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Tercera guerra mundial

Tercera guerra mundial

Tercera guerra mundial

Esta guerra no durará años como las anteriores. Va para décadas.

 

No se libra con métodos convencionales ni se parece a las otras, pero se trata de una guerra. Una guerra en la que el enemigo puede ser el vecino de al lado y su arma, un cuchillo de cocina o una furgoneta. Una guerra de asesinos que han elegido como frente nuestras ciudades y como contrincantes a civiles indefensos. Una guerra en la que confluyen odios ancestrales, religión, fanatismo, frustración de millones de hombres atrapados en una creencia incompatible con el progreso y la libertad, buenismo por nuestra parte, falta de firmeza en los principios y cobardía. Una guerra de alcance planetario cuyo origen y epicentro se sitúa en el corazón del mundo musulmán, dividido en facciones cada vez más radicalizadas de las que salen los «guerreros» dispuestos a morir matándonos.

No es una guerra al uso pero es una guerra mundial. La Tercera. Y cuanto antes asumamos que lo es, antes tomaremos las medidas necesarias para ganarla. ¿Cuáles? Ayer mismo enunció unas cuantas la primera ministra del Reino Unido, atacado por tercera vez en otros tantos meses, a la vez que entonaba solemne el ¡Basta ya!: Reforzar la vigilancia y control de las redes sociales utilizadas por los fanáticos para extender su veneno sectario. Mantener hasta la victoria final la lucha militar contra el califato de Daesh en Irak y Siria. Poner fin a la tolerancia mostrada hasta ahora con ciertas interpretaciones extremas del Islam (como las predicadas en mezquitas salafistas y otros antros de perversión que deberían llevar lustros clausurados a todo lo largo y ancho de la UE. Esto no lo dijo Theresa May, pero es lo que se desprende de sus palabras). Un discurso parecido había pronunciado antes que ella el expresidente Hollande tras los atentados de París, aunque la reacción se limitó finalmente a un incremento sustancial de la presencia policial. Los Estados Unidos, como en las dos conflagraciones anteriores, tratan de optar por el aislacionismo unido al cierre de fronteras, aunque tendrán que aceptar que la amenaza les atañe de lleno y actuar en consecuencia; esto es, acudiendo al rescate de la civilización asaltada por los combatientes de esa «ideología diabólica llamada islamismo», según la acertada definición de la premier británica. Los demás integrantes del bando occidental desempeñaremos un papel menor pero habremos de contribuir al esfuerzo colectivo, porque con quienes de verdad podrían actuar de forma eficaz para contener la ofensiva cortándole los suministros ideológicos y financieros, con países como Arabia Saudí o Irán, no contamos en absoluto. Juegan en el otro equipo.

Esta guerra no durará años como las anteriores. Va para décadas. Será especialmente cruenta allá donde surgió el germen religioso que la alimenta y donde prevalecen sus dogmas, sin dejar de proyectar la onda expansiva de su virulencia sobre nuestras sociedades democráticas. Por eso debemos defendernos, aunque para ello sea preciso renunciar a derechos que creíamos irrenunciable. Mejor ceder libertad de movimientos o parcelas de intimidad que abrir brechas de seguridad garantistas por las que se cuelan sus sicarios. Las guerras, guerras son.

¡Por cierto! España, al igual que Francia o Reino Unido, debería estar en un nivel de alerta cinco, atendiendo al riesgo de atentado. Especialmente Cataluña, donde anida lo peor de la bestia islamista autóctona. ¿Por qué no ha sido decretada esa medida? Para no desplegar soldados en las calles catalanas y dar con ello argumentos al victimismo nacionalista. Miserias locales cuya mezquindad resplandece ante la gravedad de lo que está en juego.

Columna de Isabel San Sebastián. ABC, Madrid, 06-06-2017

 

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