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POPURRÍ

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Lillian Calm escribe: “Me habría encantado haber seguido hablando de Mario Moreno, conocido incluso por los más jóvenes que desconocen (huelga la redundancia) a todo actor de antaño. Pero en estos días han ocurrido tantos hechos que por lo menos me quiero detener en dos o tres, y es por ello que titulé esta columna ‘Popurrí’, tomado del francés pot pourrí y aceptado por la Real Academia de la Lengua en la primera de sus acepciones como ‘mezcolanza de cosas diversas, cajón de sastre’”.

Hace exactamente medio siglo fui a mi primera conferencia de prensa. No es que yo guarde un archivo de hitos profesionales ni nada que se le parezca. Pero resulta que en la sección “Hace 50 años” de “El Mercurio” apareció el otro día un breve recordatorio bajo el título “Cantinflas en Chile”. Y yo fui (¿cómo olvidarlo?) a la conferencia de prensa que dio Mario Moreno en el entonces Hotel Carrera, hoy edificio de la Cancillería.

Por la fecha, 1967, compruebo que ni siquiera estaba haciendo mi práctica periodística. Me encontraba aún en la universidad y editábamos “Presente”, publicación semanal de ocho páginas que no salía ni siquiera a las afueras de la Escuela, pero con la que aprendimos lo que era editar un periódico. ¿El profesor?  Cristián Zegers, hoy Premio Nacional de Periodismo y en vísperas de viajar a Madrid para recibir el prestigiado Luca de Tena, otorgado a trayectorias sobresalientes.

Tengo en la mente esa conferencia de prensa. Entré bastante tímida, me senté entre veteranos de la profesión, apareció el mismísimo Cantinflas e incluso hice una pregunta que recuerdo como si fuera hoy:

“¿Usted se ríe con sus chistes?”.

De lo que no guardo memoria alguna es de la respuesta, pero al día siguiente pregunta y respuesta aparecieron publicadas en los diarios (debo tener los recortes en algún archivo perdido por ahí) y un periodista, de esos veteranos (tampoco recuerdo quien era), se me acercó para decirme: “Muy buena pregunta”. Desde ese minuto dejé para siempre de tenerle respeto a las conferencias de prensa que, no sé por qué, hoy han sido rebautizadas como puntos de prensa.

Me habría encantado haber seguido hablando de Mario Moreno, conocido incluso por los más jóvenes que desconocen (huelga la redundancia) a todo actor de antaño. Pero en estos días han ocurrido tantos hechos que por lo menos me quiero detener en dos o tres, y es por ello que titulé esta columna “Popurrí”, tomado del francés pot pourrí y aceptado por la Real Academia de la Lengua en la primera de sus acepciones como “mezcolanza de cosas diversas, cajón de sastre”.

El primer suceso al que no puedo dejar de referirme, y no es absolutamente ajeno a lo anterior ya que puede catalogarse de genuino cantinfleo, es que en plena vigencia de la democracia un candidato presidencial, claro que en honor a la verdad de esos de consignas livianitas, llamara a los chilenos a no votar en las primarias, sino a ver el partido (de fútbol, se entiende) y a dormirse una buena siesta.

Transcribo textual de otros medios las palabras del senador Alejandro Guillier: “No los voy a alentar a que vayan a votar, para qué voy a hacer tan falsete (…) No puedo tener la tentación sino (de) decirles que este domingo duerman tranquilos, preparen bien el asado, vean el partido con los amigos, se peguen una buena siesta después”.

Algunos lo han interpretado como una broma, pero el problema está en que la democracia en Chile… ya no está para bromas. Y si bien otras declaraciones suyas trataron de evaporar las precedentes, de poco sirvieron. Por lo demás, contra las predicciones, los electores acudieron casi en masa a votar. Pero parece que sí le hicieron caso en lo del asado, tanto que al día siguiente de la elección y del partido de fútbol, las autoridades declararon por si acaso restricción vehicular en determinados puntos al llegar a creer, erróneamente, que vivíamos un episodio crítico de la calidad del aire.

Pero sigamos con el cajón de sastre.

Aún no me repongo de esas fotografías tomadas en un pabellón quirúrgico de un renombrado hospital clínico universitario en que los médicos, en plena cirugía, en vez de estar pendientes del paciente lo estaban del partido de  fútbol Chile-Portugal jugado en Rusia. La fotografía y la información ocuparon incluso diversas portadas de diarios internacionales. Un solo ejemplo: el “Excelsior” de México. En la foto, el médico mira el televisor y no al paciente. El título aparece entre exclamaciones: “¡Médicos detienen cirugía para festejar el triunfo de Chile!”.

Al día siguiente otros médicos, y parece que de bastantes oropeles, salieron en defensa de los anteriores. Sólo puedo decir que yo no me operaría ni con los primeros ni menos con los defensores, es decir, con ésos de los oropeles.

Y un último trofeo extraído del cajón de sastre: qué difícil se nos hizo durante la semana pasada encontrar informaciones sobre las primarias en medio de un cúmulo de noticias futbolísticas. ¿En qué quedó el civismo de antaño que se daba en las elecciones de nuestro país, por muy primarias que hayan sido éstas?

No estoy contra el fútbol (otra cosa es que yo prefiera leer un buen libro a ver un partido). Por el contrario. Ojalá fueran muchos los jóvenes que lo practicaran teniendo como ejemplo a figuras que sí valen la pena: un Claudio Bravo, por decir un nombre.

Pero la semana pasada, al sintonizar la radio en medio del momento clave de la política que estamos viviendo, llegué a pensar por un momento que no entendía nada de lo que estaba oyendo al toparme de bruces en el dial con uno de los tantos comentaristas deportivos (ni siquiera lo puedo identificar) que, ya en el colmo del delirio y en despacho directo, decía estar llegando a la ciudad rusa del emperador Pedro El Grande nada menos que con el rey Arturo. La ciudad imperial por supuesto era San Petesburgo y el rey (para los pocos que no entienden mucho de fútbol) no era el rey Arturo del Santo Grial sino Vidal, un buen futbolista chileno.

¡Ni Cantinflas!

Lillian Calm

Periodista

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