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Pablo Baraona, a caballo entre dos mundos

Pablo Baraona, a caballo entre dos mundos

Pablo Baraona, a caballo entre dos mundos

Arturo Fontaine: “…Fue un educador y un hombre público. Vivió los éxitos y fracasos a cierta distancia, y conservó siempre su aplomo, su pachorra, porque él mismo no dependía de ellos…”.

 

En la iglesia, sobre el cajón, un chamanto y una chupalla. Es la misa fúnebre de Pablo Baraona.

Era llano, ajeno a cualquier forma de presunción, amistoso e inteligente. Cuando hablaba de economía rehuía los tecnicismos, pero su mirada era la de un economista de buena cepa. Era gran conversador, con un humor, a veces, como soterrado, y una gran carcajada. Nos unían temas del viejo campo chileno. Pertenecía a un pasado hacendal que -lo sabía- sus ideas y las transformaciones económicas que animaba terminarían por hacer desaparecer. Vivía a caballo entre dos mundos.

En la novela “Oír su voz” hay un retrato de ese Chile todavía con rasgos tradicionales, viviendo una vertiginosa metamorfosis capitalista. Pablo me hizo comentarios agudos del libro. Creía, como dicen Rayan y Zingales, que había que “salvar al capitalismo de los capitalistas”.

Como director de la Escuela de Economía y Administración de la UC, había liderado junto a Sergio De Castro (decano), Ernesto Fontaine y otros, una innovación académica mayúscula: el concepto actual del ingeniero comercial. En Estados Unidos, el Departamento de Economía forma economistas y la Escuela de Business a los MBA. Mezclar ambos programas académicos a partir de los exigentes planes de estudio de Chicago creó un tipo de profesional muy versátil y apto, que ha sido fuente de inspiración para muchísimas universidades chilenas y latinoamericanas.

Los ingenieros comerciales -pese a los errores y fanatismos, simplismos y rudezas, cegueras y pilatunadas de algunos- constituyen una capa profesional y empresarial de enorme peso. Sus análisis y decisiones rápidamente ponen por delante los costos de medidas irresponsables.

El país que conocemos habría sido imposible sin estos profesionales. No hay área en la cual no estén en posiciones de liderazgo. La expansión de la empresa chilena por Latinoamérica ha mostrado el valor de este capital humano, una de las mayores ventajas comparativas del país.

Cuando entré al CEP como traductor, Pablo había sucedido a Jorge Cauas en la presidencia. Poco después fui nombrado director. Fue un período turbulento. La crisis económica hacía improbable que la institución subsistiera. Pablo nunca perdió la tranquilidad ni el sentido de lo posible. Se preocupó de que ningún grupo económico en particular hiciera aportes sustancialmente superiores a los de los demás. Una empresa o grupo no debe ser dueño del CEP, decía, y este criterio fue el que primó posteriormente. Apoyó sin reservas mis esfuerzos por obtener financiamiento extranjero. Su presencia, sensatez y convicción fueron decisivos. El CEP se estabilizó durante la presidencia de Sergio Baeza. El financiamiento provino, en importante medida, de fundaciones extranjeras, lo que le dio la autonomía que las circunstancias aconsejaban.

Pablo sabía bien en qué concordábamos y en qué no. Era respetuoso de los demás y luchó sin vacilaciones por hacer del CEP una institución comprometida con la libertad y auténticamente académica.

Le interesaba un estudio del CEP para desarrollar un programa al estilo de los colleges de Estados Unidos, donde los alumnos se centran primero en una disciplina y, en el posgrado, en una carrera profesional. La idea venía de Manuel Cruzat. Cuando se convenció de que el dinero no estaba, dejó de lado el proyecto y fundó la Universidad Finis Terrae.

Surgió por entonces la primera universidad con fines de lucro encubierto. Pablo lo consideró escandaloso. Si esto se generaliza, decía, puede terminar hundiendo el sistema. En esto estuvimos siempre en franca minoría entre los partidarios de la economía libre. El 2011, cuando el asunto movilizaba a miles de estudiantes, declaró: “En la universidad no puede mandar el capital”. Y agregó: “La universidad no puede ser heredada como una fábrica o una micro. Eso no. ¿Quién vota? ¿Quién elige a las autoridades? No se me ocurre vender una universidad… No me cuaja. No cabe en la cabeza, ni le cabe en la cabeza a nadie en su sano juicio…” (El Mostrador, 25 de julio de 2011).

Fue un educador y un hombre público. Como se sabe, fue ministro y presidente del Banco Central durante el régimen militar, y, desde mucho antes, uno de los impulsores de la transformación económica.

Vivió los éxitos y fracasos a cierta distancia, y conservó siempre su aplomo, su pachorra, porque él mismo no dependía de ellos.

Vuelvo a mirar la chupalla sobre el chamanto. Un chileno viejo fue uno de los grandes creadores del Chile nuevo.

Columna de Arturo Fontaine. EL MERCURIO, 08-10-2017

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Vicente Pérez Rosales cuenta en su libro de relatos personales Recuerdos del pasado (1814-1860) que acudió en 1830 a una oficina de entrega de pasaportes en París, Francia. Él relata que "Chile era tan poco conocido en Europa en 1830, como lo es para los chilenos en el día, la geografía de los compartimientos lunares".

Al llegar, fue consultado por el oficinista:

- ¿De qué país es usted caballero?

- De la república chilena.

- ¿Cómo dice usted?

- De Chile, señor.

- ¿Qué está usted diciendo?… Chile, ¡vaya un nombre!

- Sí, señor. - respondió Pérez- De Chile, república americana. ¿Qué tiene de extraño este nombre?

- ¡Ah, ah!, ¿de l’«Amérique», eh?… Chili… Chile, aguarde usted… Chile. Dígame usted más bien, caballero, ¿De qué pueblo es usted?, porque del tal Chili no hago memoria.

- De la ciudad de Santiago, señor.

- ¡Anda diablo! - exclamo entonces el sabio oficinista- ¡acabará usted de explicarse! – Y volviéndose a su escribiente le dictó estas palabras:

"V. Pérez Rosales, natural de Santiago de México.” Al oír semejante atrocidad, Pérez Rosales exclamó exasperado:

-¡De Chile! Que no de México

-Pues, mándeseme mudar de aquí - respondió el geógrafo - y no me vuelva a entrar en mi oficina antes de averiguar mejor cuál es su patria.

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