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Ultimátum para el reencuentro nacional

Ultimátum para el reencuentro nacional

Ultimátum para el reencuentro nacional

Me interesa dejar por escrito un testimonio. La última gran crisis del país fue la del 73. Fue dramática, costosa en vidas, y generó nuevamente una gran división, como en la guerra civil. En esa crisis falló la clase política completa, y todos tenemos algo de responsabilidad.

Nadie puede alegar superioridad moral hoy. Cuando vuelve la democracia, guste o no, lo hace organizada impecablemente por la “dictadura” en un comportamiento inédito donde el dictador deja el poder por las urnas.  En la nueva etapa desde el 90, casi todos los actores políticos del momento habían vivido en carne propia la crisis y sabían que no se debería repetir nunca más. La Concertación buscó la convivencia y los acuerdos. Empezó a sanar las heridas, con la idea de que vamos todos en el mismo carro con ideas muy diferentes que no se pueden imponer a los demás. Un 45% de la población votó por Pinochet, es decir, representaba un porcentaje muy relevante de la población. Es parte de la historia que las nuevas generaciones no quieren reconocer.

Bajo esta premisa de los acuerdos y la sanación de las heridas, el país se siguió desarrollando como nunca en la historia. Literalmente llegamos a ser los primeros de América Latina en casi todos los indicadores, respetados e imitados. Eso fue así, hasta que volvió la ideología del avanzar sin transar, el rechazo gutural y taxativo a los acuerdos, la necesidad de refundación del país usando la retroexcavadora, de modo que no quedara nada del pasado. Tras cuatro años de ese tipo de gobierno nuevamente la polarización trae lo peor de todos nosotros, y como es su tradición histórica, deteriorando seriamente la economía, las cuentas fiscales y la convivencia. La necesaria convivencia como objetivo se abandonó, y se transformó en sed de venganza. A las generaciones jóvenes les contaron una visión de la historia absolutamente unilateral, idealizada y sesgada de modo que acusaron a sus padres de traidores de la causa, de vendidos. Ellos terminarían la “noble” tarea de Allende que, según dicha historia, creen que fue un gran gobernante destruido por el imperialismo. Mi testimonio es para señalar que aún estamos a tiempo de buscar una convivencia nacional, de practicar la tolerancia y el respeto mutuo. Hay que mirar al futuro sin olvidar el pasado, que debe entrar al trabajo minucioso de los buenos historiadores. De hecho es quizás la última posibilidad antes de que el odio entre los chilenos sea demasiado grande. Por cierto, muchos dirán que es una exageración, pero no lo es. Es cosa de observar lo que está ocurriendo en Venezuela en este momento usando las mismas ideas anquilosadas.

La gran responsabilidad sin duda la tienen los líderes políticos de hoy, y en especial los candidatos que buscan acceso al poder.  Todas las candidaturas deben hablar de alguna manera de la búsqueda de unidad nacional y sana convivencia democrática. Pensar diferente es maravilloso cuando hay tolerancia y lo peor cuando hay totalitarismo. Hasta el momento solo Piñera y Goic hablan de la unidad nacional. Guillier dice que la misión es evitar que salga elegida la derecha. El Frente Amplio llama nuevamente a una refundación real del país, pero solo con su visión. El centro encabezado por Ciudadanos es por esencia la premisa de los acuerdos y unidad, pero no tienen candidato.

Dejo escrito este testimonio, porque no creo que sea escuchado. Ama la paz aquel que conoce la guerra. Busquemos paz entre los chilenos antes de que sea tarde.

Blog de Sergio Melnick. LA TERCERA, 20-08-2017

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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