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LA BIOGRAFÍA DE UN SACERDOTE QUE SE ATREVIÓ A VENIR A CHILE

LA BIOGRAFÍA DE UN SACERDOTE QUE SE ATREVIÓ A VENIR A CHILE

LA BIOGRAFÍA DE UN SACERDOTE QUE SE ATREVIÓ A VENIR A CHILE

Lillian Calm escribe: “Y llegó solo, en 1950, a un país que conocía apenas de oídas; pasó pobreza y pellejerías, pero su misión era traer el Opus Dei a Chile. No fue fácil; más bien difícil. Pero lo trajo”.

Quienes conocimos bien a don Adolfo Rodríguez Vidal, con su sencillez, austeridad y ese pasar inadvertido, tal vez no imaginamos siquiera que llegaríamos un día a tener en nuestras manos una biografía suya. Pero era lo lógico. Y ahora, que la tenemos, nos parece lo más natural. Es de justicia.

Y aquí están esas 352 páginas que no solo lo retratan sino que destacan su “hacer” lo que Dios le pedía en cada momento, incluso antes de venir a Chile.

De ahí esa pregunta punzante: “¿Te atreverías a ir a Chile?” con la que un día lo interpeló san Josemaría Escrivá. Y él se atrevió. Y llegó solo, en 1950, a un país que conocía apenas de oídas; pasó pobreza y pellejerías, pero su misión era traer el Opus Dei a Chile. No fue fácil; más bien difícil. Pero lo trajo. Por eso esa interrogante -“¿Te atreverías a ir a Chile?”- es el título del libro (Ediciones Rialp).

El sacerdote Cristián Sahli Lecaros dedicó días y noches a escribir  con precisión una vida plagada de vicisitudes y de logros. ¿Sus fuentes? Un aporte extraordinario y fidedigno de documentación, entrevistas y correspondencia.

Yo tuve la suerte de tener entre mis manos ese libro que hoy jueves se presenta en la Universidad de los Andes cuando solo era un manojo de papeles  -pero un manojo de papeles ordenados, porque el apellido Sahli es suizo- que muestra la integridad de un sacerdote,  don Adolfo, hombre de mucha oración y vida sacramental, pero también con una característica muy propia: con los pies bien puestos en la tierra.

Estuvo aquí hasta que fue nombrado delegado de san Josemaría en otros países de Sudamérica. Una carta a los hermanos Rodríguez Vidal, que vivían en España, lo explica todo: “Voy a estar en Chile muy pocos días –les decía-, pues me han nombrado para el mismo cargo pero en Perú, Paraguay y Brasil (…) Claro está que se siente mucho dejar Chile después de doce años de trabajar acá desde el principio, pero en la Obra estamos para obedecer y para trabajar donde el Padre nos diga. Además, en todas partes es interesante –y  apasionante- la labor.

Y partió, pero no para siempre. El autor precisa el momento de su regreso: “…hacía más de dos años de su último viaje, y más de  tres de su primera salida”.

Llegó de regreso sin saber si partiría nuevamente, pero no.

Leemos: “… en su futuro estaba Chile. Don Raúl Williams –un joven miembro del Opus Dei entonces y futuro sacerdote- recordaba haberle oído contar que, cuando terminó el encargo de delegado del Padre, el fundador (del Opus Dei) le preguntó a través de otro en qué país quería quedarse. Don Adolfo le respondió que le daba igual, que donde el Padre quisiera. San Josemaría le hizo ver que ya lo sabía, y quería que le respondiera a lo que le había preguntado. Y entonces don Adolfo, allanándose, le contestó que prefería permanecer en Chile”.

Y aquí, en Chile, estaba cuando vino San Josemaría; cuando el Papa lo designó obispo de la ciudad de Los Ángeles, lo que le suponía ya mayor un gran esfuerzo (“naturalmente cuando el Papa pide una cosa hay que estar dispuesto”, reflexionó); cuando comenzaron los primeros indicios del Alzheimer; cuando tras años de enfermedad muere en esta tierra… a la que se atrevió a venir.

Un párrafo final y es para el autor: ha demostrado ser un gran biógrafo. Hay rigurosidad, buena pluma y  escritura amena, lo que no siempre se da cuando se quiere retratar a alguien. Pero esto no puede ser gratuito. Aunque vuelva a pasar demasiadas noches en vela tiene que comenzar, y ojalá de inmediato, a escribir una nueva biografía.

Lillian Calm

Periodista

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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