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El aborto como cuestión de poder

El aborto como cuestión de poder

El aborto como cuestión de poder
septiembre 07

El aborto legal es, principalmente, una cuestión de poder, que permite que unos seres humanos acaben con la vida de otros seres humanos. 

 

        Los primeros son fuertes, con brazos y piernas, con cerebro y con pulmones, con leyes que los tutelan y los apoyan. Los segundos son débiles, a veces sin haber formado todavía brazos y piernas, otras veces ya con pulmones y un cerebro diminuto, pero totalmente desprotegidos por las leyes abortistas que permiten su eliminación.

        Frente a la mentalidad que apoya a los poderosos contra los débiles, existe otra perspectiva que hace que los pueblos y los estados progresen hacia la justicia. La perspectiva del respeto, de la tutela del débil, de la búsqueda de soluciones para las mujeres que inician un embarazo difícil, permite contrarrestar la mentalidad a favor del aborto. Así puede salvarse la vida de miles de hijos indefensos y la dignidad de madres muchas veces presionadas a un aborto que no desean.

        La justicia exige, por lo tanto, tutelar a los débiles contra los fuertes. Desde esa misma justicia, y más allá de ella, el corazón de cada ser humano, hombre o mujer, está abierto a la maravillosa posibilidad de acoger, amar y cuidar a los hijos antes y después del embarazo.

        En el mundo moderno hay quienes insisten una y otra vez por presentar la prepotencia del aborto como si fuese un “derecho” y un triunfo para la “salud materna”, para el desarrollo de los pueblos, para la conquista de mayores niveles de “empoderamiento” de la mujer. En realidad, el uso de nombres altisonantes y de palabras que crean consensos de paja no es capaz de suprimir el drama que se produce en cada aborto: la fuerza y el poder de algunos provocan la muerte de otros.

        La lógica del poder que lleva a la injusticia queda superada a través del amor que se construye sobre la justicia y va más allá de ella. De esta manera, podremos ver el aborto en toda su trágica realidad y caminar hacia su eliminación. De esta manera los pueblos y los estados no sólo tendrán valor para prohibir el aborto, sino sobre todo para promover políticas concretas y eficaces de apoyo a las madres durante el embarazo y después del parto, y a los hijos en los primeros momentos de su existencia terrena.

Fernando Pascual, L.C.

AutoresCatolicos.org

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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