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Paseíllos mediáticos

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En España, Blesa había sido condenado a la picota por las televisiones dedicadas al linchamiento del PP

La trágica muerte de Miguel Blesa, según todos los indicios por suicidio, debería provocar una honda reflexión colectiva sobre el alcance del linchamiento que sufren determinados personajes convertidos en blanco de ciertos medios de comunicación, siempre los mismos, tan sectarios como faltos de escrúpulos. Sobre el grado de barbarie reflejado en los abucheos, salivazos e insultos, cada vez más habituales a la salida de los juzgados, las puertas de domicilios particulares o cualquier otro lugar público. Desahogos medievales dirigidos siempre contra los chivos expiatorios destinados al sacrificio por unos cuantos “comunicadores” y sus amigos salvapatrias, autoproclamados azotes de la “casta” corrupta. Sobre el modo terrible en que esas prácticas repugnantes, esos paseíllos mediáticos destinados a azuzar la ira del pueblo vengador, amén de animarle a desahogarla, nos retrotraen a tiempos pretéritos que considerábamos definitivamente superados. ¡Craso error! La historia nos demuestra que hurgar en lo más bajo de la condición humana siempre resulta rentable en el corto plazo, por más que acabe derramando sangre. 

Mucho antes de ser condenado por la justicia, Blesa había sido juzgado, sentenciado y amarado a la picota en los programas de televisión dedicados al linchamiento implacable de cualquier investigado susceptible de ser relacionado con el PP, y solo con el PP, toda vez que los escándalos referidos a personas cercanas al PSOE, los sindicatos, Podemos o los partidos nacionalistas gozan de una bula especial en virtud de la cual no interesan. También en los “periódicos” digitales especializados en la misma faena, con igual foco de atención e idéntica intención ideológica. Pocos como él encarnaban una diana tan perfecta: Imputado por delitos económicos, antiguo amigo de Aznar, gestor de una caja (eso que ellos llaman “banco” con el propósito de crear confusión) rescatada con fondos públicos… y un “outsider” del poder financiero real; esto es, del que suministra o retira el oxígeno indispensable para la supervivencia de la empresa a la que pertenece el medio. Ése, no se toca. Blesa, hizo correr ríos de tinta y chorros de voz. Infinitamente más que los protagonistas del caso de los eres de Andalucía, los miembros de la familia Pujol, Monedero y sus chanchullos fiscales o cualquiera de los administradores de cajas de ahorro incursos en procesos judiciales después de saquear y quebrar esas entidades entregadas a las ávidas manos de los políticos. Fue el “protoladrón”, el paradigma de la corrupción, el malvado por antonomasia. No el único, desde luego, pero sí uno de los más señalados para el escarnio por esos “guardianes de la pureza” que se lucran, económica y profesionalmente, de convertir sus plataformas “informativas” en auténticos circos romanos donde su pulgar, y solo su pulgar, es el que abre o cierra la jaula donde aguardan las fieras hambrientas.

Aclaro que no sentía la menor simpatía personal por el finado, a quien saludé en un par de ocasiones hace muchos años, y que, visto lo juzgado por la Audiencia Nacional y las causas que aún tenía pendientes, un largo horizonte carcelario me habrá parecido lo más justo. Mi fe en los tribunales es muy limitada, dado el alto grado de politización a que están sujetos, pero supera la que me inspira esa “justicia popular” a la que apelan, sin atreverse a decirlo, los instigadores de esos apaleamientos. La civilización, la democracia, las garantías procesales constituyen conquistas irrenunciables del ámbito judicial que deberían protegerse a cualquier coste. La decencia profesional, la independencia de criterio, el equilibrio, si no la objetividad, el respeto, la mesura, serían muy de agradecer si hablamos de periodismo. Porque a cosas como ésta se debe que nuestra profesión sea la más despreciada por los ciudadanos, en foto-finish con la política.

Columna de Isabel San Sebastián.

ABC, España, 21-07 2017

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