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EL “JESÚS” DE IBÁÑEZ LANGLOIS

EL “JESÚS” DE IBÁÑEZ LANGLOIS

EL “JESÚS” DE IBÁÑEZ LANGLOIS

Lillian Calm escribe: “Todo tiene su génesis. También un libro. Y la de su “Jesús” (Ediciones El Mercurio) la conocimos en palabras del mismo autor durante la presentación, en la Universidad de los Andes. Nos trasladó hasta esa mañana de febrero en que participaba en un curso de verano y, a la hora del desayuno del primer día, se sentó junto a un ingeniero chileno que vive en tierras paganas del Lejano Oriente. Este le dijo que él debería escribir un libro sobre Jesús para quienes no lo conocen. Para esos que no van a leer nunca los Evangelios”.

 

Tengo por fin en mis manos el libro “Jesús”.  Y ese “por fin” se debe solo a mis ansias de leerlo y releerlo, subrayarlo y marcarlo, ya que la verdad es que el autor se demoró lo que es nada en escribirlo. El sacerdote José Miguel Ibáñez  Langlois admitió que lo tenía “en la cabeza”. Y es natural que sea así: tantas horas hablando de Jesús, haciendo clases sobre Jesús, predicando y teniendo como centro a Jesús.

De ahí por supuesto el título “Jesús”, nombre breve pero de tal inmensidad que no requiere de ninguna otra palabra que lo refuerce, precisamente cuando el Papa Francisco insiste en la importancia de que nos centremos en Jesucristo; cuando nos pide que el “hilo conductor” sea “la centralidad de Cristo”. Y nos enfatiza: “Cristo está al centro. Cristo es el centro. Cristo centro de la creación, del pueblo, de la historia…”.

Todo tiene su génesis. También un libro. Y la de su “Jesús” (Ediciones El Mercurio) la conocimos en palabras del mismo autor durante la presentación, en la Universidad de los Andes. Nos trasladó hasta esa mañana de febrero en que participaba en un curso de verano y, a la hora del desayuno del primer día, se sentó junto a un ingeniero chileno que vive en tierras paganas del Lejano Oriente. Este le dijo que él debería escribir un libro sobre Jesús para quienes no lo conocen. Para esos que no van a leer nunca los Evangelios.

José Miguel Ibáñez se negó rotundamente… pero solo horas más tarde (me parece que veinticuatro) comenzaba a poner en el papel lo que guardaba en la cabeza.

Y aquí tenemos ya impreso ese libro en un lenguaje para quienes no conocen a Jesús, pero también –y al parecer no era el propósito- para quienes creyendo conocerlo queremos conocerlo más, porque la verdad es que a Jesús nunca se lo termina de conocer. Si no, pienso, no sería Dios.

Estuve en esa presentación en la Universidad donde el sacerdote no sólo ha hecho clases durante décadas, sino que deja transcurrir mucho de sus días, horas tras horas, sentado en el confesonario.

El doctor en Filosofía Antonio Amado destacó en su intervención –y comprendí que en este caso la mejor forma de presentarlo era leyendo algunos de sus párrafos- unas palabras que se refieren a los doce apóstoles de Jesús. Si bien reflejan algo del todo que es este libro, me calaron tan hondo que llegué a la casa y no descansé sino hasta encontrar esa página 63. Leo:

“¿Quiénes eran estos elegidos, estos señalados por el dedo de Dios, de Andrés a Tomás, de Juan a Santiago?

“¿Eran los mejores hombres que había entonces en Israel, los más sabios y fuertes, los más virtuosos y fieles? No lo eran en absoluto. ¿Eran, por el contrario, unos hombres cualesquiera que Jesús fue encontrando de paso, casi al azar, en sus primeras incursiones por calles y playas? No lo eran en absoluto.

“¿Quiénes eran entonces? Eran simplemente los que Dios quiso, en su soberana voluntad y en su designio eterno, los que al corazón de Cristo le dio la gana elegir, y fortalecer con su gracia para que respondieran en forma afirmativa a su vocación.

“El designio de la llamada, de toda llamada del cielo, se pierde en el abismo insondable de la libertad divina. Más tarde les dirá Jesús: No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes. Ha elegido a sus apóstoles antes de la constitución del mundo”.

Hasta ahí el profesor Amado quien, al citar esta parte, comenzó en la página 63 y concluyó en la 64.

Pero obvió el párrafo siguiente, siempre sobre los doce apóstoles, y me convenzo de que al menos yo no puedo dejar de incluirlo:

 “Nos consta que eran hombres llenos de defectos. No comprendían bien las parábolas más simples con que Jesús enseñaba al pueblo. Entendían el reino e Dios, el reinado de Cristo, en forma crasamente temporal, nacionalista y política. Discutían con frecuencia acerca de quién era el más importante de los doce. Y así tantas cosas por el estilo. Y sin embargo…”.

Son solo 160 páginas en que todos esos “sin embargo…”, con sus puntos suspensivos, encuentran su respuesta en esta obra que también se está editando en España, Italia y Brasil, con sus traducciones al italiano y al portugués. Y, hay que destacarlo especialmente, ya se prepara su traducción al japonés.

Hay tantos otros párrafos en que el autor nos lleva como nadie hacia Jesús. Me limitaré a dos y quizás después tenga que explicar por qué abundo tanto en las citas:

“¿Cómo era Jesús de aspecto físico? Ya no lo sabremos nunca en este mundo (…) Obviamente los rasgos de Jesús fueron judíos. Sería moreno, llevaría el cabello largo ceñido a la nuca, y usaría barba. Cada cultura, sin embargo, lo ha representado a su manera, sea bizantina, románica, renacentista, moderna, sea cobriza, negra, amarilla… Esa variedad es elocuente: nos dice que cada ser humano quiere imaginar a Cristo como suyo, como propio, como a los cercanos y a quienes más se ama, no como a un extraño de otras latitudes”.

Y finalmente: “Cuando un gran pintor de hace siglos trazaba con rasgos muy seguros el rostro de Cristo, le preguntaron cómo lo hacía, ya que no podía conocer esos rasgos. Él contestó con sencillez: Para pintar a Cristo, hay que vivir con Cristo”.

Releo lo que llevo escrito de esta columna y compruebo que quizás me he excedido en las citas. Y aunque en un espacio tan breve no haya normas que limiten lo que se transcribe, íntimamente caigo en la cuenta de que soy yo la que no me he aventurado a intervenir con ideas propias.

No creo que ello solamente se deba a que no me atrevo, aunque sea para bien, referirme más a fondo a un libro cuyo autor es un crítico literario por excelencia (el sacerdote José Miguel Ibáñez en su otro ser, el de Ignacio Valente).

Puede que se deba más bien a que lo conozco quizás demasiado y no puedo dejar de admitir que en lo personal le debo mucho.

Fue mi profesor de Filosofía en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica y cuando sorteé la comisión para dar el examen de grado… su nombre estaba en el primero de los papelitos que saqué de entre un montón.

Recuerdo ese sano temor con que fui a dar ese examen de final de carrera y, aunque me fue muy bien, hoy ese sano temor revive después de décadas cuando quisiera decir muchísimo más de esta profunda y acabada semblanza escrita por quien, durante mi vida, tanto me ha enseñado de Jesús.

Lillian Calm

Periodista

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