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Mozart en el paraíso

Mozart en el paraíso

Mozart en el paraíso
septiembre 14

Leif Ove Andsnes y un grupo de extraordinarios músicos se sumergen en la genialidad del compositor en un pequeño gran festival en la Noruega más recóndita

En el reparto orográfico de Escandinavia, Noruega se llevó la parte del león. Dinamarca y Finlandia se quedaron casi sin nada y Suecia con un puñado de montañas, casi todas al otro lado de la frontera noruega. Aquí, en cambio, casi donde pongas el pie o dirijas la mirada, innumerables paredes de roca se yerguen altivas, a menudo, al borde mismo del mar, con una verticalidad casi furiosa. Una diminuta localidad del fiordo de Hardanger, Rosendal, fue la elegida el pasado año por el pianista Leif Ove Andsnes (en la foto, al centro, sonriendo), el músico noruego más internacional, como sede de su propio festival. Antes estuvo largamente vinculado al de Risør, al sur de Oslo, pero este lo ha creado más a su imagen y semejanza.

Breve (cuatro intensos días) y volcado en la música de cámara, él y sus amigos la interpretan en un prodigioso enclave natural, sin formalismos (ni de indumentaria ni de ningún tipo), sin glamur, con el público sentado en sillas plegables sin numerar, sin todo ese absurdo postín que caracteriza a muchos festivales de verano, sin esa fijación por ver y dejarse ver. A Rosendal, como a Aldeburgh, no se llega por azar: hay que proponérselo firmemente, en este caso tomando un barco desde Bergen. Y, a diferencia del viaje a Ítaca de Kavafis, tanto el trayecto como el destino merecen la pena por igual.

La mayoría de los conciertos se celebran en un antiguo establo y en la iglesia del pueblo. El primero forma parte de una finca señorial rodeada de espléndidos jardines y situada a los pies de una de las diversas cascadas que se despeñan desde las cumbres cercanas, donde nacen múltiples regueros de agua más humildes que salpican de hilos blancos sus laderas. Con un marcado tejado a dos aguas, la muy problemática acústica del pequeño establo ha sido drásticamente reacondicionada por el ingeniero de sonido John Pellowe gracias a tecnología de ultimísima generación (32 micrófonos incluidos): es un pequeño milagro, aunque al oído le cuesta acostumbrarse a él.

Para su primer festival, Andsnes eligió como hilo conductor tan solo una fecha, 1828, que remite de inmediato al productivamente feraz año de la muerte de Schubert, uno de sus compositores de cabecera. En esta segunda edición ha preferido ser menos críptico y el tema es, simple y llanamente, Mozart!, con signo de admiración incluido, fiel reflejo del asombro y, si se escucha concentrado en grandes dosis, como aquí estos días, la estupefacción que produce siempre el contacto con la música del salzburgués servida por intérpretes de campanillas, como todos los que han acudido al amistoso reclamo del pianista noruego. Esto no ha sido, por tanto, Mozart en la selva neoyorquina, como en la serie televisiva protagonizada por Gael García Bernal, sino Mozart en el apacible paraíso escandinavo.

El propio Andsnes ha protagonizado muchas de las mejores interpretaciones del festival, aunque dice mucho de su modestia y generosidad que haya cedido el teclado en numerosas ocasiones a su colega Francesco Piemontesi, uno de los más interesantes pianistas mozartianos de la actualidad, que dibuja las notas de este repertorio con la precisión de un tiralíneas. Kristian Bezuidenhout lo ha hecho, en cambio, en un fortepiano como los que conoció y tocó el propio Mozart y, escuchando a los tres, se constata otra vez que el instrumento importa, y mucho, pero lo verdaderamente crucial es quien lo toca. El Mozart del noruego derrocha equilibrio y vitalidad, el del suizo es delicado y transparente, mientras que el del sudafricano es dúctil y profundo. Y los tres emocionan y convencen.

Detalles asombrosos

Siguiendo el modelo del festival finlandés de Kuhmo —que tantos han imitado, no solo en Escandinavia—, también en Rosendal los intérpretes tocan y se mezclan todos con todos, creando así una suerte de comuna musical. Christian Tetzlaff ha venido con su cuarteto, pero se lo adivina inmerso en un momento difícil de su carrera (o de su vida), ya que toca con una extraña apatía y distanciamiento, como si le costara, o no pudiera, involucrarse, aunque su enorme clase regala aquí y allá destellos musicalmente asombrosos, como sucedió en la Sonata de Ravel que tocó con Andsnes. Su cuarteto se resiente asimismo de tantos altibajos y ninguna de sus interpretaciones ha resultado del todo convincente. En el otro extremo se sitúa el Cuarteto op. 13, integrado por cuatro jovencísimos y entusiastas instrumentistas noruegos, que dieron lo mejor de sí junto a Tabea Zimmermann en el Quinteto K. 516de Mozart. La sección de viento ha rayado a muchísima altura, con el iconoclasta clarinetista sueco Martin Fröst (de fraseo a veces un tanto alambicado, que se normalizó notablemente en el Trío Kegelstatt de Mozart que tocó con Zimmermann y Piemontesi: las buenas compañías), el fagotista noruego Audun Halvorsen y dos solistas de la Orquesta de Cámara Mahler, con la que tanto, y tan bien, ha colaborado Andsnes: la oboísta japonesa Mizuho Yoshii y el trompista español José Vicente Castelló, impecables ambos en todas sus intervenciones.

Entre tanto Mozart, ha habido incursiones puntuales en la música del siglo XX, como el Cuarteto para el fin del tiempo de Messiaen (tocado el viernes por la noche en la iglesia: soberbios Tanja Tetzlaff y Francesco Piemontesi), la Sonata para viola sola que György Ligeti escribió hace ya un cuarto de siglo para Tabea Zimmermann y que ha tocado ella misma con un dominio apabullante de su instrumento, o breves piezas de Toru Takemitsu, Olaf Berg y Esa-Pekka Salonen. El festival lo cerraron en la iglesia de Rosendal el domingo por la tarde Anne Sofie von Otter y Kristian Bezuidenhout, que se entienden a la perfección a pesar del salto generacional: la sarta de pequeñas maravillas que obra él casi sin cesar compensan la irremediable decadencia vocal de ella, que atempera a su vez con gran sabiduría musical y con su caudal de experiencia. El programa incluía varias canciones de Mozart, por supuesto, y la cantata Arianna a Naxos de Haydn, pero también cinco Lieder de Schubert, entre ellos Der Winterabend y Die Sterne, ambos compuestos en los albores de 1828, lo que suponía trazar justo al final un hermoso puente simbólico con la primera edición del festival.

En su breve alocución antes del concierto inaugural, Andsnes dijo que las previsiones auguraban que el tiempo sería estos días “menos espantoso” que el año pasado. Aun así, la lluvia y las nubes han sido una compañía fiel y pertinaz hasta que el domingo el sol hizo un par de apariciones tan efímeras como estelares. Cada paraíso impone sus propias reglas.

Luis Gago. EL PAÍS, España

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