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Suicidio socialista

Suicidio socialista

Suicidio socialista

Tengo para mí que el PSOE no sale de ésta. No, al menos, en forma y fondo comparables a lo que fue y representó. La guerra que se ha librado en el partido a lo largo de estos meses por el control de la organización lo ha dejado reducido a escombros, sobre los que reinará un Pedro Sánchez ávido de venganza. 

Susana Díaz está muerta fuera de su feudo andaluz. Patxi López sobrevivirá, sometido sin condición. Pero las ruinas son tan difíciles de recomponer en algo parecido a una casa común que si yo fuera dirigente de una formación política me grabaría a fuego en el programa que las primarias, lejos de constituir la mejor receta posible para dirimir el liderazgo, son la peor. Un auténtico suicidio.

La lucha abierta entre aspirantes a la secretaría general o la cabeza de una lista no solo abre heridas purulentas entre presuntos compañeros, exhibidas con deleite en ciertos medios de comunicación para mayor gloria de las siglas que aspiran a comerse los despojos, sino que pone al descubierto el divorcio existente entre los deseos y expectativas de una militancia ahíta de ideología y los del conjunto del electorado que escoge su papeleta en busca de soluciones para problemas reales. ¿Qué empresa o qué familia saldría indemne de un debate público a martillazos como el mantenido entre Díaz, López y Sánchez, fingiendo haber zanjado en él las diferencias y volver a caminar unida? Ninguna. La fórmula solo funciona, como juego de apariencias, cuando se convierte en mero trámite al que concurre un candidato predeterminado y otro en calidad de sparring dispuesto a ser vapuleado. Cuando hay pelea de verdad, como en este caso, los daños son tales que resultan irreparables para el conjunto, porque, además de alimentar odios y rencores personales brutales, como los que vimos florecer en ese duelo a tres fratricida, abren heridas por las que sangra un flujo letal de votos.

Las primarias no garantizan tampoco un incremento sustancial en la calidad de nuestro sistema de representación, en la medida en que depositan todo el poder decisorio en los militantes, obviamente más radicales en su postura que los votantes de una formación, obligando a estos últimos a tragar con la elección de esa minoría sectaria, cambiar de partido o refugiarse en la abstención. Dicho de otro modo; benefician claramente al extremismo y la demagogia, en perjuicio de la sensatez y capacidad de gobierno. Por eso gana entre las bases quien luego pierde en las urnas. Se me dirá, con razón, que mejor el conjunto de los afiliados que un pequeño número de «aparatchik» o directamente un dedazo. Pero la solución verdaderamente democrática, la única válida a efectos de recuperar para el pueblo la soberanía hoy secuestradas por los partidos, sería un cambio en la ley electoral que permitiera a los ciudadanos conocer a sus representantes y pedirles cuentas de sus actos. Una reforma hacia la circunscripción unipersonal tan distinta a la concepción actual de la relación entre elector y elegido que ninguna formación política ha querido nunca apostar por ella. 

Ganó holgadamente Pedro Sánchez pero perdieron el PSOE y España. Ganó la confrontación. Ya se relame de gusto Pablo Iglesias pensando en ese secretario general socialista ansioso por arrojarse a sus brazos para avanzar de su mano, y la del separatismo, hacia el abismo populista. Hoy Mariano Rajoy escruta el paisaje tras la batalla, analiza las encuestas que siguen colocando al PP en cabeza y se reafirma en su negativa a probar semejante cicuta.

Columna de Isabel San Sebastián. ABC, España, 22-05-2017

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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