Temas & Noticias



El estajanovista capitalista

El estajanovista capitalista

El estajanovista capitalista

La adicción al trabajo no garantiza el éxito personal ni la eficacia del sistema.

 

La experiencia histórica enseña que a medida que una economía se desarrolla se trabajan menos horas mientras que la productividad por hora trabajada sube. Se hace más con menos. Si miramos las horas anuales trabajadas en los países de la OCDE, con datos de 2015, los trabajadores de México (2.246 horas) y Costa Rica (2.230 horas) son los que más tiempo emplean. En el extremo opuesto, destacan países más desarrollados: los alemanes son los que trabajan menos horas al año (1.371), seguidos de los holandeses (1.419) y los noruegos (1.424), mientras que la media de la OCDE está en 1.766 horas.

Un signo de economía avanzada es también la creciente preocupación por conciliar trabajo y familia, de modo que la actividad laboral no absorba todas las energías y preocupaciones de la persona. No obstante, un sitio donde esta tendencia se quiebra es Silicon Valley, al que tan a menudo miramos para vislumbrar cómo será el futuro. Allí la jornada interminable parece lo normal y lo correcto. Como dice una camiseta que se ha hecho popular, “9 to 5 is for the weak”. Lo que en otros países es una aspiración, allí es para los débiles, para los que no aspiran a triunfar, para los trabajadores cómodos candidatos al despido.

Si quieres lanzar una start-up debes estar dispuesto a sacrificar todo en el altar del trabajo: familia (si tienes tiempo para crearla), vacaciones, aficiones, amistades, ocio. Si quieres demostrar que eres un trabajador comprometido con la empresa, tu jornada terminará cuando no puedas más. No hace falta que nadie te lo imponga. La cultura de la empresa y la presión psicológica bastan, como destacó un celebrado reportaje del New York Times en el caso de Amazon.

¿Realmente vale la pena? La realidad es que la gran mayoría de las start-ups fracasan, por mucho trabajo que se ponga en ellas. Así que, como los inversores avisados, sería más prudente no apostar todo a la carta del trabajo, sino repartir las energías y buscar una renta de felicidad también en la familia, las amistades, los empeños sociales…

Siempre hace falta trabajar duro para destacar profesionalmente. Pero el elogio del workaholic que se predica en Silicon Valley tiene su coste humano. En Japón las muertes por karoshi –exceso de trabajo– fueron estudiadas el año pasado por una comisión oficial, que atribuyó a estrés laboral 2.150 suicidios en un año. El ambiente de entrega sin reservas al trabajo, reinante en muchas empresas, puede ser tóxico para algunos empleados.

Pero sin llegar a esos extremos, por el camino hacia el éxito profesional pueden ir quedando víctimas colaterales, en forma de matrimonios fracasados, hijos desatendidos, salud deteriorada o principios traicionados. El problema, como ha escrito Joe Keohane, “es que el trabajo ha monopolizado de tal forma nuestras vidas que cada vez tenemos menos oportunidades de encontrar un sentido a lo que hacemos fuera de la oficina”.

Paradójicamente, la adicción al trabajo en algunos modelos capitalistas se emparenta con el estajanovismo nacido en los años treinta en la Rusia soviética. En Silicon Valley el modelo es el emprendedor ambicioso que se alza sobre la competencia, que trabaja cuantas más horas mejor y que pretende cambiar el mundo; en la URSS, el héroe estajanovista era el obrero capaz de producir más que nadie; en nombre de la emulación socialista, los trabajadores deberían competir entre sí para elevar la productividad y ser proclamados como modelos.

Pese a los éxitos iniciales, el estajanovismo no sirvió para crear un clima de trabajo que insuflara dinamismo en la economía socialista, uno de cuyos puntos débiles fue siempre la baja productividad. El héroe del trabajo sirve de poco cuando es el propio sistema lo que falla.

También deberíamos preguntarnos si puede ser exitoso un modelo capitalista basado en un hombre unidimensional, para el que el trabajo lo es todo.

Ignacio Aréchaga. El Sonar

ACEPRENSA, 05-09-2017

 

Social

Powerpoint de la semana

Video Recomendado

Asombroso lo que hizo
Intervención Cerro San Cristóbal
Impresionantes Pinturas 3D del Artista Edgar Muller
La risa de Juan Pablo II

Humor

A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

----------------------------------------------------------------