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Extranjeros en Chile

Extranjeros en Chile

Extranjeros en Chile

Se hace muy necesario disponer tanto de una rigurosa política de migración como de una ley, entre otras cosas para que los mismos extranjeros no sean objeto de abusos y malos tratos.

 

Desde hace tiempo se habla en diferentes tonos de la migración de latinoamericanos al país, aunque son los haitianos quienes captan ahora mayor atención. En 2016 las estadísticas sumaban alrededor de 477.000 inmigrantes (peruanos, bolivianos, argentinos, venezolanos, entre los mayores porcentajes) y se estima que a fines del presente año la cifra podría llegar a 600.000 personas, al añadir la corriente haitiana que, entre el año pasado y el actual, aportaría sobre las 80.000. Ambos volúmenes, aparentemente altos, han generado reacciones negativas entre muchos chilenos, no obstante significar un porcentaje menor al 3% respecto de la población nacional: el país se está “llenando” de extranjeros (40% percibe que “quitan trabajo” y 41% los asocia a delincuencia). Actitudes comprensibles, toda vez que se visualizan como un problema nuevo que debemos enfrentar.

Pero Chile ha experimentado varios procesos migratorios. Durante el siglo XIX arribaron espontáneamente europeos (ingleses, franceses, alemanes, etc.), apenas hubo signos de estabilidad política y buenas perspectivas económicas. A poco andar el mismo Estado alentó poblar el sur (actuales regiones de Los Ríos y Los Lagos) con pequeños y medianos propietarios agrícolas, industriales, comerciantes, hasta llegar a instalar en 1882 una Agencia General de Colonización que reclutó europeos nórdicos, especialmente, añadiendo con el correr de los años  italianos, españoles y franceses, para que se radicaran en La Araucanía.

Todo sin que cesara la inmigración por cuenta propia de una gama de nacionalidades (suizos, yugoslavos, belgas, rusos, polacos, chinos, sirios, árabes). La mayoría se caracterizó por su espíritu emprendedor, laborioso, disciplinado, de vida austera, ahorrativa, de oficios, profesiones y conocimientos diversos, que volcaron en proyectos que ejecutaron en ciudades o localidades del país. Y pese al reducido número, fueron piezas clave para el desarrollo industrial, minero, comercial en su nueva patria, incluyendo rubros y comercios desconocidos en este medio, propios del mercado cotidiano en su nación de origen. El boom salitrero, a su vez, contribuyó a elevar el número de extranjeros, hasta alcanzar un porcentaje histórico de 4,1% (1907), el que fue decayendo mientras avanzaba el siglo. Mas la gotera inmigrante continuó con circunstanciales alzas, como la corriente judía que llegó entre 1938 y 1945.

Pocos ascendieron socialmente hasta convivir con la clase dirigente y sin sufrir hostilidad. Mas la mayoría se integró a la clase media en sus diferentes niveles, quienes, a su momento y por un tiempo, experimentaron el rechazo, la discriminación -xenofobia-, por las mismas razones o creencias que se esgrimen ahora, máxime aquellos de origen más exótico, de oriente medio y extremo.

Si en nuestros días la prensa denota que un grupo de inmigrantes ha cometido delitos, como trata de personas ingresadas ilegalmente o clonaciones de tarjetas o robos, a comienzos del siglo XX, el mismo medio se ocupaba en denunciar que barrios céntricos de Santiago estaban invadidos de “cafés asiáticos”, regentados por miembros del “celeste imperio”, donde se ejercía la prostitución, o bien que extranjeros -polacos o búlgaros, supuso el periodista por la apariencia física- habían ingresado al país para dedicarse a la “trata de blancas”, con mujeres de aspecto europeo apostadas a poca distancia de hoteles. Todo con el objeto de demandar la tramitación y aplicación de una Ley de Residencia que, cuando existió, permitió una razonable mitigación delictiva. A su vez, los inmigrantes de intachable conducta, pasados los ánimos xenofóbicos, se asentaron, echaron raíces y tuvieron descendencia.

Debiera ocurrir lo mismo en esta época. Pero se hace muy necesario disponer tanto de una rigurosa política de migración como de una ley, entre otras cosas para que los mismos extranjeros no sean objeto de abusos y malos tratos.

Columna de Álvaro Góngora. EL MERCURIO, 10-08-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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