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La irreverencia paradójica de la serie “The Young Pope”

La irreverencia paradójica de la serie “The Young Pope”

La irreverencia paradójica de la serie “The Young Pope”
octubre 11

La serie televisiva “The Young Pope”, protagonizada por Jude Law y Diane Keaton, es por un lado, provocadora y ofensiva para la Iglesia; mas por otro, deja ver una admiración por el catolicismo alimentada de nostalgia del bien y la verdad que en él se encuentra. Tal es el juicio del escritor español Juan Manuel de Prada.

 

La serie narra en diez capítulos el pontificado del norteamericano Lenny Belardo, que adopta el nombre de Pío XIII. Su creador, Paolo Sorrentino –al que De Prada considera un posmoderno típico–, lo dibuja con rasgos contradictorios. En su primera alocución pública a los fieles, el nuevo Papa exalta la masturbación, el aborto, los anticonceptivos y la homosexualidad. Luego se muestra como un integrista intransigente que quiere restaurar la Iglesia anterior al Vaticano II. Es sucesivamente ortodoxo y heterodoxo; unas veces presenta una fe firme, otras parece no creer y estar sumido en la duda.

“La serie, que ha sido muy celebrada por el gafapastismo mundial –escribe De Prada–, ha sido tachada invariablemente de irreverente y blasfema en ámbitos católicos. Y ciertamente lo es, en algunos aspectos; pero lo es de un modo extrañamente paradójico: pues aunque su frívolo tratamiento de los dogmas de la fe católica y su mirada cáustica sobre la curia vaticana no están exentos de perfidias, no puede negarse que en Sorrentino esta actitud convive con una rendida admiración hacia la Iglesia. Queriendo tomársela a broma, Sorrentino no puede evitar tomarse a la Iglesia muy en serio”.

Perplejidad ante el misterio

Para el crítico, The Young Pope no satisface a quien se acerque a ella con el morbo de buscar inmoralidades y heterodoxias. “Y no porque Sorrentino no ofrezca inmoralidades y heterodoxias, sino porque su propósito no es tanto el de desprestigiar la Iglesia (…) como el de confrontarse con su misterio. Sorrentino no consigue penetrarlo, ciertamente; pero consigue contagiar su perplejidad al espectador, que se preguntará cómo es posible que una institución regentada por fanfarrones, ambiciosillos o rijosos haya podido sobrevivir a todos los naufragios”.

En la serie, Sorrentino recurre repetidamente a la “tensión entre contrarios”, señala De Prada. “A veces se muestra burdamente sensacionalista y otras finísimo teólogo”; o bien, “tan pronto convierte a su protagonista en un narcisista incrédulo como en un hombre de fe ardorosa”; también, “a veces incurre en las caracterizaciones más toscas y otras en delicadezas psicológicas que demuestran gran conocimiento del alma humana”.

“Queriendo tomársela a broma, Sorrentino no puede evitar tomarse a la Iglesia muy en serio”

 

Por eso, la serie es “muy provocadora para un espectador católico conformista, no tanto por sus irreverencias como porque lo obliga a repensar cuestiones que el espíritu de nuestra época ha declarado resueltas o inatacables”. Pero además, “resulta también muy provocadora para el espíritu de nuestra época, que está habituado a una Iglesia más hospitalaria o contemporizadora”. Sorrentino hace esta provocación, sobre todo, al presentar “una imagen mayoritariamente atractiva de ese temerario Papa que se atreve a combatir el espíritu del mundo sin paños calientes ni componendas, (…) sin importarle un comino caer antipático a sus contemporáneos”. Pues, “aunque parezca que su mirada [de Sorrentino] es la del progresista que pide a la Iglesia apertura al mundo, hay también en él admiración hacia la Iglesia que se atreve a plantar batalla al mundo”.

Sin embargo, hacia el final de la serie, “Sorrentino incurre en sentimentalismos y concesiones a la corrección política que hasta ese momento había evitado”, y trata de “congraciar a su protagonista con el mundo”. Concluye De Prada: “Una de las ventajas de ser posmoderno es que uno puede decir descreídamente una cosa y la contraria, para terminar diciendo a la postre lo que a la gente le gusta oír. Y Sorrentino, después de habernos puesto a prueba con sus provocaciones, termina adulando el espíritu de su época. Aunque, entre las adulaciones a su época, asoma una misteriosa y conflictiva nostalgia de la Belleza, la Verdad y el Bien que participa a un tiempo de la ironía y la elegía, la burla y la veneración”.

Juan Manuel de Prada, de L’Osservatore Romano

ACEPRENSA, 04-10-2017

 

 

 

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Humor

El cardenal Richelieu (1585-1642) era hombre de pocas palabras. En una de las fiestas en que se veía obligado a participar, permanecía apartado del resto de los invitados y se dedicaba a observar todo lo que sucedía a su alrededor. Notando su soledad, un duque se le acercó y le dijo:

—¿Se aburre, su eminencia?

—No —contestó lacónicamente Richelieu.

—¿De veras no se aburre, su eminencia? —insistió el duque al rato.

—No, estimado duque; no me aburro jamás, a no ser que los demás insistan en aburrirme.

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El escritor satírico español Luis Taboada (1848-1906) publicó en 1890 un tomo titulado Madrid en broma. A todos y cada uno de sus amigos y conocidos les fue diciendo:

—Perdona, chico, si en mi libro te aludo un tanto así... descaradamente. No hay nada de mala intención. El amigo, intrigado, compraba el libro y no veía en el alusión alguna a su persona. En pocos días se agotó la edición.