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SANTOS MENORES DE EDAD

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Lillian Calm escribe: “Porque la historia de los pastorcitos de Fátima no es un cuento para hacer dormir a los niños, sino para que los grandes muy grandes  como nosotros caminemos por caminos (no me importa la redundancia) quizás menos apegados a las simples cosas de la tierra”.

Desde siempre he oído hablar de los tres pastorcitos de Fátima. Del secreto que, a pesar de su corta edad, les confió la Virgen en sus apariciones en la Cova de Iría.

Es por ello que no pude dejar pasar una información algo escueta, aparecida hace ya unos días, en que se daba a conocer que el Papa Francisco viajaría a Portugal. Y el 13 de mayo, centenario de esas apariciones, canonizaría a los hermanos Jacinta y Francisco Marto, dos de los tres pastorcitos de Fátima.

Ellos, junto a su prima Lucia (así, Lucia sin acento en la “i” y con énfasis en la primera vocal, como se dice en portugués), fueron testigos de las apariciones de la Virgen María en Portugal, en 1917.

¿Pero por qué la tercera pastorcita no será canonizada? Los dos primeros, Jacinta y Francisco, murieron siendo niños muy poco después de las apariciones. De hecho Jacinta nació en 1910 y murió en 1920, en tanto que su hermano Francisco nació en 1908 y falleció en 1919. Ambos fueron beatificados por el Papa San Juan Pablo II en el año 2000.

Es diferente el caso de Lucia. Ella –que también está en proceso- los sobrevivió durante décadas. Se hizo carmelita descalza y murió a los 95 años, en 2005, un mes y unos días antes que Juan Pablo II.

Tras leer la noticia me planteé: ¿Y por qué no escribir una columna sobre las apariciones de la Virgen a los pastorcitos de Fátima? Es actualidad, me dije, aunque los escépticos se sonrían.

Debo reconocer, no sin vergüenza, que me arrepentí del tema por unos minutos y quizás por temor a que estas líneas parecieran demasiado pías. Pero reaccioné de inmediato: ¿Y qué me importa que a algunos esta columna les parezca pía?

Porque la historia de los pastorcitos de Fátima no es un cuento para hacer dormir a los niños, sino para que los grandes muy grandes  como nosotros caminemos por caminos (no me importa la redundancia) quizás menos apegados a las simples cosas de la tierra.

Hay muchísima literatura al respecto. Y con fuentes inmejorables. Según se consigna, Jacinta, Francisco y Lucia recibieron la visita de la Virgen María en Cova de Iría, Fátima, entre mayo y octubre de 1917. Jacinta tenía siete años; Francisco, nueve, y Lucia, diez.

La Virgen se les apareció en seis ocasiones. En la tercera de ellas, que se produjo el 13 de julio, la Virgen les reveló lo que se conoce como el Secreto de Fátima. Los tres niños tuvieron que hacer frente a las incomprensiones de sus familias y vecinos, y a la persecución del gobierno portugués. Pero aceptaron esas dificultades y malos tratos con una fe a prueba de todo: “Si nos matan, no importa. Vamos al Cielo”, decían.

Leo entre otros testimonios que ambos niños, que no dejaron nunca de ser muy niños, son considerados contemplativos.

¿Y el secreto de Fátima? Necesitaría escribir otra columna para responder. Por ahora sólo agregar que se puede decir que ya ha dejado de ser secreto y si bien aún se dan diferentes interpretaciones, lejos del caos apocalíptico que buscan ver algunos, el fondo lleva a palabras que otros muchos no quieren aceptar: oración, penitencia y conversión.

Cuánto más quisiera escribir sobre el tema. Quizás un libro no bastaría. Sí. Y ya no me importa que uno que otro lector pueda tachar esta columna de… demasiado pía.

Lillian Calm

Periodista

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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