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Muere Joaquín Navarro Valls, un portavoz «Grande»

Muere Joaquín Navarro Valls, un portavoz «Grande»

Muere Joaquín Navarro Valls, un portavoz «Grande»

Fue corresponsal de ABC y portavoz de El Vaticano

 

El médico y periodista español Joaquín Navarro Valls, conocido en todo el planeta como portavoz de Juan Pablo II, ha fallecido el miércoles en Roma a los ochenta años. Había nacido en Cartagena en 1936.

Igual que el Papa Francisco, también Juan Pablo II solía tomar decisiones sin precedentes en la Curia vaticana, que molestaban a los «monsignori» más clericales o carreristas. Una de las más afortunadas fue llamar como portavoz en 1984 a un joven periodista español: el corresponsal de ABC en Roma, Joaquín Navarro Valls, el primer laico y el primer no italiano que ejercería esa tarea.

El resultado fue una maravilla, y los 22 años de Navarro Valls como portavoz del Vaticano —codo a codo diariamente con san Juan Pablo II «el Grande»— son una piedra miliar en la historia de los Papas y en la historia de la comunicación.

El santo Papa polaco tuvo un portavoz también «Grande». De puertas adentro, como gran columna teológica, Karol Wojtyla contaba con Joseph Ratzinger. De puertas afuera, con el «doctor Navarro».

Joaquín Navarro Valls tenía varias almas. Era cartagenero, pero también un poco catalán por herencia de familia. Era un médico psiquiatra con una gran vocación profesional, pero también, como miembro del Opus Dei, una persona que entendía la importancia de evangelizar y estaba dispuesta a cambiar de actividad por el bien de otros. Por eso se hizo periodista entre las primeras promociones de la Universidad de Navarra.

Y por eso ampliaba estudios humanísticos en Roma, colaborando con san Josemaría Escrivá y el beato Álvaro del Portillo en trabajos de comunicación hasta 1979, cuando don Guillermo Luca de Tena le descubre y le nombra corresponsal de ABC para Italia y el Mediterráneo Oriental.

Esa espléndida tarea, que tanto le gustaba recordar, decanta su profesión hacia el periodismo hasta que, en 1984, cuando era presidente de la Asociación de Corresponsales Extranjeros, es Juan Pablo II quien le descubre y da otro golpe de timón a su vida. Pasa a ser portavoz, consejero y amigo de un Papa al que acompaña incluso en las vacaciones y en las excursiones a la montaña.

Era más que un portavoz. Juan Pablo II le confía tareas diplomáticas a título de delegado personal, como entrevistarse con Fidel Castro en 1998 para preparar el primer viaje de un Papa a Cuba. O le incorporaba a la delegación de la Santa Sede en las grandes conferencias internacionales de Naciones Unidas sobre temas sociales como las de El Cairo (1994) o Pekín (1995).

Cientos de periodistas han disfrutado durante años de su presencia y su trabajo, sobre todo en casi un centenar de viajes internacionales volando con Juan Pablo II y Benedicto XVI. Siempre tenía una sonrisa y un comentario positivo. Siempre estaba al alcance de la mano para explicar lo que iba pasando en esos viajes complejos y agotadores más allá de lo imaginable.

Todos los vaticanistas veteranos recuerdan la larga enfermedad final de Juan Pablo II, y aquel «briefing», el 1 de abril de 2005, en que Joaquín rompió a llorar ante una pregunta personal sobre sus sentimientos. Sus lágrimas revelaban lo que sus palabras intentaban ocultarnos: el Papa que adoraba, y con el que llevaba 20 años trabajando, fallecería al día siguiente.

En el verano de 2006, Navarro Valls dejaba el Vaticano con todos los honores y poco después volvía a lo que llamaba su «primer amor», la medicina, como presidente del Advisory Board de la Universidad Campus Bio-Médico en Roma.

Tenía ya 70 años, y cada vez jugaba menos al tenis, pero siempre siguió disfrutando los grandes partidos en la televisión. También tuvo que dejar la piragua, pero no la lectura de «thrillers» y, sobre todo, de biografías de grandes personajes.

Era un apasionado de las arriesgadas exploraciones árticas y antárticas. Admiraba a Amundsen, a Scott y a Shackleton en los desiertos de hielo, como también elogiaba la resistencia de los beduinos y sus camellos en largas travesías por el desierto de arena.

En cierto modo, su carácter era el de un aventurero valiente y estoico. Era casi imposible sospechar que era diabético, y que tenía que ponerse inyecciones con frecuencia sin que nadie lo notase.

Durante los dos últimos años fue un enfermo grave, pero conseguía que casi nadie se diese cuenta. Seguía empeñado en levantarse temprano, en conducir su automóvil en medio del caos de Roma y en no quedarse nunca en cama durante el día, salvo las temporadas que pasaba en el hospital.

Era doctor «honoris causa» por ocho universidades de Europa y de América, y había recibido altas condecoraciones de nueve países, pero no las consideraba un mérito propio.

Sabía que medallas y doctorados eran también homenaje al extraordinario Papa al que había servido. Y que lo realmente esperado en las lecciones magistrales no era que hablase de comunicación sino de Juan Pablo II «el Grande». Lo hacía encantado. Y mejor que nadie.

Juan Vicente Boo, corresponsal en El Vaticano

ABC, España, 05-07-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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