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Realismo con renuncia

Realismo con renuncia

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“Hemos presenciado una cruenta defenestración hacia ministros que defendieron lo indefendible, personas inteligentes que estuvieron dispuestos a olvidarse de lo que sabían para apoyar políticas que un programa medieval los obligó a empujar…”

 

La protección de los pingüinos devino insospechadamente en la madre de todas las batallas al interior del gobierno.

La mina Dominga pasó todas las aprobaciones técnicas medioambientales, de manera que no enfrentaba problemas jurídicos. Un proyecto que llevaba invertidos muchos millones en informes técnicos y trabajo comunitario, que cumplía con la normativa para ser aprobado en Nueva Zelandia, Australia o Canadá, que iba a representar 10 mil nuevos trabajos en la región y una inversión de 2.500 millones de dólares debió haber sido aprobado sin problemas.

Pero la política metió la cola. Primero, una denuncia de que uno de los contribuyentes originales del proyecto había sido una sociedad de Piñera; en seguida, que uno de los dueños actuales era un aportante de la UDI y, finalmente, la denuncia de que la propia Presidenta había invertido en un terrenito cercano a la mina y lejano al mar, inversión que pareciera tener más que ver con especulación inmobiliaria que con un entusiasmo turístico (el sitio tiene el mismo glamour que comprar un estacionamiento subterráneo).

Entonces, todo se derrumbó. Las autoridades regionales debieron haber aprobado el proyecto por unanimidad, pero empezaron los telefonazos desde Santiago. Los seremis -cuyas reparticiones aprobaron el proyecto- lo rechazaron. El empate fue dirimido por el intendente, que, entre pasar a la historia como un político corajudo, prefirió pasar como un eunuco. Después, al Comité de Ministros, donde languideció mientras se preparaba un acto más propio de una ópera bufa que de un debido proceso.

La puñalada al proyecto requería todos los elementos de una venganza operática; de un complot palaciego renacentista. Había que silenciar el tema un rato; generar en la víctima una falsa sensación de seguridad, distraer a los aliados que podían oponerse con un homenaje a su vanidad y después sorprenderlos a todos con la guardia baja para terminar apuñalándolos por la espalda. Todo debía ser presentado no como el acto sibilino que era, sino como un acto de protección de una causa noble.

Y esa buena causa eran los pingüinos. A todos se nos viene a la mente con simpatía Happy Feet y Chilly Willy, y con eso el gobierno nos conmueve y motiva a su protección. Acá se trata de pingüinos de Humboldt que tienen una colonia a 30 km del puerto que requiere Dominga para su mineral. Ese puerto está más lejos que Quintero de los pingüinos de Cachagua, pero estos son DC, por lo que al gobierno no le importan.

Tras homenajear a la DC con la reforma agraria, un viernes en la noche se cita para el lunes al amanecer para votar Dominga. Los ministros debían leer el equivalente a la enciclopedia británica en 2 días. Un ministro pidió 3 días más para estudiar, lo que le fue negado.

Así se dio la traición final de los mandarines de palacio, que, cual opereta de baja estofa, apuñalaron a sus colegas y al país. Los ministros económicos -frente a este golpe artero al desarrollo y al debido proceso- levantaron la voz y la mirada buscando el apoyo de la emperatriz. Ella, sin mirarlos, no solo bajó el pulgar, sino que además los humilló insinuando que desprecian el medio ambiente y que son economistas insensibles (insulto inaceptable en los círculos progres). Después, por dignidad frente a tal desaire, no podían sino renunciar.

Hemos presenciado una cruenta defenestración hacia ministros que defendieron lo indefendible, personas inteligentes que estuvieron dispuestos a olvidarse de lo que sabían para apoyar políticas que un programa medieval los obligó a empujar. Madame en un acto de ingratitud pocas veces vista los echó del barco hundiéndose, no para salvarlos, sino para asegurarse de que no tuvieran botes.

En la NM conviven 2 almas: la que solo quería botar a Chile de los patines, y otra que además quiere atropellarlo con la retroexcavadora. Madame decidió no correr riesgos, y optar por las 2. Hasta acá la historia de Dominga, que, como toda ópera bufa, termina cuando la soprano para de cantar.

Columna de Gerardo Varela. EL MERCURIO, 02-09-2017

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