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Piratas del Caribe, la venganza de Salazar

Piratas del Caribe, la venganza de Salazar

Piratas del Caribe, la venganza de Salazar

Directores: Espen Sandberg, Joachim Rønning .Guion: Jeff Nathanson. Intérpretes: Johnny Depp, Javier Bardem, Orlando Bloom, Geoffrey Rush, Brenton Thwaites, Kaya Scodelario, Keira Knightley, Kevin McNally, David Wenham, Stephen Graham, Adam Brown, Golshifteh Farahani, Martin Klebba, Goran D. Kleut, Jessica Green, Paul McCartney.129 min. Jóvenes. (V)

En el ya lejano 2003, hace la friolera de 14 años, Jerry Bruckeimer y Disney dieron con una especie de piedra filosofal cinematográfica. Transformaron una popular atracción de Disneylandia en película y, de paso, desenterraron el difunto cine de piratas. Es cierto que para resucitar al muerto necesitaron el talento de Gore Verbinski, que con una fórmula de manual –aventuras, amor y humor y un puñado de personajes bien dibujados– convirtió a Piratas del Caribe. La maldición de la Perla Negra en el capítulo primero de una ultrataquillera saga.

El que se presenta ahora es el quinto episodio y ha tardado más de seis años en estrenarse, quizás porque la propia Disney era consciente de los síntomas de claro agotamiento de la serie. Para paliar este cansancio, los productores de Piratas del Caribe han puesto años por medio –que es una sabia fórmula, especialmente en este cine familiar que a veces solo necesita un recambio generacional para volver a atraer– y han añadido algunos elementos para revitalizar un poco –solo un poco, no hay que exagerar– la saga.

La venganza de Salazar tiene, por una parte, nuevos personajes. Como en el caso de Star Wars, para acercarse al público joven, entran en escena los hijos de los protagonistas que pueden seguir alargando la serie hasta el infinito. Hay también un nuevo malvado, Salazar, con la cara y ferocidad de Bardem. De los viejos quedan prácticamente solo Depp y Rush, que eran lo mejorcito de las anteriores.

Hay además un toque de profundidad en su último tramo –muy en la línea de Star Wars, por cierto– que sorprende en una serie que brillaba por su frivolidad. Y hay, por último, un continuar apostando por un cuidadísimo diseño de producción pero más trabado a la historia. Si, especialmente en los últimos capítulos, habíamos visto un festival de efectos especiales dirigidos a coreografiar las batallas, aquí estos mismos efectos tienen un pretexto narrativo mucho más claro. En este sentido, escenas como el robo del banco o la última huida son, además de espectaculares, hilarantes, en el primer caso, y sumamente emocionantes, en el segundo.

En definitiva, una película que, sin llegar en ningún momento al nivel de la primera, supera con mucho los últimos piratas que habíamos visto y deja claro que hay historia para rato.

Ana Sánchez de la Nieta.@AnaSanchezNiet

ACEPRENSA, 23-05-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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