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Violeta Parra, ¿el canto de todos?

Violeta Parra, ¿el canto de todos?

Violeta Parra, ¿el canto de todos?

Intentamos etiquetar a nuestros más grandes artistas como parte de bandos -derecha o izquierda-, reduciendo y condicionando su legado a una posición política, que si es contraria a la nuestra no tiene nada que aportarnos.

 

Ya es un lugar común en las Fiestas Patrias escuchar los comentarios de la gente respecto a cómo celebramos el 18 de septiembre, al exceso de reggaetón en desmedro de la cueca, a las fondas convertidas en una discotheque más. A pesar de las quejas, ¿sabemos realmente quiénes somos o qué nos identifica? Pareciera que ser chileno se ha reducido a celebrar goles o a cantar el himno con alevosía en algún estadio del mundo, mientras grabamos la aventura para demostrar en redes sociales nuestro “aperrado” patriotismo. Tengo la intuición de que, con cada año, las fiestas se van vaciando de contenido y empieza a importar mucho más la forma que el fondo. Precisamente esto último es lo complejo, porque uno de los desafíos de este mundo tan globalizado e hiperconectado consiste en proteger la identidad y la idiosincrasia local, para  no olvidar que en el fondo somos un país muy diverso.

Precisamente para no olvidarlo es que resulta necesario volver al origen, a esos pueblos tantas veces nombrados en los versos de Teillier. Se hace esencial encontrarse de frente, cara a cara con las palabras y con los seres que nos llevan de vuelta a nuestra aldea. Uno de esos seres es Violeta Parra. Profundamente incomprendida en su tiempo y en el nuestro, supo -con una grabadora polaca y su guitarra al hombro- rescatar de lo más profundo a cantores olvidados que atesoraban el lenguaje en los distintos rincones de un Chile que siempre ha sido más que sólo Santiago.

Porque Violeta Parra es mucho más que el desgarro de “Gracias a la vida” o la nostalgia por la inocencia perdida en “Volver a los 17”; utiliza todos los géneros y artes para consagrar su vida al lenguaje del amor, que según los entendidos cruza transversalmente su obra. “Doblada entonces de amor, arrasada de amor, rota de amor, Violeta Parra une las dos orillas opuestas de un sentimiento expuesto y con ello nos muestra la cara universal de cada detalle de lo existente; nada hay más universal que un instante de amor, nada hay más eterno que el instante de un sollozo o de un grito”, dice el poeta Raúl Zurita.

Existen varias investigaciones que se han referido a la obra de Violeta Parra y han reivindicado su figura más allá del canto, situándola  como una de las grandes poetas chilenas del siglo XX, a la altura de su hermano Nicanor, Neruda y Mistral. Aquí destaca especialmente un libro que salió hace poco tiempo sobre el tema, hecho por Paula Miranda en conjunto con la Editorial de la Universidad de Valparaíso. También, hace unos meses la periodista Marisol García presentó un brillante ensayo donde se refería a la labor investigativa y recopiladora de Parra.

A pesar de existir consenso en la academia respecto a la importancia de su figura, ¿por qué pareciera ser que todavía algunos tienden a renegar de ella? ¿Por qué uno sigue escuchando voces reticentes con su legado? La respuesta a estas preguntas se puede encontrar en la forma mediante la cual intentamos etiquetar a nuestros más grandes artistas como parte de bandos -derecha o izquierda-, reduciendo y condicionando su legado a una posición política, que si es contraria a la nuestra no tiene nada que aportarnos. La misma izquierda que hoy le rinde pleitesía a Nicanor Parra lo condenó duramente por haber tomado té con la esposa de Richard Nixon en los años 70. Él, en su estilo, zanjó la discusión con un artefacto que decía: “Hasta cuándo van a seguir fregando la cachimba / yo no soy derechista ni izquierdista / yo simplemente rompo con todo”. Lo mismo les ocurrió hace un tiempo a Los Jaivas, quienes tocaron en La Moneda en una cena de gala para el Presidente Obama, generando una reacción exacerbada de una izquierda a la que le ha costado entender que las canciones del grupo viñamarino se han ido transformando en himnos que trascienden las posturas políticas.

Por otro lado, el hecho de que muchos de nuestros referentes culturales estén cercanos a la izquierda le ha generado una serie de problemas a la derecha de los que ésta ni siquiera ha sido consciente. Cuando no escuchan o no leen porque el que canta o escribe es “comunista”, están en serios problemas. Ese sesgo es el que en muchas ocasiones ha ido reduciendo las voces que escucha la derecha para armar los distintos proyectos políticos y, lamentablemente, pareciera ser que se está escuchando sólo a sí misma, hablando frente al espejo con una voz carente de poesía —llena de técnica, pero sin mística—, anquilosada en una forma de entender la vida que no conmueve.

Si Chile Vamos continúa girando sobre su propio eje es muy difícil que pueda ofrecerle a nuestro país un proyecto político a largo plazo. No nos confundamos, que a fin de año gane el ex Presidente Piñera es un síntoma que tiene más que ver con un fracaso de la izquierda que con un triunfo de las ideas de la derecha. Para lograr esto último hay un gran desafío por delante, y  para comenzar podrían escucharse las voces de esos referentes, esos “comunistas”, como la Violeta Parra.

Guillermo Pérez Ciudad, investigador Fundación P!ensa

EL LIBERO

Foto: Rafa Martínez/AGENCIAUNO

 

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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