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El síndrome de Stendhal: ¿existe de verdad el mal del viajero?

El síndrome de Stendhal: ¿existe de verdad el mal del viajero?

El síndrome de Stendhal: ¿existe de verdad el mal del viajero?

La observación de obras de gran belleza en un corto espacio de tiempo puede causar desde mareo a taquicardia

 

Ya lo decía Freud, de la belleza también se puede enfermar, y es que lo “bello” lleva intrínseco un elemento perturbador que puede alterar nuestras facultades intelectuales y turbarnos el ánimo. ¿No ha sentido nunca un cierto desasosiego interior al contemplar una obra de arte? Entonces puede estar tranquilo, eso significa que no ha sufrido el síndrome de Stendhal.

Este síndrome es una situación anímica que se desencadena tras observar obras de gran belleza en una misma ciudad y durante un corto espacio de tiempo. También es conocido como el síndrome del estrés del viajero o la enfermedad de los museos. Los turistas que lo han sufrido aquejan taquicardia, sudoración, sofocación, tensión emocional, agotamiento y mareo.

Florencia, cuna del síndrome

Cuando uno le pregunta a un florentino qué es lo que son, responderán diciendo qué es lo que fueron. Y en verdad razón no les falta. Sus calles están sembradas de obras artísticas, desde la cúpula de Brunelleschi, que puede verse desde cualquier punto de la ciudad –y de Italia, que dirían los florentinos- hasta la iglesia de Santa Croce, pasando por el palacio de los Uffizi, la Piaza della Signoria, el Ponte Vecchio o la casa de Dante, por citar tan sólo alguno de ellos.

Con tanta acumulación de belleza artística por metro cuadrado no es de extrañar que el escritor francés Marie-Henry Beyle (1783-1842), más conocido como Stendhal, sufriera un empacho artístico.

Sucedió el 22 de enero de 1817 –hace ahora justo 200 años- tras un largo día paseando por las calles de Florencia, admirando tallas, cúpulas, frescos, fachadas… el escritor comenzó a encontrarse mal al llegar a la iglesia de Santa Croce. En su diario escribió: “me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”. Tras ser examinado por un médico, que no hizo otra cosa que tomarle el pulso y mirarle a los ojos, le dijo que padecía de “sobredosis de belleza”.

¿Mito o realidad?

En 1989 una psiquiatra italiana, la doctora Graziella Magherini, después de llevar más de dos décadas trabajando en el Hospital de Santa María Nuova, en Florencia, describió más de un centenar de casos similares al que sufrió Stendhal en turistas y visitantes de la ciudad. Se describe científicamente como una reacción psicosomática y corporal provocada por la saturación que produce la sobrecontemplación de la belleza en un corto espacio de tiempo. En algunos casos, en los más severos, a los síntomas descritos por Stendhal se puede añadir amnesia, paranoia, crisis de pánico e, incluso, alucinaciones.

Los detractores de esta enfermedad dudan que realmente este cuadro psicosomático sea un síndrome y lo consideran más como una reacción autoinducida, dado que en la mayor parte de los casos los síntomas son leves y se manifiestan de forma positiva (emoción, placer…). Por otra parte, hay que matizar que no es un trastorno mental específico y definido.

En fin, la controversia está servida, para algunos es una patología para otros una sugestión artística. Es posible que haya algunos factores externos que envuelven al individuo y que pueden acentuar la sintomatología emocional. Entre ellos se encuentran el cansancio, la deshidratación, el hambre, la temperatura…

No en balde, Stendhal llegó a Florencia en una diligencia después de un viaje de varias horas, en el que no hubo lugar para el descanso. El escritor francés inició su periplo por Italia el 24 de septiembre de 1816, viaje que le llevaría a conocer Milán, Bolonia, Roma y Nápoles, entre otras ciudades.

Referente romántico

Los viajes se conciben en la mayoría de los casos como descanso, diversión o aventura, y, en algunos casos, como alimento del alma. En esta última acepción vendría a representar una aventura interior y una fuente de pasiones, aquí estaríamos en riesgo de sufrir esta curiosa patología. Por este motivo, yo me quedo con el referente romántico del síndrome de Stendhal, y con el hecho de que la contemplación de la belleza sublime puede originar un ritmo emocional in crescendo que se puede traducir en síntomas psicosomáticos.

Seguro que más de uno estará pensando a estas alturas que si Stendhal hubiese viajado a otros lugares como San Petersburgo, Córdoba, Estambul o París habría corrido la misma suerte. No tengo la menor duda.

Pedro Gargantilla, médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

ABC, Madrid, 02-07-2017

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- “I don’t know”

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