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Ciencia, Dios y Libertad

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Ciencia, Dios y Libertad
junio 29

Cierto que hay científicos no creyentes, pero observamos que fe en Dios y mundo racional o experimental no son incompatibles; si falta, se suple con otras creencias devenidas dogmáticas…

Las redes sociales no suelen ser buen punto de encuentro con la ciencia o la cultura en general. No porque no sea su lugar frecuentemente. Pero se lee poco si se ve extenso. Invitan a la velocidad, tal vez por la complicidad de pinchar un me gusta o una recomendación sin haber leído el trabajo. Pero cometeré la osadía de partir de algo visto en un WhatsApp. Varios científicos, premios Nobel de física dan su opinión acerca de si la ciencia aleja de Dios: ¿por qué creo en Dios? Porque veo un universo que, si se hubiera construido algo diferente, nunca habría dado a luz a las estrellas ni a los planetas y, mucho menos, a las bacterias y a las personas (William D. Philips). El primer trago de la copa de las ciencias naturales te volverá ateo, pero en el fondo de esa copa te espera Dios (Werner K. Heisenberg).

Como observador de la naturaleza, no puedo evitar pensar que existe un orden superior. La idea de que todo es fruto de la fortuna para mí es inaceptable (Carlo Rubbia). En ausencia de incidente absurdamente improbable, las observaciones de la ciencia moderna parecen sugerir una dimensión sobrenatural (Arno A Penzias). Mientras más vamos conociendo nuestro universo, la probabilidad de que todo se haya dado por procesos casuales se vuelve cada vez más remota (Arthur H. Compton). Las únicas respuestas posibles son de orden religioso… tanto en el universo como en mi propia vida tengo necesidad de Dios (Arthur L. Schawlow). Detrás de la fuerza que hace vibrar las partículas atómicas debemos suponer un espíritu inteligente y consciente (Max Planck). Todo el que está involucrado en la búsqueda de la ciencia se convence de que en ella se manifiesta un espíritu muy superior al del hombre, frente al cual debemos sentirnos humildes (Albert Einstein).

Alister McGrath, ateo convertido, escribió: desde un punto de vista histórico, la revolución científica parece haber comenzado en el Occidente cristiano debido fundamentalmente a la idea teológica que afirma la existencia de un orden creado racional y estructurado, un orden que puede ser estudiado para glorificar y honrar a Dios. Ha existido siempre una fuerte motivación religiosa en la investigación científica de la naturaleza. Escritores creyentes como Tomás de Aquino han insistido continuamente en que la regularidad y la belleza del mundo natural apuntan a la sabiduría y la belleza de Dios. Estudiar la creación es una manera de entender a Dios de un modo más pleno. Pero las ciencias experimentales han buscado copar toda la ciencia, sin contar la más sublime: la razón que piensa la realidad.

El influjo del positivismo y de la metodología de las ciencias exactas y experimentales, explica Barnés, no ha sido beneficioso. Lo fragmentario inunda los estudios de Humanidades, pese a que, precisamente, las ciencias humanas tienen como fin integrar y dotar de sentido al mundo”. El mismo McGrath declaraba en una ocasión: Comencé a darme cuenta de que los seres humanos necesitamos respuestas de orden existencial sobre el significado, el valor y el propósito de la vida y no solo entender cómo funciona el universo. Más tarde, encontré una cita del filósofo español Ortega y Gasset que creo que refleja muy bien esta idea: “La verdad científica se caracteriza por su exactitud y el rigor de sus previsiones. Pero estas admirables cualidades son conquistadas por la ciencia experimental a cambio de mantenerse en un plano de problemas secundarios, dejando intactas las últimas, las cuestiones decisivas”. Magnífica aportación de nuestro Ortega. Cierto que hay científicos no creyentes, pero observamos que fe en Dios y mundo racional o experimental no son incompatibles. Si falta, se suple con otras creencias devenidas dogmáticas: ideología de género, relativismo o laicismo militante.

Así nos alejamos de la sugestiva expresión del Papa Francisco: la cultura del encuentro, se cambia por un progresivo distanciamiento, que bien puede acabar en imposición dictatorial del que manda. No aceptan que la fe en Dios es garantía de libertad pero Él nos ha creado libres y nos desea libres. Escribía Juan Pablo II: “Es preciso recordar constantemente que la libertad, entendida como arbitrio, separada de la verdad y del bien, la libertad separada de los Mandamientos de Dios, se convierte en una amenaza para el hombre y para la mujer, y lleva a la esclavitud, volviéndose contra el individuo y contra la sociedad”.

Acabo tomando unas palabras de Pedro Paricio, colaborador de LP: Lo que está en juego aquí es la obtención de un destino de infinitud, en el que, por gozar de una existencia definitiva y permanente, se posea una vida interminable y auténtica, sin el desespero de esta tierra inquieta, sin la impaciencia del huidizo tiempo, sin el cansancio de cargas que abisman, sin el agobio de urgencias sin sentido, sin la ansiedad de la nada aterradora, sin la pena de una alegría que no se sabe definitiva. Es un destino que nos abre a la gran revelación: que la vida es Cristo, que sólo Él sabe que el precepto del Padre es la vida eterna y que sólo Él es quien nos la da para que no perezcamos para siempre.

Pablo Cabellos Llorente, en Las Provincias.

ALMUDI, 27-06-2017

 

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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