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Ionesco, o el drama de ser comprendido

Ionesco, o el drama de ser comprendido

Ionesco, o el drama de ser comprendido
mayo 11

Fernando Tejero caracterizado para La cantante calva. Foto: Javier Naval

Ionesco era un independiente, un rebelde, un místico. Con motivo del estreno de un nuevo montaje de La cantante calva de Luis Luque y Natalia Menéndez (el 3 de mayo en el Teatro Español), recorremos la historia de la obra y la fascinante peripecia existencial de su creador.

Ahora que los que gobiernan el mundo parecen empeñados en meternos a todos en una Tercera Guerra Mundial, conviene recordar lo que fue la Segunda: sesenta millones de muertos, un número incontable de heridos y desaparecidos, campos de exterminio en el corazón de Europa, bombas atómicas en Japón, hambrunas, países enteros despedazados… La desolación fue espantosa; no sólo en el plano material, sino también en el del espíritu. ¿Cómo recuperarse moralmente de aquello? Todavía en 1951, Adorno cuestionaba la posibilidad de escribir poesía después de Auschwitz.

Los dramaturgos de aquella generación replantearon esta idea de otro modo: precisamente porque lo que habían visto era monstruoso, resultaba imperdonable no reaccionar ante ello. Fue en este clima apocalíptico donde se originó el teatro que Martin Esslin popularizó con el nombre de “absurdo”. Su discurso podía resumirse así: si la civilización era esto, entonces más vale renunciar a ella. Unos años más tarde, Esslin se quejó de que se hubiera convertido el concepto en una etiqueta literaria sin mayor sentido. Lo que ocurrió fue que, con el paso del tiempo, el marco en el que había aparecido ese teatro fue olvidándose, y los nuevos lectores/espectadores de aquellas obras empezaron a verlas como un puro juego estético e intelectual. 

Sucede a menudo: la gente olvida enseguida que el gran teatro es producto de sociedades atroces; que los coreutas de la tragedia no eran estudiantes de arte dramático haciendo expresión corporal, sino soldados con experiencia de combate; que Shakespeare escribió en una época en que la diversión favorita de la gente era ver las ejecuciones públicas y las peleas a muerte entre osos y perros salvajes. Le cabe a La cantante calva el honor de haber inaugurado el Teatro del Absurdo. Su autor, Eugene Ionesco, era rumano de nacimiento, pero se había criado entre su país de origen y Francia. La Rumanía que le tocó vivir estaba dividida entre el nacionalismo fascista de la Guardia de Hierro y la dictadura monárquica de Carol II. Ante semejante tesitura París representaba un oasis de libertad, pero cuando en 1942 consiguió que le nombrasen agregado de Prensa en la embajada rumana en Francia, resultó que el país estaba ya entregado a la infamia de Vichy. 

Ionesco sobrevivió como pudo a la guerra y a la posguerra, y en 1947 escribió su primera obra, entonces titulada El inglés sin esfuerzo, y rebautizada más tarde como La cantante calva, después de que uno de los actores se confundiera con el texto durante los ensayos. El argumento de la pieza es inexistente: el señor y la señora Smith, ingleses arquetípicos, intercambian incoherentes nimiedades. Luego reciben la visita de Los Martin, que son un matrimonio pero ni siquiera se conocen entre sí. A continuación aparece un capitán de bomberos, que pregunta por una enigmática cantante calva. Finalmente hay un oscuro, y cuando regresa la luz los personajes vuelven al principio de la obra, repitiendo los mismos diálogos extravagantes. ¿Qué diantres significaba todo aquello?

lonesco

Un momento de la representación de La cantante calva en el Teatro Español

En realidad, Ionesco no pretendía relatar historia alguna ni deseaba ser analizado ni comprendido. Detestaba a Brecht y su teatro didáctico porque no creía ni en la historia ni en la política. Su obra muestra el horror de descubrir que el lenguaje no garantiza comunicación alguna; que la sociedad sólo es una red de convenciones sin valor real y que el ser humano se encuentra completamente solo frente al mundo. Estas claves hicieron que se le comparase frecuentemente con Beckett, aunque él solía decir: “Yo estaba antes”. 

¿Cómo es posible que un teatro tan voluntariamente difícil llegara a hacerse popular? Para entenderlo hay que situar el Absurdo en un marco más amplio: el de las vanguardias artísticas de la posguerra mundial y su utilización como arma durante la Guerra Fría. La ensayista Frances Stonor Saunders ha explicado cómo el Arte Moderno se convirtió entonces en metáfora de la extrema libertad de expresión, la cual era, a su vez, el máximo valor opuesto por las democracias occidentales frente al dogmatismo del bloque soviético. Este combate ideológico y estético se desarrolló en varios países, pero cobró especial intensidad en Francia, ya que era precisamente allí donde se encontraban los mandarines de la intelectualidad pro comunista, empezando por Sartre. Apreciar el arte de vanguardia se convirtió en una pose política; una manera de ubicarse ideológicamente del lado de las democracias occidentales y contra el comunismo. No era necesario entenderlo; ni siquiera hacía falta que te gustara. Bastaba con consumirlo.

El estreno de La cantante calva en 1950 había sido un fracaso; pero cuando siete años más tarde se repuso la obra, estrellas como Edith Piaf o Maurice Chevalier se encontraban entre el público aplaudiendo. Con la modernidad transformada en moda, los dramaturgos de aquella generación se convirtieron en algo que ninguno de ellos quería ser. Cuando Beckett recibió el Nobel de literatura en 1969, Cioran escribió en sus diarios: “¡Qué humillación para un hombre tan orgulloso! ¡La tristeza de ser comprendido!” Tampoco Ionesco quería que le comprendieran. 

Cuando le hicieron Académico y autor de prestigio, él se salió por la tangente posicionándose a la contra de la moda: despreció a los sesentayochistas y se reivindicó como autor metafísico. Siguió siendo un independiente, un rebelde. En sus últimos años, acosado por la depresión, abandonó el teatro para cultivar la pintura; le gustaba porque no necesitaba palabras. Le hubiera resultado profundamente desconcertante verse convertido en autor del repertorio comercial.

Ignacio García May. EL CULTURAL, España, 28-04-2017

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