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Mal cliente

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Más allá del problema legal que impide al BancoEstado prestar a los parlamentarios en ejercicio, lo fundamental es que Guillier es un mal cliente por donde se lo mire. Porque cuando se va a pedir plata, uno tiene que tener algún respaldo o una buena idea. Y este candidato no tiene nada de aquello.

 

Alejandro Guillier se queja amargamente del portazo que ha recibido por parte de la banca, al solicitar plata para financiar su campaña. Acusa de un supuesto bloqueo de los directorios o grupos de interés de dichas instituciones hacia su candidatura, argumento que se cae por sí mismo, al constatar que el primero que le dijo que no fue el propio BancoEstado, que se supone está ajeno a dichas consideraciones.

Más allá del problema legal que impide al BancoEstado prestar a los parlamentarios en ejercicio, lo fundamental es que Guillier es un mal cliente por donde se lo mire. Porque cuando se va a pedir plata, uno tiene que tener algún respaldo o una buena idea. Y este candidato no tiene nada de aquello. Su proyecto es malo, su respaldo es débil y sus posibilidades de triunfo son muy bajas. Entonces, su crédito se convierte en una operación muy riesgosa para cualquiera.

Incluso así, Guillier tenía dos maneras de salvar el punto. La primera, que ya no ocupó, era no ser un candidato independiente, con lo cual podría haber aspirado a una parte de los $3.800 millones que disponen los partidos como anticipo para financiar las campañas. Pero, el candidato no quiso ser empleado de los partidos y prefirió ser una suerte de empresario, pero sin proyecto, lo que es una contradicción en sí misma. Ahora, los partidos que lo apoyan se niegan a pasarle plata. Dicen que prefieren apoyar a sus parlamentarios, que es una forma elegante de decir que invertir en Guillier no es rentable.

La segunda posibilidad es que renuncie a ser senador. Con eso sería un ciudadano cualquiera y al menos el BancoEstado no tendría una excusa legal para pasar plata. Otra cosa es que se la pase. Pero Guillier tampoco quiere hacer aquello, porque sabe que el riesgo de quedarse sin nada es alto. O sea, quiere jugar a ser empresario, pero no correr riesgo, en una clara señal que ni él mismo cree en su proyecto presidencial. Bueno, el mundo no funciona así. Si él no es capaz de jugarse claramente por su idea, entonces no puede pedir a los otros que lo hagan.

Así las cosas, lo de Guillier cada día se parece más a una aventura que a un proyecto. Y nadie está para arriesgarse con aventuras de este tipo. Ni siquiera el gobierno, que también le dio un portazo a su idea de cambiar la ley a su favor. “No hay ninguna opción de cambiar un artículo de la Constitución”, le dijo ayer el subsecretario del Interior, Mahmud Aleuy.

La última esperanza es hacerlo a la Obama, quien renunció al financiamiento estatal, y creó un sistema de donaciones para sus seguidores que fue muy exitoso. Guillier dice que hará lo mismo, pero tiene un problema: él no es Obama. No es un candidato que entusiasme, ni ganador. En suma, una persona que es un mal cliente para los bancos, para sus partidos, para el gobierno y para la gente, es también un mal candidato. Esa es la única verdad.

Blog de Andrés Benítez, Ingeniero comercial

LA TERCERA, 26-08-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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