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El origen del mal

El origen del mal

El origen del mal

Controlada la conmoción, habrá que trabajar en el origen del mal, ya que este terrorismo crece y nutre su barbarie en las zonas periféricas y deprimidas de las capitales, donde buen número de chavales se van autoexcluyendo de la sociedad que los acogió.

El atentado de Barcelona no difiere demasiado de los perpetrados en otras ciudades de Europa. Sus autores, jóvenes fanáticos, no se antojan sofisticados guerrilleros del yihadismo. La mayoría eran muchachos aparentemente normales, captados mediante métodos que conoce bien la Policía y usados según patrones no muy alejados de las sectas de otro tipo. Por tanto, controlada la conmoción, habrá que trabajar en el origen del mal, ya que este terrorismo crece y nutre su barbarie en las zonas periféricas y deprimidas de las capitales, donde buen número de chavales se van autoexcluyendo de la sociedad que los acogió. Las fuentes del mal pueden estar en el país de procedencia de sus progenitores o en el incalificable Daesh, pero la eficacia preventiva de las Fuerzas del orden debe centrarse en esos líderes radicalizados que se aprovechan de la debilidad de jóvenes criados en ambientes marginales y en el resentimiento a Occidente. Para propagar el terror y la crueldad no hace falta mucho. El problema lo tenemos los Estados libres, ricos y civilizados, cuyas normas hacen que luchar contra el yihadismo resulte cada vez más complicado.

Bieito Rubido. ABC, España, 23-08-2017

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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