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TRAS LA LÁPIDA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL

TRAS LA LÁPIDA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL

TRAS LA LÁPIDA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL

Lillian Calm escribe: “En las vísperas, frente al T C, la violencia se ensañó contra mujeres que sólo procuraban, en silencio,  llevar sus velas encendidas. Esos hombres las escupían mientras les gritaban tal sarta irreproducible de groserías que anotaré una sola…”.

“En La Moneda creían que la violación no pasaba. Están festejando”, me escribió una siempre bien informada periodista momentos después de conocerse el veredicto del Tribunal Constitucional que le daba luz verde a las tres causales para abortar en Chile. Segundos después recibí otro WhatsApp, esta vez de un pediatra: “Cómo van a aumentar las ‘violaciones’ inventadas. Una vergüenza”. Y durante toda esa tarde, y hasta ahora, se han amontonado uno y otro los mensajes. Tristes, tristísimos.

En las vísperas, frente al Tribunal Constitucional, la violencia se ensañó contra mujeres que sólo procuraban, en silencio,  llevar sus velas encendidas. Esos hombres las escupían mientras les gritaban tal sarta irreproducible de groserías que anotaré una sola: “Saquen sus rosarios de nuestros úteros”.

Curiosa especie humana: ¡hombres con útero!

Al parecer resulta imposible dialogar. O, ¿es posible hacerlo, como nos pide el papa Francisco, a meses de llegar a Chile?

No tengo la respuesta. Por eso, y para responder, me quiero centrar en una conferencia que en el Congreso Mundial Provida realizado en 2009, en Zaragoza, pronunció la entonces profesora de la Universidad de Navarra Jutta Burggraf. El título: “Defender la vida con eficacia. La personalidad del defensor”.

Tal vez primero tendríamos que responder la pregunta

¿Quién es Jutta Burggraf? O quien fue, porque murió de cáncer en 2007.

 Difícil definirla. Su hacer era pensar y escribir, y procuraba ser más bien de bajo perfil. Fue autora de más de veinte libros traducidos a diferentes idiomas y colaboró en alrededor de setenta obras colectivas. Era, es, un referente al que siempre seguí con admiración y a la vez con distancia. Distancia porque me quedaba, me queda grande, muy grande.

Y aunque la he leído, aunque la fui a oír cuando vino hace unos años a Chile a dar una clase magistral, me pareció que de ella no podría escribir al simple correr de la pluma. Es por esto que he preferido seleccionar párrafos de la conferencia que dio en Zaragoza esta doctora en Psicopedagogía por la Universidad de Colonia y Doctora en Sagrada Teología por la Universidad de Navarra. Nacida en Alemania en 1952 fue nombrada por Juan Pablo II perito en el Sínodo Ordinario de Obispos sobre “La vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”.

Ella se planteaba una pregunta central: ¿Cómo ayudar a quienes parecen despreciar la vida? ¿Cómo orientar a las personas que, frente a situaciones límite, han elegido una salida que supone una tragedia: han optado por el aborto o la eutanasia?

EL CASO DE KARIN STRUCK

Y al comenzar esa conferencia exponía un caso que le era muy cercano:

“Recuerdo a una escritora alemana, Karin Struck. Fuimos amigas en la última época de su vida. Si ella no hubiera sufrido una muerte prematura (2006), seguramente estaría hoy entre nosotros, en este gran Congreso por la vida.

“Durante muchos años, Karin fue una novelista famosa. En sus tiempos de universitaria, militó en el partido comunista; después, propagó el amor libre y la homosexualidad. Decidió vivir sola con sus cuatro hijos, sin marido ni novios.

“Un día abortó a su quinto hijo. Aunque no practicaba ninguna religión y vivía ajena a los tradicionales códigos éticos, quedó profundamente asustada del acto que había cometido. Con su sensibilidad de artista, expresó su angustia en un libro titulado “Ich seh mein Kind im Traum” (“Veo a mi hijo en los sueños”, 1992). A raíz de la publicación de ese libro, su vida cambió radicalmente”.

Sigue el relato de Jutta: “¿Qué pasó? Las grandes editoriales le cerraron las puertas, y también las revistas importantes, la radio y la televisión rechazaron sus colaboraciones habituales. Karin quedó completamente marginada, eliminada de la mirada del gran público. Y tomó conciencia, cada vez más profunda, del grado de enfermedad de nuestras sociedades.

“Fue una mujer radical y valiente. Cuando se dio cuenta de que estaba financiando –indirectamente– miles de abortos, por el mero hecho de pagar la seguridad social, se dio de baja en ella, junto con sus cuatro hijos. Pero pocas semanas más tarde, tuvo un accidente gravísimo con su hijo pequeño en el coche: tanto ella como el niño quedaron en coma, precisaban de varias intervenciones quirúrgicas y de largos períodos en el hospital.

Desde el punto de vista de su situación económica, esto significaba que Karin había caído en la indigencia.

“Sin embargo, ella no estaba sola. Los grupos pro vida –de Alemania, Suiza y Austria– y muchas personas singulares que la habían conocido a través de su libro contra el aborto formaron una red de ayuda para Karin. La socorrieron tanto material, como espiritualmente; le dieron fuerza para replantear su vida desde los cimientos, y ánimo para salir adelante. En una de sus últimas cartas, Karin me contó: ‘Ahora limpio las casas de otras familias y, en algún momento, espero terminar mis estudios. Ya no soy famosa, ni quiero serlo. Por fin, estoy en paz’”.

Jutta comentaba: “Me gustaría que mirásemos juntos a estas personas que ayudaron a Karin. Le dieron la ayuda económica, tan necesaria en una situación precaria. Pero le regalaron mucho más: le transmitieron una nueva alegría, una nueva esperanza en su situación dolorosa. Se puede decir que despertaban y defendían su vida de un modo integral”.

RASGOS DEL “DEFENSOR DE LA VIDA”

Luego se refiere a lo que llama  “nuestro comportamiento diario frente a personas concretas ‘del otro bando’: personas que han abortado o quieren hacerlo… que han pedido la eutanasia o quieren hacerlo”.

Dice que “no hace falta pertenecer a un grupo para defender la vida, aunque muchas veces sea oportuno. Sin embargo, no debemos olvidar que la potencia de un grupo depende de la personalidad de cada uno de sus miembros. Por eso, es tan importante empezar por nosotros mismos, si queremos defender la vida con eficacia”.

Y es ahí donde subraya que el “defensor” debe tener algunos rasgos comunes. Destaca en primer lugar la fortaleza “para trabajar a favor de la vida en nuestra era de las dictaduras ocultas o manifiestas”. Cuenta cómo cuando cayó el Muro de Berlín “se abrieron los archivos de la policía secreta, y se descubrieron –entre miles de otros asuntos vergonzosos– algunos hechos especialmente considerables, que apenas fueron dados a conocer a los ciudadanos. La policía secreta de la Alemania comunista había estado muy pendiente de la destrucción de la moral pública y privada en Alemania Occidental. Empleó métodos muy precisos para frenar la defensa de la dignidad humana, del matrimonio y de la familia. Así, por ejemplo, cada vez que alguien se pronunciaba a favor de la vida –en la televisión, en la radio o en algún periódico–, recibía severas críticas en casi todos los medios. Era llamado ‘fascista’, intolerante y arrogante; fue despreciado, ridiculizado y –finalmente– callado. Muchas de las críticas llegaron con un nombre falso de Alemania comunista. Si estamos dispuestos a trabajar a favor de la vida, necesitamos un corazón libre y fuerte. Tenemos que llegar a ser cada vez más independientes de los juicios de los otros. Un auténtico ‘defensor’ acepta serenamente ser tomado por loco”.

¿Otros rasgos? Humildad, saber escuchar, comprensión…

Luego la conferenciante ponía la “nota final” (así la titulaba) a sus palabras: “Queremos dar la vida a todos, tanto a los que están en peligro material de perderla, como a los que están en peligro espiritual de robarla. Todos necesitan nuestra solicitud, y no debemos olvidar que aquel que hace el mal se daña aún más que aquel que lo sufre.

“Por esto, hemos puesto nuestra mirada en las víctimas quizá todavía más destrozadas que los niños que no nacerán (aborto), o los ancianos que mueren antes de tiempo (eutanasia). “Queremos dar vida también a los responsables del aborto y de la eutanasia. Queremos ofrecerles nuestra ayuda para salir de su error y revisar sus actitudes (…) Si un ‘defensor’ se acostumbra a descubrir el núcleo bueno de todos los hombres, y a realizar  un encuentro con quien ha actuado mal, entonces aumentará incluso su propia vida. En el trato sincero con los demás crece su vitalidad. Se le ocurren más ideas, relucen más valores. El ‘defensor’ se hace, sobre todo, cada vez más capaz de amar, más apto para orientar. Adquirirá, en medio de un mundo caótico, sabiduría para comprender, paciencia para luchar, y una alegría inexpresable, que es fruto del empeño de conducir a otros desde la oscuridad a la luz. Su estilo de vida se resume en el famoso lema de Antonio Machado: ‘Pensar alto, sentir hondo, hablar claro’”.

Hasta ahí Jutta. Procuraremos, aunque nos cueste, seguir algunos de sus consejos.

Lillian Calm

Periodista

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