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Kingsman: el círculo dorado

Kingsman: el círculo dorado

Kingsman: el círculo dorado

Director: Matthew Vaughn. Guion: Matthew Vaughn, Jane Goldman. Intérpretes: Taron Egerton, Colin Firth, Julianne Moore, Mark Strong, Channing Tatum, Halle Berry, Pedro Pascal, Jeff Bridges, Elton John. 140 min. Jóvenes-adultos. 

Esta segunda entrega de la franquicia es incluso más trepidante que la primera, Kingsman: Servicio secreto, pero su argumento resulta igual de disparatado: Eggsy (Taron Egerton) se ha ganado un puesto en el cuerpo de espías Kingsman. Tras la muerte de su mentor Harry “Galahad” Hart (Colin Firth) es él quien, con Merlin (Mark Strong), ha de defender a Gran Bretaña de los ataques que un grupo secreto perpetra con la ayuda de un antiguo compañero que ha cambiado de lado y que se ha propuesto acabar con los Kingsman. Eggsy y Merlin buscan ayuda en un grupo de espionaje en Estados Unidos. Junto con los agentes Ginger (Halle Berry), Tequila (Channing Tatum) y Whiskey (Pedro Pascal) han de enfrentarse a Poppy (Julianne Moore), quien en algún lugar de la selva tiene su cuartel general, desde donde dirige su imperio de narcotráfico.

Predominan efectos especiales muy logrados, especialmente en las escenas de lucha, cuya violencia queda sublimada precisamente por su exageración, aunque en algún momento adquiere un tono bastante gore. Como en la serie de James Bond, a la que parodia sin tapujos, recurre igualmente a un cierto humor típicamente británico, aquí mezclado con el “americano profundo” de Kentucky, que —como en la primera entrega— incluye algunos momentos soeces. Con actores de primera fila, una Julianne Moore en un papel de mala de antología y un Elton John parodiándose a sí mismo, el filme destaca por una fotografía muy cuidada (George Richmond), no solo en las escenas de acción, sino también en la variedad de paisajes, aderezada por las nostálgicas canciones de John Denver “Take Me Home, Country Roads” y “Annie’s Song”.

José M. García Pelegrín. ACEPRENSA

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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