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¿Hasta dónde, hasta cuándo?

¿Hasta dónde, hasta cuándo?

¿Hasta dónde, hasta cuándo?

El hecho de que en escasas 24 horas hayamos tenido que atestiguar el artero asesinato de Jesús Javier Valdez Cárdenas, director-fundador de semanario RíoDoce en Culiacán y, horas más tarde, el ataque de un joven en contra del sacerdote Miguel Ángel Machorro, en la mismísima Catedral Metropolitana, son una muestra del grado de descomposición social prevaleciente

En medio de un escenario marcado por la creciente inseguridad y violencia impune producto de la incapacidad y/o negligencia de autoridades, el (más reciente) embate del crimen organizado —y del “no organizado” igualmente— contra profesionales del periodismo y la comunicación por un lado, y ministro de culto (en su mayoría católicos) por otro, parece encaminado a evidenciar que nadie, en las actuales circunstancias, está exento de ser objeto de ataques… ¡exista o no un motivo para ello!

El hecho mismo de que en escasas 24 horas hayamos tenido que atestiguar el artero asesinato de Jesús Javier Valdez Cárdenas, director-fundador de semanario RíoDoce en Culiacán y, horas más tarde, el ataque de un joven supuestamente extranjero —aunque al momento se presume ya es un connacional— en contra del sacerdote Miguel Ángel Machorro, cuando éste concluía la celebración litúrgica en el Altar Mayor de la mismísima Catedral Metropolitana, en el centro de la Ciudad de México, son apenas una muestra del grado de descomposición social prevaleciente.

Una muestra, sin embargo, de una realidad que, marcada por el explosivo crecimiento de ataques directos —plagios, asaltos a mano armada, extorsiones y, en el extremo, asesinatos— realizados en contra de ministros e instalaciones de los más diversos credos, colocó ya a nuestro país en el nada honroso lugar de honor, en el primerísimo sitio a nivel mundial, a decir del vocero de la arquidiócesis primada de México, Hugo Valdemar, entre las naciones más violentas —“por encima de Siria, Sudán o los países musulmanes”— para clérigos, jerarcas religiosos, pastores, etcétera…

Y en el otro frente, en lo que hace a los profesionales de los medios, basta recordar que entre el 2 de marzo pasado apenas, y el lunes, seis periodistas fueron abatidos (presumiblemente) por el crimen organizado: Cecilio Pineda Brito en Guerrero, Ricardo Monlui en Veracruz, Miroslava Breach en Chihuahua, Maximino Rodríguez en Baja California Sur, Filiberto Álvarez en Morelos y, el más reciente, Valdez Cárdenas en Sinaloa.

De considerar todos los ataques fatales contra periodistas en lo que va del sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, habría que destacar que el número alcanza el insólito de ¡33 profesionales de la comunicación muertos!

Treinta y tres crímenes, habría que decir, de los que ninguno (que recordemos) ha sido suficientemente aclarado ni castigados sus autores materiales y/o intelectuales. Ninguno, sin importar si éstos —los seis últimos, al menos— tuvieron como escenario entidades gobernadas por mandatarios de extracción priista (Guerrero y Sinaloa), panistas (Chihuahua, Veracruz y Baja California Sur) o perredista (Morelos) o, también, un no partidista, cual es el jefe de gobierno de la capital de la República, donde se concretó el sacrílego ataque al interior de la Catedral… frente al Zócalo.

Lamentable situación ésta, pues, y claramente reveladora de una realidad que, con frecuencia, gobierno y sociedad no queremos reconocer. ¿Hasta dónde, hasta cuándo?

Columna de Enrique Aranda. EXCELSIOR, México, 17-05-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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