salir al exterior, y ante toda esta farsa chilensis que recibe al criollo y al turista, naturalmente para ese entonces ya se me había olvidado el drama catalán.

Lillian Calm

Periodista

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Vicente Pérez Rosales cuenta en su libro de relatos personales Recuerdos del pasado (1814-1860) que acudió en 1830 a una oficina de entrega de pasaportes en París, Francia. Él relata que "Chile era tan poco conocido en Europa en 1830, como lo es para los chilenos en el día, la geografía de los compartimientos lunares".

Al llegar, fue consultado por el oficinista:

- ¿De qué país es usted caballero?

- De la república chilena.

- ¿Cómo dice usted?

- De Chile, señor.

- ¿Qué está usted diciendo?… Chile, ¡vaya un nombre!

- Sí, señor. - respondió Pérez- De Chile, república americana. ¿Qué tiene de extraño este nombre?

- ¡Ah, ah!, ¿de l’«Amérique», eh?… Chili… Chile, aguarde usted… Chile. Dígame usted más bien, caballero, ¿De qué pueblo es usted?, porque del tal Chili no hago memoria.

- De la ciudad de Santiago, señor.

- ¡Anda diablo! - exclamo entonces el sabio oficinista- ¡acabará usted de explicarse! – Y volviéndose a su escribiente le dictó estas palabras:

"V. Pérez Rosales, natural de Santiago de México.” Al oír semejante atrocidad, Pérez Rosales exclamó exasperado:

-¡De Chile! Que no de México

-Pues, mándeseme mudar de aquí - respondió el geógrafo - y no me vuelva a entrar en mi oficina antes de averiguar mejor cuál es su patria.

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