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El Seductor

El Seductor

El Seductor

The Beguiled. Año: 2017.País: EE.UU. Dirección: Sofia Coppola. Intérpretes: Colin Farrell, Nicole Kidman, Kirsten Dunst, Elle Fanning, Oona Laurence, Angourie Rice, Emma Howard, Addison Riecke, Wayne Pérez. Argumento: Thomas Cullinan (novela) Guion: Sofia Coppola. Fotografía: Philippe Le Sourd. Distribuye en cine: Universal. 94 minutos. Público apropiado: Jóvenes-adultos.

 

Sinopsis oficial

Adaptación de la novela homónima de Thomas Cullinan, se desarrolla en un colegio femenino del estado de Virginia en 1864. Con la Guerra de Secesión en pleno apogeo, el seminario para señoritas de Martha Farnsworth vive cobijado y al margen del mundo exterior, hasta que un soldado de la Unión aparece herido en las proximidades y deciden acogerlo.

Crítica

Adivina quién viene al internado

Revisitación de la novela de Thomas Cullinan llevada al cine en 1971 por Don Siegel con el título en español de El seductor. Está ambientada en los años de la Guerra de Secesión, en el estado sureño de Virginia. Como es de imaginar, se mantienen los elementos principales de ese film, el formato de cuento –todo arranca con la niña canturreando y paseando por el bosque, que mientras recoge setas descubre a un soldado de la Unión malherido–, la exploración sobre la condición humana, y cierta tensión que en el último tramo aproxima la narración al cine de terror. Quizá la gran novedad es que una mujer, Sofia Coppola, está detrás del guion y la dirección de la película, lo que sirve para intensificar el elemento femenino, hay una comprensión más cercana de su psicología. No en balde, ya antes la cineasta ha entregado películas que sirven para mostrar un microcosmos de mujeres, incluido el elemento de cómo afectan a los hombres que se mueven alrededor, piénsese en su debut Las vírgenes suicidas, las guapas hermanas que fascinan a unos adolescentes, o en la más reciente The Bling Ring, sobre unas jovencitas que irrumpen en espléndidas mansiones vacía para cotillear en el lujo.

El hallazgo del herido cabo John McBurney y su traslado a un internado de señoritas ocupado por siete mujeres –la directora Martha, la profesora Edwina, y las chicas de distintas edades Alicia, Amy, Jane, Marie y Emilie– alborota, podríamos decir metafóricamente, el gallinero que comparten. Tras las dudas de si comunicar la existencia de este huésped a las tropas locales del Sur, deciden de momento no hacerlo, lo primero es que el recién llegado se recupere de sus heridas, les obliga la caridad cristiana. Pero en realidad muchos sentimientos contrapuestos bullen dentro de cada una: las adultas se ven atraídas, y lo expresan de modo distinto, tras su fachada puritana. Las más jovencitas son pura ingenuidad, a las que atrae la novedad que altera la rutina de unas aburridas clases de francés y bordados. Mientras hay una más fresca, que se fija sobre todo en lo apuesto que es McBurney.

Coppola sabe plasmar en la pantalla las distintas reacciones, bien secundada por un conjunto de grandes actrices, y el único hombre de entidad, Colin Farrell. Todas lo hacen muy bien, aunque cabe destacar a Kirsten Dunst, a la que toca llevar las riendas del personaje quizá más ingrato. Y es un acierto el estilo naturalista, con una fotografía que al estilo Barry Lyndon, parece funcionar con luz disponible y justificada, y una banda de sonidos del bosque, donde la poca música presente proviene de canciones o instrumentos que cantan o tocan las chicas, las excepciones son mínimas, y sólo para crear una inquietante atmósfera, con una partitura de sonidos sordos, nada preciosista.

Pese a que la dirección está muy medida, y fue premiada en Cannes, Coppola pierde un poco el pulso a partir de cierto giro más o menos sorpresivo, que conduce a cambiar el tono de la narración. Todo se vuelve algo oscuro y siniestro, a veces un poco histérico, a lo que se suma la ironía y la pérdida de la inocencia exageradas, un cúmulo de elementos que no acaban de estar bien manejados.

José María Aresté. DECINE21.COM

 

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Humor

Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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