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Juegos de antes. España, años 80

Juegos de antes. España, años 80

Juegos de antes. España, años 80

Pertenezco a una de las últimas generaciones, si no la última, que jugó en la calle. En verano, cuando no había colegio por la tarde, nada más terminar de comer bajábamos a la plaza de la urbanización, donde iban cayendo de sus bloques, como por goteo, todos los niños.

Policías y ladrones, tú la llevas, el pañuelo, el paredón, el churro-media manga-mangotero, un fútbol anárquico donde no había defensas ni delanteros, la única posición fija era la del portero.

Había juegos, como el escondite, la gallinita ciega o el escondite inglés, donde niños y niñas podíamos divertirnos juntos. En el fútbol o la peonza, jamás. Como tampoco participaron nunca en una pelea de piedras (eso que se ahorraron en descalabres).

Peonzas y canicas, nosotros; canciones, el tejo, el elástico o la comba, ellas.

Tras unas horas hacíamos una fugaz parada en boxes para repostar (ya quisieran los de la Fórmula 1), saltando los escalones de dos en dos para recoger el bocadillo de la merienda de manos de nuestras respectivas madres, que siempre nos despedían con algún consejo o comentario del tipo «vas sudando», «no corras», «cómetelo tranquilo», a lo que nada más que podíamos responder apresuradamente y sin mirarla «sí, sí, sí», en nuestra ansia por continuar con el juego.

Así hasta que llegaba la noche (la plaza tenía una farola que, como aquella, también era única en el mundo, la farola) y volvíamos a subir los escalones, pero esta vez despacio, a regañadientes, arrastrados por el tercer aviso de nuestra madre desde el balcón, Fulanito, sube ya, no querrás que te llame tu padre.

Subíamos con el pelo mojado y churretes de sudor en la cara. En ocasiones, con heridas que nos curaban con agua oxigenada, que para que nos dejáramos hacer nos decían que no picaba, a diferencia del alcohol, pero vaya si picaba, aunque por alguna extraña razón los soplidos maternos actuaban como un potentísimo analgésico.

Luego se echaba mercromina, que teñía el codo o la rodilla de un rojo muy vivo, haciendo que el corte o el restregón pareciera más grande y grave de lo que era, lo que nos permitía lucirlo, orgullosos, como herida de guerra. Después, como nos enseñaba Érase una vez el cuerpo humano, las plaquetas y demás creaban una costra que no debíamos arrancarnos, había que dejar que se cayera sola para que curara bien y no nos quedara marca, pero pocos resistíamos a la tentación.

Los arañazos se ignoraban, y los chichones se arreglaban presionando una moneda de veinticinco o cincuenta pesetas contra la frente. Ale, arreglao.  Palmadita en el culo y a correr.

Los niños tocábamos la tierra, las plantas (había unas flores cuya manipulación las convertía, tras lanzarlas al aire, en «paracaídas»); cazábamos insectos, desde saltamontes hasta grillos, hacíamos rodar a los bichos de bola (a menudo se prescindía de la preposición, «¡mira ese bicho bola, qué grande!»); metíamos en una caja a una mantis con varias hormigas, a ver quién ganaba, nos asombrábamos ante la magia de la cola independentista de las lagartijas…

Subíamos a los árboles, no sólo para recoger el balón «encanao», también por gusto, por el simple placer de probar nuestros límites, y por desfogarnos, imagino, por dejar salir algo de toda esa vitalidad. La depresión debe de ser la ausencia de energía.

La locura era contagiosa, si uno chillaba los demás terminarían imitándole, no sé si por empatía o porque alguna sustancia química emanaba de nuestros pequeños cuerpos y se respiraba en el ambiente.

Más de una vez tuvimos que aguantar broncas, incautación de material lúdico y pescozones del presidente de la comunidad, don Eugenio, que sufría la peor forma de amnesia, había olvidado su infancia, y al que todos temíamos y odiábamos (y de rebote, a su nieto, que no tenía culpa de nada). Si el balón se colaba en los jardines que rodeaban la plaza, nos mirábamos a ver quién tenía el arrojo suficiente para entrar a recuperarlo (en ocasiones lo echábamos a pares o nones), porque don Eugenio podía estar mirando desde su ventana, y él había decidido que ese era terreno vedado, a las plantas no había que estresarlas.

Todavía, tres décadas después, no puedo evitar acariciar el romero cuando me encuentro con uno de estos aromáticos arbustos, para llevarme a continuación la mano a la nariz con nostalgia. Y es que todos los jardines estaban rodeados por un murete de romero que dificultaba nuestro acceso a los mismos. Tal vez los plantó el señor presidente con este fin.

Si queríamos alejarnos de la plaza, teníamos las bicis (BH, GAC Motoretta), que nos llevaban a la pista de futbito, al parque de los columpios, a grandes descampados, o a explorar con cuidado por otros barrios, pues, como les sigue sucediendo de mayores a los patriotas, a los nacionalistas, había un cierto recelo al «extranjero», adobado con un absurdo sentimiento de orgullo por la pertenencia al grupo.

A los «madrileños», que así llamábamos en la costa, por extensión, a todos los veraneantes, aunque vinieran de Burgos, se les miraba con escepticismo, como invasores de nuestros bloques que eran, hasta que demostraban ser de fiar, lo que solía suceder a los dos o tres días de su llegada. Los que repetían cada verano pasaban a ser de la pandilla por derecho propio.

Nuestro barrio, nuestra clase, nuestro colegio, nuestro pueblo era mucho mejor que los otros, a los que en su mayor parte no conocíamos. Pero eran peores. Seguro.

Algo más mayores, pero niños todavía, no sé, once o doce años, en una pinada cercana hacíamos una hoguera por el simple placer de contemplar el fuego. Al llegar a casa y tras olfatearnos cual sabuesos, nuestras madres nos reñían: «¡Hueles a humo! Mira que si juegas con fuego te meas en la cama». Pero no pasaba de ahí la cosa, y nunca se cumplió la húmeda profecía.

Niños de interior              

En cambio, los hijos de mis primos o conocidos apenas salen a la calle. Es verdad que no tienen tanto sitio como teníamos nosotros (era frecuente que jugáramos a cualquier cosa en una calle asfaltada; había que quitarse cuando venía un coche, pero casi nunca venía), hay menos solares, una sensación de inseguridad, les puede pasar algo, atropellar un camión, que los secuestre un pederasta…

Pero no es sólo eso. Cuando paso por la plaza donde jugábamos de críos (mis padres siguen viviendo cerca de allí), ya no hay niños. Con suerte, un par de ellos, pero sentados en los bancos, con sus móviles o sus aparatitos digitales, nunca esos grupos numerosos que formábamos en mi infancia, esa manada vociferante, desquiciada, animal, macacos ebrios de lo que entonces desconocíamos que se llamaba felicidad. Y que podía perderse.

Produce algo de congoja ver esa plaza vacía y en silencio, sobre todo agobia el silencio, la ausencia del griterío y las características, alegres risas infantiles. En El flautista de Hamelín, el castigo del desratizador al pueblo que no quiso pagarle lo acordado, fue dejarles sin niños. Sabía lo que se hacía.

Todavía da más congoja pensar que esos niños que faltan estarán en sus casas, tragando horas de basura en la tele, jugando con el ordenador o la consola, intercambiando wasaps, siempre pegados a las faldas de sus padres o abuelos, contagiándose de sus ruindades. Los niños de ahora te hablan de política, ¡de política! A su edad, yo no sabía quién era el presidente del gobierno, ni maldita la falta que me hacía. Los niños se van pareciendo más y más a los adultos, sus hábitos son similares, y eso no es bueno. Ya tendrán tiempo.

Igual esto que os he contado es el primer síntoma de una vejez prematura, la amargura del abuelo cebolleta que se engaña afirmando, como el poeta, que cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando en realidad lo que añora es su juventud (en este caso, infancia) perdida. Pero no sé. Aunque hoy todo es más seguro y aséptico, aunque entonces teníamos que llamarnos unos a otros con un teléfono fijo de ruleta, no cambio mi niñez por otra.

Por Salva Solano. Blog Vota y calla

Fotografía de cabecera: Francisco Fernández (Flickr.com)

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