Temas & Noticias



Distintas maneras de ser de izquierdas

Distintas maneras de ser de izquierdas

Distintas maneras de ser de izquierdas

El Partido Demócrata está en un momento crucial. Tras la derrota de Hillary Clinton en las presidenciales de noviembre, toca definir cuál va a ser la estrategia para recuperar la Casa Blanca y las mayorías en la Cámara de Representantes y el Senado. ¿Optará por convertirse en un movimiento de protestones malhumorados, como se achacó al Tea Party? ¿Se decantará por el populismo económico del ala más a la izquierda del partido? ¿Seguirá en la línea de la política identitaria de Obama?

Hillary Clinton regresa a la escena política con la plataforma Onward Together (Juntos adelante), con la que quiere ayudar a los movimientos de base y a los candidatos demócratas con “valores progresistas”.

El Partido Republicano no se ha tomado muy en serio la iniciativa, presentándola como la reformulación de su “fallida marca”. Pero no deja de ser una jugada inteligente. De entrada, es una forma de influir en el debate de moda en el Partido Demócrata: ¿qué convierte a alguien en progresista? A los ojos de muchos demócratas, progresista será lo que tenga el visto bueno de Clinton.

La pregunta sobre los candidatos ideales es una pregunta sobre la identidad del Partido Demócrata y, de paso, sobre las esencias del progresismo

También es una mano tendida a las bases, lo que es bueno para el partido y para el legado de Clinton: la excandidata del establishment demócrata se ofrece ahora a ayudar con su influencia –y seguramente con el dinero que recaude su plataforma, para la que ya está pidiendo donaciones– las iniciativas que surjan de abajo.

Viejos y jóvenes por el cambio

Sea como fuere, su recién anunciada plataforma da algunas pistas de por dónde puede ir la renovación del Partido Demócrata. Una es el “momento ciudadano”, que plantea la oposición a Trump en las calles casi como una exigencia moral y que, de paso, brinda al establishment demócrata –Clinton incluida– la oportunidad de redimirse por su alejamiento de las bases. Aquí la referencia a Bernie Sanders es obligada: llama la atención que un senador registrado desde 1979 como independiente –con el paréntesis de 2015 a 2016– se haya convertido en un referente para millones de demócratas.

Aunque perdió en las primarias frente a Clinton, Sanders y su prometida “revolución” siguen siendo muy populares en la izquierda. Lo explicaba en The Guardian Susan Bordo, autora del libro The Destruction of Hillary Clinton: el veterano senador es “el vehículo perfecto para revivir la pasión política tanto de la vieja izquierda, ilusionada por estar de nuevo en el lado de la ‘revolución’, como de la generación más joven que todavía tiene que experimentar el sentido de la rectitud y la comunidad, y la creencia en la posibilidad del cambio radical”.

Supuestamente, Sanders es la forma de ser de izquierdas sin pagar peajes a Wall Street ni a las grandes empresas. Pero Bordo, que prefiere a Clinton frente a Sanders, previene contra los maniqueísmos: “Establishment es un término bastante vacío, sobre todo cuando un político de Washington lo esgrime contra un colega. Ni Sanders ni Clinton han operado fuera del sistema”. Y culpa a Sanders por haber contribuido a presentar a su adversaria como una aliada del statu quo.

Ocupar la calle 

La izquierda norteamericana cuenta con una larga tradición de movilización ciudadana. Solo en años recientes ha dado origen a movimientos tan emblemáticos como Occupy Wall Street, Black Lives Matter o Fight For 15.

Pero el fenómeno Trump ha acentuado aún más esa pulsión: se vio con la llamada Marcha de las Mujeres, celebrada un día después de que el republicano tomara posesión como presidente. Y antes, durante la campaña electoral, con la aparición de grupos de base como Our Revolution (a favor de Sanders) o el Progressive Change Campaign Committee que apoya, entre otros candidatos, a la senadora de Massachusetts Elizabeth Warren, la otra cara visible del populismo de izquierdas en EE.UU.

Supuestamente, Sanders es la forma de ser de izquierdas sin pagar peajes a Wall Street ni a las grandes empresas.

Algunos líderes demócratas –escribía The Economist a finales de enero– están convencidos de que ha llegado el momento para un Tea Party de la izquierda (un “Herbal Tea Party”, subtitulan algunos), con la misión de ofrecer resistencia en todo momento al nuevo presidente”. Claro que emprender la senda del obstruccionismo, como hizo el Tea Party con Obama, puede ser insuficiente: The Economist recuerda que la estrategia electoral de presentar a Trump como “un tipo malo” no impidió que recibiera el apoyo de votantes republicanos críticos con el entonces candidato.

Además, el activismo en contra puede pasar factura, como le ocurrió al Partido Republicano cuando varios de sus donantes pidieron a sus líderes que se distanciaran de las tácticas broncas promovidas por algunos grupos del Tea Party.

En busca del progresista puro

La otra tendencia de fondo a la que apunta la plataforma de Clinton es el debate sobre la redefinición del progresismo. A grandes rasgos, la división es entre un sector de la izquierda interesada sobre todo por reducir la desigualdad económica y menos por las guerras culturales (aborto, suicidio asistido, agenda LGTB, marihuana legal…), y otro que insiste en mantener el foco en la política identitaria (y en los “nuevos derechos” que trae), sin abandonar la justicia social.

El debate empezó en la campaña electoral de 2016, y ha vuelto a resurgir con motivo de la reestructuración del partido tras la derrota de Clinton. En la práctica, la cuestión que se plantea es la siguiente: ¿a qué candidato deberían apoyar los demócratas de entre los que se postulan a un cargo en la formación o han empezado a moverse para las legislativas de 2018? ¿Basta que priorice la justicia social o se le ha de exigir también –e incluso, en primer lugar– la adhesión incondicional al credo de los valores morales “progresistas”?

Para los partidarios de la primera opción –más próximos al círculo de Sanders–, ese enfoque permitiría a los demócratas “hacer avances en las zonas conservadoras del país”, como explica Clare Floran en The Atlantic. En cambio, para los segundos –asociados a Clinton–, es impensable que un demócrata puro y duro pueda relativizar su compromiso con la nueva cruzada moral de la izquierda.

Juntos ¿hacia dónde?

El debate tiene parte ficticia, y parte real. La ficticia: ni Sanders ni Clinton pueden ser etiquetados con un solo tipo de progresismo. Aunque el senador por Vermont da prioridad a lo económico, el programa de la excandidata en las presidenciales de 2016 incluía medidas en la línea de lo que demandaba aquel: creación de un impuesto para las compañías que se vayan de EE.UU. para tributar menos; matrículas gratuitas en las universidades públicas para los estudiantes de familias con ingresos bajos; aumentar el salario mínimo federal; impulsar la igualdad salarial de las mujeres…

Por otra parte, tanto Sanders como Clinton han recibido de Planned Parenthood la máxima puntuación por su historial de votaciones a favor de los llamados “derechos reproductivos”. Si bien, el hecho de que la ex secretaria de Estado fuera más activa en este asunto y conectara más con las feministas de la vieja escuela, hizo que Planned Parenthood se decantara por darle a ella su apoyo en las primarias.

La parte real de este debate es visible en el pulso de poder que mantienen las dos facciones del Partido Demócrata respecto a sus candidatos favoritos. Floran lo ilustra con dos ejemplos. Sanders no considera progresista a Jon Ossoff –un joven demócrata que compite por un escaño vacante al Congreso por Georgia–, pues a su juicio no se toma en serio la desigualdad de ingresos. Pero sí al senador demócrata Heath Mello, candidato a alcalde en Omaha (Nebraska), al que algunos acusan de anti-choice.

Otro ejemplo es la tensión que se vivió en la llamada “gira de la unidad”, pensada por el Partido Demócrata para reunir a ambas facciones. Sanders y Tom Pérez, el nuevo líder del Comité Nacional Demócrata (CND), recorrieron juntos varios estados para transmitir al electorado que el favorito de las bases y el del establishment pueden ir tranquilamente del brazo. Pero la tranquilidad saltó por los aires cuando algunos simpatizantes de Sanders abuchearon a Pérez, según informa el periodista de Univision Fernando Peinado.

La fórmula Obama

Para Peinado, Sanders y Pérez –el primer hispano que preside el CND– encarnan otra disyuntiva para el partido: “¿Puede ser recompuesta la exitosa coalición de Obama de blancos educados, jóvenes y minorías raciales o deben los demócratas cambiar su mensaje para atraer a la clase obrera? Mientras que el establishment del partido cree en lo primero, los progresistas de Sanders optan por lo segundo”.

Dar prioridad a lo económico sobre las guerras culturales permitiría a los demócratas pescar votos entre los conservadores, opina Clare Floran

En realidad, esta alternativa es una variante de la pregunta sobre la identidad del partido: o seguir anclados en la política identitaria de Obama –que apela tanto a las élites culturales como a las minorías– o volver a conectar con la clase trabajadora blanca que le está robando Trump.

Sobre esto, es interesante tener en cuenta una de las razones por las que se dice que Clinton perdió en noviembre: la baja participación de los afroamericanos. Pero esta hipótesis está exagerada, sostiene Nate Cohn en The New York Times. En efecto, la participación de los negros en las presidenciales de 2016 fue baja si se compara con la que logró movilizar Obama años antes. Pero es que lo de Obama fue la excepción. De hecho, las previsiones de antes de las elecciones del diario neoyorquino –que sí descontaban el efecto de la “obamanía”– prácticamente dieron en el clavo respecto a la participación electoral de ese colectivo: tan solo fue un 1% más baja de lo que esperaba.

Donde sí hubo sorpresas fue entre los blancos no hispanos. La participación de los que se inclinaban por Trump y la de quienes se decantaban por Clinton fue, respectivamente, un 7% y un 4% mayor de lo previsto por The New York Times. No obstante, otros datos llevan a Cohn a afirmar que la participación solo influyó modestamente en la victoria de Trump.

En opinión de este analista, más decisivo fue el cambio de voto entre los blancos de clase obrera que acudieron a las urnas: casi uno de cada cuatro de los que en 2012 votaron a Obama, en 2016 votaron a Trump o a un tercer candidato.

La superioridad moral es excluyente

Aunque Cohn no llega tan lejos, sus datos permiten sugerir que la política identitaria que le funcionó al primer presidente afroamericano de EE.UU. puede no irle bien a otros demócratas. Tampoco hay que descartar que las nuevas causas de la izquierda hayan acabado cansando a parte de su electorado. Es uno de los peajes de la política centrada en la defensa de los derechos de determinados colectivos, como explicaba Víctor Lapuente en El País: “Cuando apelas a un grupo concreto, alienas a otro. En este caso, al hombre blanco”. Lección, por cierto, que sirve para Trump.

También Freddie DeBoer critica el carácter excluyente de la política identitaria –y de la superioridad moral que a veces la acompaña– de la izquierda norteamericana: “El problema de convertir tu programa político en una asamblea para la aristocracia moral es que la jerarquía siempre exige exclusividad. (…) Es pura matemática: no puedes construir un partido de masas cuando tu preocupación diaria consiste en detectar a cada vez más herejes, para expulsarlos de la comunidad”.

Juan Messeguer. ACEPRENSA, 26-05-2017

Social

Powerpoint de la semana

Video Recomendado

Impresionantes Pinturas 3D del Artista Edgar Muller
La risa de Juan Pablo II
Lo que está detrás de la ideología de género (Benigno Blanco)
Loving Vincent - Trailer 2016 (web)

Humor

En el 449, el emperador Valentín III, enemigo acérrimo de Atila, condenó al exilio a su propia hermana, Honoria. Ésta, en venganza, entregó su anillo a un oficial de los hunos para que se lo mostrara a su jefe como prueba de que ella era hermana de su enemigo. Atila entendió que la joya era una oferta de matrimonio y, desgraciadamente para Honoria, dijo “sí quiero”.
------------------------------------------------------

Hessy Taft, una guagua de padres judíos, apareció en las portadas de las revistas nazis y en los afiches del Tercer Reich al ganar el concurso “Modelo de raza Aria”.

Todo sucedió porque el fotógrafo, sin la autorización de los padres, envió la foto al concurso pensando que sería una buena lección que lo ganara una niña judía como modelo del ario perfecto. --------------------------------------------------------