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Y AHORA… EL DÍA DEL CIRCO

Y AHORA… EL DÍA DEL CIRCO

Y AHORA… EL DÍA DEL CIRCO

Lillian Calm escribe: “Este acaba de ser consagrado mediante la Ley número 21.026 del Ministerio del Interior en el Diario Oficial (me alegro de que el Ministerio del Interior vaya destrabando algunos temas). El 2 de septiembre de este año, el primer día de su Día, los circenses desfilarán por la Alameda (me imagino que con el consiguiente atochamiento del tránsito) y se contempla una función especial. Bien por los circenses, por sus payasos que siguen con la función hasta el final, pase lo que pase, con penas y tribulaciones”.

Un titular aparecido en primeras planas, en negrita y con un tipo de letra harto visible, informaba que se creará el Día Nacional del Circo Chileno. Ya tiene fecha: el primer sábado de septiembre de cada año.

En mi memoria súbitamente surgen tres ideas.

PRIMERA IDEA

 Recuerdo a mi papá llevándome al teatro Caupolicán y no a concentraciones políticas con oradores presidenciales, sino al circo-circo. Era también septiembre. No sé cuántos septiembres habremos ido, no creo que muchos, pero en todo caso yo observaba atenta a los payasos y luego me tapaba los ojos para no ver a los acróbatas volar a ras de techo (tampoco era una altura considerable, pero en la infancia todo parece ser más grande que ahora).

SEGUNDA IDEA

Jamás me había planteado que el circo (así en genérico) no tuviera su Día (dicen que en Chile hay ciento veinte compañías circenses), cuando los hay para todo lo que a un mortal se le pueda ocurrir, y ese día abrazos y regalos van y vienen.

Hay un Día del Periodista y una vez, estando yo en el diario despachando al filo de la hora de cierre, me llamaron para felicitarme. Mi desconcierto fue grande. Primero porque me desconcentraron absolutamente de lo que estaba escribiendo. Segundo, porque no sabía que fuera el Día del Periodista ni tampoco que los periodistas tuviéramos nuestro Día. A mi modo de ver el periodista de choque, ese que trabaja en los medios contra reloj (como lo viví durante décadas con una adrenalina difícil de explicar) ejerce funciones profesionales (día a día y no solo en su Día), las que requieren tanto esfuerzo que lo que menos tiene es un espacio para celebrar otro día.

Pero, como decía, ahora hay días para todo. Acabamos de vivir el del Niño y están los días del Padre del niño y de la Madre del niño, que tienen dos méritos: dejar respetables réditos al comercio y mover a los ingratos, al menos un día al año, a preocuparse del Padre, de la Madre o del Niño. Quienes están siempre presentes no requieren  de tan señalado Día para acordarse de sus más cercanos.

La verdad es que personalmente no les encuentro mayor asunto a estas fechas. Ni siquiera tengo claro cuándo se celebran porque en mis tiempos esta faramalla no existía. El Día del Padre para mí era el 16 de mayo, cumpleaños de mi papá, y por consiguiente, el de la Madre, el 7 de octubre, fecha de su nacimiento. Para mi cumpleaños se celebraba el día del Niño (o de la niña, en este caso, respetando las reivindicaciones del género). También se celebraban los santos, pero desgraciadamente cada vez esta costumbre está quedando más olvidada.

Tiempo atrás me impuse vía Internet que hay días universales, panamericanos y nacionales. Hay un Día del Cine (“a luca la entrada” ha producido cimarras memorables); está el Día del Notariado (que seguramente tendrá un alza, al menos en Chile, con los nuevos nombramientos), y el del martillero público, del carnicero, de la flor, del pediatra y de todo lo imaginable.

Y hay un Día del Comercio, un Día sin Fumar, un Día de los Pueblos Originarios, un Día del Patrimonio, un cruento Día del Joven Combatiente, un Día de la Secretaria (¡ay de los jefes a los que se les olvide!), un Día de los Derechos Humanos (pero para un lado no más, se subentiende. Y así un Día tras otro Día.

Y no olvidemos uno muy especial: el Día de la Marmota que no se celebra en Chile pero doy la idea. Su historia se confunde con la leyenda, lo que le da un toque más singular que a todos esos días tan poco originales. Se celebra en el pueblo de Punxsutawney, estado de Pensilvania: cada 2 de febrero se intenta predecir la duración del invierno por el comportamiento de una marmota llamada Phil.

Vuelvo al Día Nacional del Circo Chileno. Este acaba de ser consagrado mediante la Ley número 21.026 del Ministerio del Interior en el Diario Oficial (me alegro de que el Ministerio del Interior vaya destrabando algunos temas). El 2 de septiembre de este año, el primer día de su Día, los circenses desfilarán por la Alameda (me imagino que con el consiguiente atochamiento del tránsito). Pero en todo caso, bien por los circenses, por sus payasos que siguen con la función hasta el final, pase lo que pase, con penas y tribulaciones.

¿Será tan efectivo que los payasos suelen tener vidas tristes pero que las dejan tras bambalinas para hacer reír a sus espectadores? En todo caso ese personaje se ha prestado hasta para inspirar una de las más célebres óperas de la historia de la música.

TERCERA IDEA

Me falta detenerme en la tercera imagen. El teólogo alemán Joseph Ratzinger (hoy el Papa emérito Benedicto XVI) es autor entre muchos del libro “Introducción al Cristianismo”.  En esas páginas recurre -para ilustrar la crisis espiritual contemporánea- a la anécdota de un payaso narrada originalmente por el filósofo danés del siglo XIX, Soren Kierkegaard.

Según Ratzinger, “…se cuenta que en Dinamarca un circo fue presa de las llamas. El director del circo mandó a un payaso, que ya estaba preparado para actuar, a pedir auxilio ya que peligraba la aldea contigua (…) Pero los vecinos creyeron que se trataba de un magnífico truco para que asistiesen los más posibles a la función; aplaudían y hasta lloraban de risa. Pero al payaso le daban más ganas de llorar y en vano trató de persuadirlos y explicarles que no se trataba de un truco ni de una broma (…) Cuánto más suplicaba más se reía la gente, pues los aldeanos creían que estaba haciendo su papel de maravilla, hasta que por fin las llamas llegaron a la aldea. Y claro, la ayuda llegó demasiado tarde, y tanto el circo como el poblado fueron pasto de las llamas”.

Interpretaciones de esta anécdota recordada por Ratzinger puede haber muchas, aunque quizás no tantas. Una puede ser que en este mundo imbuido en el relativismo, preocupado de inventar el día de las más varias circunstancias pero no de lo esencial, el hombre ya no tiene tiempo ni ganas para oír lo fundamental. Ni siquiera cuando se le presenta en un envoltorio colorido, apayasado. Está en otra.

Lillian Calm

Periodista

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