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No teníamos nada, por Soledad Alvear

No teníamos nada, por Soledad Alvear

No teníamos nada, por Soledad Alvear

UNA SERIE televisiva sobre la historia del Mundial de 1962 ha sorprendido gratamente a la crítica y conmueve a los chilenos de todas las edades. A mí me llega especialmente, porque uno de los “Tres Mosqueteros”, ese trío que sacó la idea adelante contra viento y marea, fue mi padre, Ernesto Alvear Retamal.

 

 Eran los tiempos heroicos, donde el fútbol se jugaba por amor a la camiseta. Esto valía no sólo en el caso de los 11 jugadores que estaban en la cancha, sino también respecto de los dirigentes, que se dedicaban a esa tarea a costa de grandes sacrificios económicos.

¿Cómo nació el Mundial hace 55 años atrás? Al principio fue una idea en la mente de mi padre, al asistir a una reunión de la Fifa en Helsinki, en 1952: no es imposible que Chile organice un Mundial. Al llegar a Chile, esa fantasía se transformó en una verdadera obsesión para ese trío inolvidable, formado por Carlos Dittborn, Juan Pinto Durán y él mismo.

A nadie se le ocultaba que el proyecto era imposible: Chile era un país pobre; sus instalaciones deportivas, más que modestas, presentaban un aspecto lamentable, y para colmo quedaba muy lejos de todo, en una época en que las comunicaciones internacionales eran todavía precarias. Pero precisamente “porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo”, dijo Carlos Dittborn.

Ni siquiera había plata para inscribir la postulación: la pusieron los tres “locos” a los que muchos miraban con una mezcla de desprecio y conmiseración. Al frente, tenían a Argentina, la otra candidata para organizar el torneo. La declaración de su representante al presentar la postulación era elocuente: “Podemos hacer el Mundial mañana mismo. Lo tenemos todo”

Pero la gran idea de los “Tres Mosqueteros” no se dejaba derrotar ni por las condiciones internacionales adversas ni por las dificultades internas. Se consiguió un amplio triunfo en la decisión de la FIFA. Obtenido lo más difícil, no era el momento para dejarse vencer por los pesimistas de siempre (“realistas”, se llaman a sí mismo). Se construyeron estadios y se preparó la Villa Olímpica. Fernando Riera, por su parte, hacía lo suyo, para darle un nivel profesional a unos deportistas que tenían mucho entusiasmo y corazón, pero que debieron trabajar muy duro para quedar en condiciones de enfrentar a los grandes de entonces. “Disciplina”, era la palabra que más se oía por entonces.

Hubo que superar el individualismo, la desconfianza, el pesimismo, y el terrible terremoto de 1960. Pero la prueba más dura fue la muerte de Juan Pinto Durán, primero, en 1957, y de Carlos Dittborn pocos días antes de comenzar el Mundial. Fueron golpes durísimos. Pero el ejemplo de esos hombres ya estaba grabado en las mentes de todos los chilenos, y el país entero se movilizó para suplir con empeño y cariño la falta de medios. Porque el nuestro fue un Mundial sobrio, donde nadie pretendió mostrar lo que no éramos. Sobriedad, patriotismo, perseverancia, trabajo en equipo: así triunfa una gran idea.

Blog de Soledad Alvear.

LA TERCERA, 05-07-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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