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La presión del grupo y el deseo de ser aceptado

La presión del grupo y el deseo de ser aceptado

La presión del grupo y el deseo de ser aceptado
mayo 25

El ansia por ser aceptado puede llegar a desestabilizarnos; por eso, reflexionar sobre los sentimientos de pertenencia es sumamente interesante

 

Jill es la primera novela del escritor británico Philip Larkin, escrita entre 1943 y 1944, cuando tenía solo veintiún años y era un inadaptado estudiante de St John’s College, en Oxford. Tiempo después, en 1946, consiguió que se publicara.

La novela es como un autorretrato de esos primeros tiempos que el autor pasó como estudiante de literatura inglesa durante los años de la Segunda Guerra Mundial. El protagonista se llama John Kemp y es un joven provinciano de familia obrera, que llega a la universidad más prestigiosa de Inglaterra y le toca compartir habitación con Christopher Warner, un londinense adinerado y aficionado al alcohol. John es la figura típica del chico inteligente, responsable y aplicado, cuyo talento le ha permitido recibir una beca sin la cual jamás hubiera soñado con estudiar en Oxford, pero al llegar allí se siente atraído por la vida imprudente y disipada de su compañero, hasta el punto de que enseguida se deja seducir por los vicios de su amigo y los asume él mismo con toda su pasión.

John ha llegado a Oxford en tren, en un vagón de tercera, desde su casa en Huddlesford, en Lancashire. Tiene dieciocho años y el privilegio de ser el primero de su familia que tiene esa oportunidad. Siente el nerviosismo y la ansiedad de ser joven e inexperto. No sabe cómo hacer frente a los asuntos más triviales y se siente amenazado por toda una serie de complejos que de pronto surgen con una fuerza que le sorprenden. Tiene hambre, y lleva en su cartera unos bocadillos preparados por su madre, pero le da vergüenza comer delante de desconocidos y se esconde a hacerlo en los servicios del vagón, a solas, hasta que alguien llama a la puerta, se pone nervioso y decide tirarlos por la ventanilla. Cuando regresa al compartimento sus compañeros de viaje están comiendo… y acaban compartiendo con él su comida.

John quiere, por encima de todo, formar parte de su grupo de compañeros, y la inseguridad de su vida social se vuelve cada vez más agobiante. Hace favores y recibe a cambio ingratitud. Sus colegas le ven tímido e irresoluto, y se aprovechan de su actitud complaciente y casi servil, al tiempo que le desplazan intencionadamente.

La novela describe desde muchos ángulos los sentimientos de unos y de otros. Comienza con la aparente seguridad de John, con sus hábitos metódicos, que se vienen abajo en cuanto aparecen sus primeros complejos. Lo que en realidad le perjudica, más que su procedencia humilde en comparación con sus colegas de internado, es su ciego rechazo a aceptarlo. De ahí viene el autoanálisis permanente, la conciencia de su propia torpeza y la obsesión por ser aceptado en un grupo de personas tan diferentes a él.

John era un alumno aplicado y sin conflictos que en poco tiempo se ve consumido por un torbellino de preocupaciones y ansiedades. El poder que ante él irradia el grupo que forman sus amigos, así como el ansia por alternar con ellos, acentúa su debilidad, sus inseguridades, la constante lucha que sostiene consigo mismo, su progresiva decadencia.

Todos necesitamos una cierta independencia del entorno para desarrollar la propia identidad, para tener perspectiva, para poder evolucionar y adaptarnos a las nuevas circunstancias, o para transformarlas si es preciso. El ansia por ser aceptado puede llegar a desestabilizarnos. Por eso, reflexionar sobre los sentimientos de pertenencia es sumamente interesante. Todos los necesitamos, pero manteniendo un posicionamiento individual de la propia identidad. De la observación del entorno surge la reflexión sobre la necesaria renovación de la propia identidad, que siempre tiene algo de esencial y algo de cambiante. El cambio es necesario, pero hemos de ser protagonistas reflexivos de él, porque la renovación no es una simple producción de novedad, ni un mimetismo con el entorno, ni un reflejo de los intereses de cada momento.

Alfonso Aguiló, en interrogantes.net.

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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