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ELVIS 40 AÑOS DESPUÉS

ELVIS 40 AÑOS DESPUÉS

ELVIS  40 AÑOS DESPUÉS

Lillian Calm escribe: “En la mansión de Elvis todo era kitsch. Recuerdo una escalera estrecha techada de espejos, un living  con tres grandes pantallas de televisión (para sintonizar tres canales simultáneamente), el bar y el billar, más la Jungle Room o habitación de la selva, donde pieles de animales tapizan sofás, sillones, cojines y pantallas (¿Estará así aún?). Hay rostros y garras en cada mueble (se dice que ahí desayunaba). Y afuera motonetas, un Dino Ferrari, un Cadillac y un jeep rosados…”.

Hace apenas unos días se cumplieron 40 años de la muerte de Elvis Presley, nombre de leyenda pero que a mí me causa cierta desazón. Y no por sus maravillosas canciones sino porque pienso que a muchos artistas que uno admira hay que conocerlos lo menos posible.

Me explico. Al leer sobre el legado que dejó, súbitamente se me viene a la memoria  una de las visitas más insólitas que he hecho en mi vida. Fue a Graceland, a la mansión de Elvis Presley, ese nombre que hizo, y quizás hace, intemporalmente entonar sus canciones a tantas generaciones.

Mi visita a Graceland tiene su historia y su génesis nada tiene que ver con mero turismo. Se remonta al lejano 1984. Entonces, como editora internacional de un medio periodístico, recibí una llamada de la Embajada de Estados Unidos que me invitaba a sumarme a esos típicos viajes coast to coast (del Atlántico al Pacífico) que suele organizar el Departamento de Estado. En esa oportunidad resulté ser la única chilena y la única latinoamericana entre una naciones unidas de periodistas, en la que predominaban europeos y asiáticos. Y partimos, primero,  desde Washington D.C. hasta Nueva York. Ahí nos dividimos en grupos de a cuatro  (en el mío iban un belga, un inglés y un indio) a ciudades de estados menores, tales como Memphis, en Tennessee, y El Paso, en Texas (que fueron los designados para mi grupo), para luego culminar en California, ya en la costa oeste, donde nos volvimos a reunir con el resto.

Tras recorrer Memphis, escuchar negro spirituals y más aún (al menos yo) impresionarnos con la marcha marcial de los patos (ánades de verdad) sobre la alfombra roja del elegante hotel Peabody, nos preguntaron si teníamos un interés especial. Recuerdo que los otros tres enmudecieron, pero yo pedí de inmediato visitar Graceland, la mansión de Elvis, situada a escasos kilómetros y siempre en Tennessee. Sabía de oídas que era absolutamente kitsch (así definen el arte del mal gusto), pero algo me impulsaba a observar con mis propios ojos ese kitsch made in USA nada menos que en el hogar de uno de los más los grandes de la música de las últimas décadas. Y hasta allá partimos los cuatro periodistas, el belga, el inglés, el indio y yo, más un desconcertado guía estadounidense a quien, al parecer, las delegaciones invitadas por el Departamento de Estado jamás le habían hecho una petición de esa laya. Quizás demasiado frívola.

Nadie entendía muy bien qué interés podía tener eso para quienes se suponía nos especializábamos en política internacional (mal que mal el quid de nuestra gira era una elección presidencial estadounidense), pero hay que hacer una salvedad: Graceland es considerada, al menos en folletos, la segunda mansión de Estados Unidos más visitada por los turistas… después de la Casa Blanca.

Nos bajamos de la van, pusimos un pie en Graceland y de inmediato nos las cantaron claras: cinco dólares para recorrer la mansión, cinco adicionales para visitar la propiedad entera en un bus y otros tres más para ingresar al dormitorio y a los salones del Convair 880, avión en que voló el cantante en los últimos dos años de su vida. Por fin encontramos una dependencia donde la entrada es gratis en Graceland (al menos lo era acuando yo la visité): la tienda de souvenirs.

Ese día nos topamos violentamente más que con el culto a Elvis con el culto al billete dólar. Pero pudimos comprobar en vivo y en directo la idolatría (llamémosle así) por la fealdad, los dorados y rosados (me refiero al color rosado plástico) que ornamentaban incluso las lápidas del cementerio familiar a la vista de multitudes de adoradores, turistas y simples curiosos (como nosotros). Ese kitsch que termina por invadir y de paso acallar esa voz única, maravillosa, que oíamos ahí desde unos parlantes y que estremeció a jóvenes ya hoy más que maduros con sus “Don’t be cruel”, “Love me tender”, “It’s now or never” y tantas otras creaciones.

En un libro de más de mil páginas sobre Estados Unidos y su patrimonio leí que “los albaceas de su herencia han abierto Graceland al público, y los fans hacen fila para visitar la casa con su piano dorado, con esa increíble habitación llena de sillas cuyos brazos tienen forma de cocodrilo… en fin, un legado al mal gusto que solo considerables sumas de dinero pueden comprar”.

Sí. En la mansión de Elvis todo era kitsch. Recuerdo una escalera estrecha techada de espejos, un living  con tres grandes pantallas de televisión (para sintonizar tres canales simultáneamente), el bar y el billar, más la Jungle Room o habitación de la selva, donde pieles de animales tapizan sofás, sillones, cojines y pantallas (¿Estará así aún?). Hay rostros y garras en cada mueble (se dice que ahí desayunaba). Y afuera motonetas, un Dino Ferrari, un Cadillac y un jeep rosados…

La nota familiar la ponía el caballo que pastaba indiferente a quien había sido su amo. ¿Estará ahí en el mismo lugar o habrá muerto? ¿Habrá sido reemplazado por los albaceas para darle más naturalidad a Graceland?

Y luego todos esos maniquíes con sus más variados vestuarios. Y tantísimo más que un día perteneció a ese ídolo que murió joven.

Según se ha informado la soledad y la droga terminaron haciendo sus estragos en este cantante de pelo largo, pantalones negros, chaqueta de cuero, que impuso el estilo rockanrolero (aunque mucho más tenue y amigable que el actual) y debió ser llevado de urgencia desde Graceland hasta un hospital de Memphis donde murió. Quizás no supo gobernar el éxito ni tampoco la riqueza. Menos lo que era tener un matrimonio estable y ver nacer a una hija.

Pero hay que rendirse a la evidencia: Elvis Presley nació en 1935, lo que significa que de vivir ya quedaría poco de la joven imagen con que lo recordamos, pues el ídolo estaría por cumplir, en enero, los 83 años.

Lillian Calm

Periodista

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